miércoles, 28 de marzo de 2012

El desembarco Anglo-Holandés de 1702 (Rooke), en la bahía gaditana

Bahía de Cádiz
La noticia de la declaración de guerra, junto con el rumor del posible arribo de una escuadra enemiga, provocó el temor en las localidades de la Bahía gaditana, algunos de cuyos vecinos comenzaron éxodo hacia otras poblaciones menos expuesta al peligro. El saqueo tuvo unas graves consecuencias, pero hay algunos puntos oscuros sobre él.


El primero se refiere a los extraños de que apareciendo la flota angloholandesa en la Bahía el 24 de agosto, produciéndose el desembarco el 26 y la toma de Rota el 27, los vecinos de El Puerto no hubieron puesto a salvo, con antelación sus pertenencias. Según los testimonios recogidos, se dice que nunca pensaron que se iba a ocupar la localidad, pues el objetivo de los enemigos era la ciudad de Cádiz, tomarían el castillo de Santa Catalina para tener la entrada franca en la Bahía de Cádiz.


Se suele indicar que faltaban carruajes para el transporte de los enseres, el ejército había procedido a su embargo para usarlos en las operaciones militares. Los únicos prevenidos fuero los eclesiásticos de las iglesias parroquiales de Rota y El Puerto, que trasladaron los preciosos ornamentos sagrados desde sus localidades hasta la vecina ciudad de Jerez, y la plata de la iglesia portuense, por lo que pudiera pasar, fue llevada, hasta Arcos de la Frontera.


Se supone. Que gran parte de los caudales, plata y joyas que tenían los particulares se pondrían a salvo junto con sus propietarios, muchos de los cuales se habrían marchado de El Puerto algunos días antes de ser ocupado la localidad.


Un segundo aspecto, fuentes consultadas, que la mayor responsabilidad en la autoría del mismo se debe a las tropas invasoras, pero no totalmente, se realizó en tres fases sucesivas: la primera por los mismos vecinos que se quedaron, porque suponiéndolo todo perdido, no dejaron casa sin registrar y robar; la segunda por los ingleses, aunque al principio se obtuvieron de hacer daño, lo ejecutaron después que vinieron de El Puerto a embarcarse, y la tercera por nuestros soldados y miqueletes, que acabaron de barrer lo que había quedado.



Los acontecimientos bélicos ocurridos en la Bahía gaditana a finales del verano de 1702.


Desde meses antes de iniciarse el conflicto se venía organizando por los ingleses y holandeses una expedición que asentara un duro golpe sobre el tráfico comercial entre la península y las Indias. La declaración de guerra a mediados del mes de mayo de 1702 no hizo sino acelerar los preparativos, por lo que el 12 de julio la flota estaba dispuesta para partir hacia su objetivo, la expedición debería servir para apoderarse de algunas plazas del sur de la península.


Ocupada esta porción meridional de España y con la aceptación de sus naturales del archiduque Carlos como rey, se podría producir, tal como ciertos rumores difundían, una reacción en cadena, con múltiples y sonadas adhesiones, que terminaría adjudicando la Corona de España al pretendiente de la Casa de Austria.


Por otro lado, ingleses y holandeses perseguían objetivos más prácticos y concreto. Así, se pensaba interceptar la flota que se sabía regresaba de las Indias y apoderarse de todo su cargamento.


Con ello se conseguiría no sólo provocar un colapso económico en las finanzas de Felipe V sino, de paso coadyuvar con el botín a sufragar los cuantiosos gastos de la empresa. En el caso de no apoderarse de la flotas de Indias, no se descartaba la posibilidad de conquistar alguna población importante, siendo la ciudad de Cádiz, origen y destino de las flotas de Indias, la señalaba en los planes.


En esta línea, los ingleses no hacían sino reincidir en un objetivo clásico de sus ataques contra la monarquía española. Además de las múltiples veces que escuadras inglesas se acercaron o bloquearon la Bahía gaditana, son célebres los asaltos de Cádiz que se llevaron a cabo en los años 1587, 1596, 1625, destacando el segundo de ellos, cuando el duque de Essex logró apoderarse de la ciudad y obtener un fabuloso botín.


La armada aliada anglo-holandesa se componía por parte de la británica de 30 navíos, 6 fragatas, 2 corbetas, 5 bombardas con 2578 cañones y 9 brulotes 16440 hombres de tripulación y por parte holandesa, 20 navíos, 3 fragatas, 3 bombardas y 3 brulotes, con 1585 cañones y 10855 tripulantes. Además, se contabilizaban múltiples naves auxiliares. A ello habría que añadir el cuerpo expedicionario que actuaría en tierra.


La flota inglesa la mandaba el almirante sir George Rooke y la holandesa el teniente almirante Philip van Almonde.


Frente a esta enorme contingente naval y terrestre las defensas de la Bahía de Cádiz no eran numerosas ni las mejores.


Desde el mismo momento que Felipe V accedió al trono de España eran concientes los ministros de la monarquía de que la guerra sería inevitable y, por ello, comenzaron pronto los preparativos para la misma. En fecha tan temprana como junio de 1701, recibió el cabildo de El Puerto una carta del marqués de Leganés, Capitán General de la Mar Océano, costas y ejército de Andalucía, en que ordenaba buscar alojamiento para una compañía de caballería. Del mismo modo, a comienzos del mes de diciembre de 1701, algunas galeras de Francia ya se encontraban, junto con otras españolas, en la Bahía, concretamente fondeadas en el río Guadalete, tenían planes de pasar allí todo el invierno.


En cuanto al estado de las fortificaciones y baluartes se detectan luces y sombras. La ciudad de Cádiz, tras sufrir las consecuencias del estado inglés de 1596, había llevado a cabo durante el siglo XVII diversas obras con el objeto de rodear el perímetro urbano de un sistema de murallas y defensas artilladas. El último tramo de la muralla, el que correspondía al Campo del Sur, junto con una renovación general de las piezas de artillería de la plaza, se había realizado tan sólo dos años antes del ataque de 1702. Del mismo, los fuertes de Matagorda y Puntales, bien pertrechados, impedían el acceso franco de los buques al segundo e interior seno de la Bahía, lugar donde el posible desembarco de las tropas, por las mejores condiciones del terreno y de la mar, se podría haber realizado más fácilmente permitiendo un ataque directo por tierra sobre Cádiz.


La ciudad gaditana se encontraba convenientemente protegida no ocurría lo mismo con el resto de la Bahía. El desarrollo demográfico originó una expansión urbana fuera de los recintos amurallados.


Localidades como El Puerto, Rota o Jerez había perdido, por estas causas, toda su capacidad defensiva.


En la parte de la costa comprendida entre Rota y El Puerto sólo se contabilizaba una fortificación adecuadamente pertrechada, se trataba del Castillo de Santa Catalina, que debía cruzar el fuego de sus cañones con el de la propia ciudad de Cádiz, con el buen objeto de estorbar las maniobras de una posible flota enemiga que penetrase en el primer seno de la Bahía gaditana.


Fuera parte de este fortín, encontramos en dicha costa noroeste sólo dos pequeñas baterías de escasa efectividad defensiva, tanto por su deficiente construcción como por su íntima artillería, se trata de los baluartes de Fuente Bermeja y Puntilla.


En resumen, las fuerzas que se iban a oponer al ataque y desembarco del potente contingente angloholandés eran: una tropa regular compuesta por 150 hombres de infantería; una compañía de caballería con 30 efectivos; una guarnición de 300 hombres en Cádiz; las bisoñas milicias urbana de Cádiz, El Puerto y Jerez; y los posibles refuerzos, igualmente compañía de milicias, que llegaron desde las localidades sevillanas.


Las defensas de artillería se reducían a 20 cañones de mediano calibre en el castillo de Santa Catalina, 18 piezas en el baluarte de Matagorda, 28 en el fuerte de Puntales. Estas tres fortificaciones contaban con sus propias guarniciones.


A todo esto había que añadir las fuerzas navales prescritas en la Bahía, que eran 6 galeras y 3 navíos españoles y 3 fragatas francesas.


La escuadra angloholandesas partió del puerto de Wight el 12 julio de 1702, aunque vientos contrarios le impidieron alejarse de las costas inglesas hasta finales de dicho mes, el 19 de agosto la expedición ya se encontraba frente a Lisboa, tras cuatro días de navegación, y no habiendo contactado con la flota que regresaba de las Indias y de la que se pensaban apoderar, la armada aliada llegó a la Bahía de Cádiz, el 23 de agosto de 1702.


Las operaciones comenzaron a las diez de la mañana del día 26 de agosto, tras un bombardeo de la costa para acabar con los mínimos emplazamientos defensivos y evitar la llegada de tropas que dificultaran el asalto, las fuerzas aliadas se dirigieron hacía la villa de Rota, el 27 de agosto, el ejército angloholandés ocupaba la localidad roteña, y utilizaba su muelle para completar la operación de desembarco.


Tomada la viña de Rota y desembarco el grueso del cuerpo expedicionario el siguiente objetivo lo constituía la ciudad de El Puerto de Santa María.


No había un acuerdo unánime sobre la mejor forma de continuar el operativo militar sobre la ciudad de Cádiz. Los almirantes de la flota se oponían a un ataque naval, ya que el fuego de artillería de la localidad gaditana y de los fuertes de Puntales y Matagorda podía provocar graves daños en los navíos. Se decidió proseguir con el avance terrestre, al objeto de apoderarse del baluarte de Matagorda, lo cual permitiría, con menores riegos, la irrupción de los barcos aliados en el segundo seno de la Bahía.


Se procedió a la construcción de puentes sobre los ríos Guadalete y San Pedro, que permitieron a las tropas angloholandesas atacar y ocupar la localidad de Puerto Real, que también encontraron abandonada por la población, desde Puerto Real se organiza el ataque al fuerte de Matagorda se unes un nuevo revés político, cual es el rechazo de la ciudad de Jerez, la principal de la zona tras Cádiz, a capitular.


Cuando la escuadra angloholandesa abandonó, definitivamente, la Bahía de Cádiz dejaba atrás, especialmente en las localidades que habían ocupado sus tropas, un panorama de total desolación y devastación. La escuadra angloholandesa se mantuvo en las aguas de la Bahía de Cádiz hasta el día 30 de septiembre de 1702.

martes, 13 de marzo de 2012

La mujer en “la Guerra Civil Española” y en la posguerra


El triunfo de la rebelión de la dictadura militar entre 1936 y 1939, y la implantación de la dictadura franquista, relegaron los tímidos avances que en España habían alcanzado los derechos de la mujer desde finales del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX y durante la Segunda República española.

A la mujer, el franquismo se caracterizó desde un primer momento por la imposición del pensamiento patriarcal y autoritario, y por la separación social de los sexos. La mujer pasó de nuevo a ser considerada como una persona sometida a la voluntad del varón, imponiéndose uno de los rasgos esenciales de la implantación del pensamiento fascista sobre la mujer.

El principal elemento de esta nueva relación de dominio de dominio sobre la mujer fue la educación, que con la irrupción violenta del franquismo retorna a los principios pedagógicos del catolicismo más reaccionario del siglo XIX, y a la división de los contenidos educativos en razón del sexo. De esta manera se preparaba a las mujeres para que volvieran a ceñirse a su papel de esposa y madre, y sometida por el varón-primero el padre y los hermanos, después el marido- y limitada al ámbito doméstico.

La Historia tradicional ha relegado durante muchos años a las mujeres a un segundo plano cuando no al olvido más absoluto en la narración de nuestro pasado.

Hay estudios que comprueba la importancia que tuvieron estas mujeres en las guerras. Se comprueba que las batallas no sólo las ganan los hombres sino una colectividad, que al igual que lucha en el frente, organiza las diversas tareas de la retaguardia. Mujeres que no dudaron en echarse un fusil al hombro y partir hacia las líneas de fuego desafiando así el papel que la sociedad del momento les asignaba. Es cierto que fueron una minoría y se circunscribieron a las zonas leales a la República.

La incesan mayoría de las mujeres y en el bando sublevado, la totalidad, no combatieron como soldados pero desempeñaron una labor imprescindible sin la cual no se hubiera podido sostener la guerra.

La prensa no sólo reflejo con mayor o menor objetividad de una realidad, fuente de información sobre la misma. Las publicaciones tienen un valor fundamental como formadores de opinión, como constructoras y o divulgadoras de modelos sociales, de arquetipos en este caso femeninas, en los que mira el colectivo. En regímenes dictatoriales, donde existe censura, estos prototipos estarán fuertemente controlados por las autoridades y la imagen que se proyecta siempre es acorde a los intereses del poder. Este es el caso de Cádiz, rápidamente ocupada por los sublevados y que por tanto, vivió en plena Guerra Civil el régimen que se implantaría en toda España en 1939.
LA SECCIÓN FEMENINA


La Sección Femenina ocupó fundamental durante la Guerra Civil, sobre todo, durante el Franquismo convirtiéndose en enseña de los valores patrióticos del mismo y siendo utilizada su imagen como propaganda positiva de un régimen represivo y dictatorial. Todo ello justificaría la imagen de la mujer, su importancia y sus múltiples facetas.


ORIGEN E HISTORIA

La Sección Femenina nació en el seno de Falange Española, inspirada en la figura de José Antonio Primo de Rivera, su primer origen en el acto mismo de la fundación de Falange, el 29 octubre de 1933. En esos momentos, un reducido grupo de mujeres afines muestra interés por integrarse en el movimiento que surgía. Entre éstas, dos hermanas de José Antonio (Pilar y Carmen) y sus primas (Inés y Dolores) además de Mª Luisa de Aramburu. Su propuesta fue totalmente desestimada en ese movimiento patriarcal y masculino ofreciéndoles la opción de integrarse en el S.E.U. que se estaba organizando.

Será conjuntamente con un grupo de jóvenes de este sindicato y con mucha insistencia, como lograrán ingresar en Falange en 1934.

En ese momento queda constituida oficialmente la Sección Femenina integrándose, como una rama subordinada a la jerarquía masculina y encargándosele a la misma las tareas asistenciales hacia los camaradas y familiares de estos que sufrían represión en estos momentos.

El único discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en referencia a la mujer indica claramente cuál sería la visión de Falange sobre la misma, un arquetipo de feminidad y subordinación al varón que se transmitiría por toda la organización.

Su emblema al igual que el de Falange será el yugo y las flechas, al que le añadirían como patronas a Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús, figuras históricas adecuadamente “moldeados” para representar el arquetipo de mujer que defendía Sección Femenina.

El Estatuto de la SF estableció en 1934 otorgada un papel primordial a Pilar Primo de Rivera, que será Delegada Nacional de la organización durante toda su historia. Será ya comenzada la Guerra Civil, en abril de 1937, cuando se produzca el Derecho de Unificación que acabe configurar el papel de Sección Femenina dentro del Movimiento.

El decreto se compuso de tres cargas nacionales que dividían las parcelas de competencias. Coordinando “Frentes, Hospitales y Auxilio Social. Sección Femenina quedaba destinada a la formación de la mujer de esta Nueva España que iba surgiendo.

La tarea de formación empezó en la misma guerra, mediante la realización de diversos cursos, en el conflicto, las mujeres de Sección Femenina También se afamaron en el campo de la asistencia y ayuda, incluso interfiriendo en parcelas que ya no les correspondían.

En el plano educativo, el arquetipo estaba bien definido y a él consagraría sus esfuerzos las falangistas de Sección Femenina: la perfecta madre y esposa, basándose en tres pilares básico: la Religión como moral, la conducta nacionalsindicalista como patrón y el cuidado del hogar como deber. Solo así obtendríamos una mujer “útil” para nuestra Nación.

Tras acabar el conflicto, la Sección Femenina alcanzará unas cotas de poder, sobre todo en el ámbito educativo, muy importantes junto a un gran número de afiliadas. La educación de la mujer, reglada legislativamente por el Régimen en parte encomendada a esta organización otorgándose altas cotas de responsabilidad en esta labor.

Las Sección Femenina tiene una enorme presencia en las publicaciones gaditanas, entre ellas la falangista Águila, que le dedica numerosos artículos. La Sección Femenina anuncia prácticamente todos los actos que realiza en las páginas de las tres publicaciones gaditanas, los encontramos en la prensa bajo el rótulo siempre destacado de Sección Femenina de Falange Española.

Son escritos largos pero directos, al modo de proclamas que pretender despertar en la mujer española, y más concretamente en la falangista, el deber y gozo de servir a la Patria.


En ellos se detalla hasta el más mínimo aspecto del comportamiento de esta mujer ideal pero sobre todo se centran en repetir y explicar cada uno de los puntos del programa de la mujer nacionalsindicalista. En ellos se describe una mujer disciplinada, humilde, religiosa y obediente.

Esto hoy seria lo más parecido a una sexta, tiene las mismas ideologías, ¿¿¿como les lavamos el celebro a las personas???, pero en este caso a las mujeres. No hay peor enemigo para una mujer, que otra mujer.


cartilla Sección Femenina


La mujer en tiempo de la dictadura franquista, para poder trabajar en un ente público tenía que hacer unos cursillos que lo demandaba La Sección Femenina, de lo cual el curso no tenía nada que ver al puesto de trabajo que ibas a desempeñar, en la época que a mi me tocó hacerlo sólo se dedicaba a enseñarte labores del hogar, y había practicas que solía hacerse en guarderías principalmente de los cuales te dedicaba a cuidar niños.
Te entregaban una cartilla, para que en ella el tiempo que duraba el curso unos seis meses, mes por mes te lo sellaran y firmara la jefa de la institución; en el sello ponía “Escuela Hogar De S.F. Cádiz”. Y cuando acababa te daba un certificado como de que lo habías hecho y con nota.

certificado de la sesión femenida

Información sacada del libro "La Imagen de la Mujer en la Guerra Civil" de la autora  María Virtudes Narváez. De la biblioteca gaditana José Celestino Mutis.




sábado, 25 de febrero de 2012

Cofradía de los Morenos


Como es bien conocido, las cofradías son asociaciones religiosas colocadas bajo la advocación de un santo patrón. Desde su aparición en la Edad Media, hasta la caída del artesanado como consecuencia de la industrialización, estuvieron estrechamente ligados a los gremios.

A diferencia de estas cofradías, donde prevalecían la pureza de sangre y la pertenencia a un determinado oficio, esclavos y libertos, al estar excluidos del sistema gremial, crearon sus propias asociaciones en aquellos lugares donde eran numerosos, como fueron los casos de Sevilla, Jerez, Pto. de Santa María y Cádiz.

Algunos de ellos, dispusieron de templos propios e importantes dotaciones económicas, perdiendo todo su patrimonio, después de un largo proceso, contra las autoridades eclesiásticas.

Los orígenes de la cofradía del rosario

La fundación de ambas cofradías, colocadas bajo el patronazgo de Ntra. Sra. del Rosario, se debió a esclavos cristianizados por los dominicos en colonias portuguesas, preferentemente de Mozambique, y llegados a dichas ciudades a principio del S. XVI.

A dicho patronazgo, los morenos incluyeron los cultos por: S. Benito de Palermo, y Sta. Efigenia, monja y princesa de Etiopía.

Aunque se desconoce la fecha de fundación, la cofradía gaditana estuvo instalada hasta 1593, en el hospital de la Misericordia. Trasladándose, posteriormente, a una antigua ermita que había pertenecido a las monjas agustinas, poco tiempo antes del saqueo británico, en cuyo transcurso, la imagen del Rosario fue profanada y los morenos perdieron los títulos de propiedad de la ermita, en los incendios de las escribanías.

Después de estos acontecimientos, la cofradía alcanzó gran importancia, construyendo un suntuoso alta mayor y admitiendo en ella a gentes de otro color por ser la imagen patronal objeto de una devoción universal.

Estas inclusiones, motivaron su ruina, pues pronto los blancos quisieron intervenir en la gestión administrativa, encontrando depresivo que esclavos y libertos, estuvieran al mismo o superior nivel que ellos. Así, ocurrió en Cádiz, donde la cofradía del Rosario, dio origen a un convento de dominicos y más tarde se convirtió en protectora de la carrera de Indias y patrona de la ciudad.

Perdida de la titularidad y fundación de la cofradía de Ntra. Sra. De la Salud

La decadencia de la cofradía de los morenos, se inició con la instalación en la ciudad de sus antiguos protectores, los dominicos, que al considerar a la imagen del Rosario como patrimonio familiar de la orden, consiguieron del nuncio papal ser nombrados capellanes de la cofradía y más tardes, una vez finalizada la construcción de su convento, reclamar la imagen y la sede de la hermandad.

Los negros, se opusieron al traslado pleiteando largamente ante diversos tribunales. Siendo la sentencia adversa en todo ellos, aceptaron un acuerdo, en virtud del cual, si renunciaban a sacar la cofradía del monasterio, la comunidad se comprometía a nunca expulsarlos.

El traslado se efectuó en 1639 y la hermandad conoció un periodo relativa calma. Sucediéndose en la mayordomía, un blanco y varios negros, hasta que en un cabildo celebrado en 1655, los blancos, con el apoyo implícito de diversas autoridades, consiguieron el completo dominio, provocando una airada protesta de hombres y mujeres de color a las puertas del convento.

Retirados de la cofradía del Rosario, los negros, se encontraron sin hermandad, sin imagen titular y sin templo donde reunirse, pero no se amilanaron y pronto tuvieron modo de continuar.

La antigua ermita donde tuvieron su antigua sede, se había convertido en ayuda de parroquia la catedral, con la ayuda del capellán pudieron instalarse de nuevo fundando la cofradía de Ntra. Sra.de la Salud

Así continuaron los morenos, hasta que, vendida la ermita por la cofradía del Rosario, y procediéndose a su reedificación, se encontraron sin casa, sepultura y altar, por lo que después de elevar una súplica al prelado, le fue concedida por escritura expedida en agosto de 1703 el uso del altar colateral del lado de la epístola y el de una bóvedas fuera de la capilla mayor.

Disolución de la cofradía

La ubicación de la ermita del Rosario, en un sector que con el paso del tiempo, se convirtió, en uno de los barrios de comerciantes más prestigiosos de la ciudad, que motivó una completa reedificación del templo, con bellos retablos neoclásicos, arquitectura de Benjumeda, esculturas de Cosme Velázquez, convirtieron a los morenos en unos huéspedes incómodos para los curas de la parroquia que utilizaron todo tipo de recursos para desalojarlos y proceder a la disolución de la cofradía.

Este proceso de disolución comenzó en 1734, con una petición del fiscal general de la diócesis, para que entregase los libros de cuentas de limosnas y rentas. Como en la documentación aportada, no existían suficientes pruebas para una acusación de malversación de fondos, el asunto fue sobreseído. En 1743, tuvo una nueva inspección fiscal, y lo que era mas graves, el desalojo del retablo e imagen de Ntra. Sra. de la Salud, el mayordomo y el prioste de la cofradía, decidieron poner el caso en manos de abogados, quien en un escrito dirigido al cabildo, acusa a los curas del Rosario de malicias.

Los curas de la parroquia tuvieron una sentencia favorable dictaminada por la Chancillería de Granada, los morenos, como recurso, apelaron al nuncio papal, quien después de infructuosos escritos, expidió desde Madrid una sentencia, con fecha del 12 de julio de 1751 mediante el cual:

“castigaba la falta de cumplimiento con penas de excomunión, estando dispuesto a pedir, si fuera preciso, el auxilio del brazo secular”

Con tan expeditiva sentencia, la devolución de los objetos sustraídos, pero no por ello acabaron los problemas, después de un cierto tiempo, las provocaciones arreciaron de forma casi interrumpida.

Así, aprovechando las obras de reedificación del templo, en 1756, fue retirado el armario donde se guardaban las alhajas y objeto de cultos de la cofradía. Un año más tarde, se hizo lo propio, con el banco con espaldar, destinado a los hermanos, y, por último, en 1760, fue prohibida la utilización de la campana que poseían en la torre de la iglesia

Consecuencia de este hostigamiento, la cofradía de Ntra. Sra. de la Salud y S. Benito de Palermo, de cayó de tal manera, que por real cédula fue declarada extinguida el 19 de julio 1767, pasando sus alhajas, imágenes, retablo y lugar de enterramiento a ser propiedad de la parroquia..

Suprimida legalmente la cofradía, el cabildo de la diócesis se creyó autorizado para conceder al párroco del Rosario, la licencia necesaria para la venta a otra cofradía, denominada la “Esclavitud de S. José”, del colateral de la epístola donde estuvo ubicado el retablo de la Virgen de la Salud, procediéndose al otorgamiento de la escritura correspondiente. Pero la nación morena, reclamó, ante el Consejo de Castilla y la licencia fue anulada.

Esta última y definitiva sentencia, favoreció a la antigua cofradía de los morenos, pues para igualar con el colateral frontero, donde la esclavitud josefina erigió un suntuoso altar de mármol y estucos, se construyó un análogo para colocar las imágenes de Ntra. Sra. de la Salud, S. Benito de Palermo y Sta. Efigenia, donde todavía permanece.



Alta de los Negritos

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en la calle de su mismo nombre (Rosario)

Su retablo es una obra neoclásica en mármol construido con posterioridad a 1813. Su nombre es debido a que su construcción, aunque finalizada por el marques de Valde-Iñigo, fue iniciado a expensas de la hermandad del mismo nombre.

Se compone de un cuerpo dividido en tres calles y ático. Arriba encontramos una talla policromada de la virgen de la Alegría, es la presentación de Jesús en el Templo y la Virgen lleva una vara que es una vela terminada en llama de candelaria.

En la hornacina de la calle central se sitúa una preciosa talla de Nuestra Señora de la Salud y en los laterales las tallas policromadas del siglo XVIII de Santa Ifigenia y San Benito de Palermo, santos seglares sudamericanos aunque vestidos con hábitos de Carmelitas descalza y Franciscano respectivamente.


sábado, 28 de enero de 2012

Las murallitas de Cádiz

Es evidente que la posición de la ciudad de Cádiz, en el extremo más suroccidental de la Península, en el punto de partida y de llegada de todo el flujo de navegación y de comercio que desencadenó la llamada Carrera de Indias. Sería precisamente esta singularidad derivada del valor de su posición geográfica, lo que situaría a la ciudad de Cádiz en el punto de mira de todos los conflictos bélicos que se produjeron a lo largo de los siglos de nuestra Edad Moderna.

Desde fecha muy temprana, principios del siglo XVI, la ciudad de Cádiz deseó la contrición de un recinto amurallado que la protegiera de posibles ataques. En 1586, unos años antes del asalto de las tropas inglesas, al mando de Essex, elevó un escrito al Rey comunicándole sus deseos, petición que volvió a dirigir en 1598. Existen noticias de que en 1622, los gaditanos comenzaron a sufragar con arbitrios los gastos de las fortificaciones y murallas.

La reiteración de los asaltos, intentados o consumados, por fuerzas de muy diversas naciones sobre Cádiz datos suficientemente conocido y uno de los hechos fundamentales de su historia y, por ende, de la historia andaluza y española.

El asalto que en 1596 sufriría la ciudad y que provocaría en las mismas destrucciones casi definitivas, hasta el punto de hacer pensar a la corona en el desmantelamiento de la plaza, pasando la población al Puerto de Santa María, referencia o alusión a una especie de nuevo origen de la ciudad.

Los destrozos producidos en la ciudad por este ataque inglés, tras un saqueo de quince días y el incendio provocado por el invasor antes de retirarse, dejaron importantes daños, un informe realizado por el ingeniero Cristóbal de Rojas, se nos señala que ni en las murallas ni fortificaciones había causado daño el enemigo. Pero la situación tal que obligo a rehacer en gran medida la ciudad, de modo que la Cádiz histórica que hoy encontramos será sobretodo una ciudad que crece y se desarrolla durante los siglos XVII y XVIII. Desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no es sólo una ciudad que desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no sólo es una de las más antiguas de las occidentales, sino que puede catalogarse como una de las más recientes de entre ellas.

Una vez desechaba por Felipe II la idea de desmantelar la ciudad, cuando Cádiz comenzará a ver formarse sus nuevas fortificaciones, superándose una etapa, la llamada etapa de las fortificaciones hechas por italianos que dieron la filosofía de la ciudad cuando se produjeron los ataques ingleses de 1587 y 1596, en que el obispo Zapata había impulsado las defensas y en el Frente de la Bahía estaban construidos los baluartes de San Roque, Santiago, San Felipe, Santa Cruz el Postigo y el Boquerón, así como el frente del Puntal, terminado en 1589.

Fue éste un proceso dilatado en el tiempo y muy complejo, con propuestas diversas acerca de la formas de fortificar la ciudad y la bahía de Cádiz y de los espacios más adecuados para ello, este laborioso proceso que culminaría, a mediado del siglo XVIII, con el cierre completo del cinturón amurallado que envolvía a Cádiz y que será. El mismo que seguirá delimitando el espacio urbano gaditano hasta el comienzo del siglo XX. La estructura del sector concreto de las murallas la ciudad decidió demoler a partir de 1906.

Felipe II resolvía, en 1597, la construcción de los fuertes de Santa Catalina, los del Puntal y Matagorda-estos dos ya en el sector inferior de la bahía-y los de Punta de la Cruz y Punta de la Vaca. La erección del fuerte de Santa Catalina, suscitó recelo oposición de la ciudad, los corregidores gaditanos propugnaban que la urbe fuera rodeada y defendida toda con murallas.

Un informe de 1609 recoge sobre el estado de la fortificación gaditana tras el asalto inglés, se advierte ya que se ha recuperado el Puente de Suazo, así como el frente de tierra, adosados los baluartes de San Roque y Benavides, a ambos lados de una muralla baja. El frente de la bahía mantenía una muralla en la que había un arco sin puerta ni rastrillo, a través del cual podían pasar durante la bajamar las naves un fondeadero abrigado, donde había playa capaz para desembarcar hasta tres mil hombres. Era el lugar llamada el Boquete, por donde pasaban los pescadores y las mercancías hacia la aduana. Terminaba este frente en el llamado baluarte de San Felipe, y desde allí hasta poniente, a lo largo de todo el borde norte y noroeste del tómbolo, sólo parecía como defensa el fuerte de la Caleta.

Todo el borde sur, el llamado frente de vendaval, estaba sin fortificación alguna, deja la defensa de este sector a las solas condiciones naturales de una costa alta y fuertemente abatida por la mar.

Las tareas de fortificaciones empredindas en la ciudad, era las que llevaban a cabo en sus inmediaciones, estrictamente al borde de lo que será la ciudad histórica de Cádiz la obra más notable de este momento de mitad del siglo XVII, sin duda, la fortificación de Santa Catalina, hasta entonces sólo un fuerte en este extremo de la Caleta, su construcción, en agosto de 1621, ante las urgencias de un presentido asalto anglo-holandés a Cádiz. El temido ataque se produjo, en 1625, la ciudad resistió bastante mejor que frente a los anteriores asaltantes.

El estado de las fortificaciones de la ciudad apenas registrarán otros avances a lo largo de este siglo XVII que los referidos al Frente de Tierra, cuyo perfeccionamiento defensivo se realizó en 1655, la construcción del baluarte de la Candelaria, en 1672.

Será preciso alcanzar el nuevo siglo, para que se consiguiera cerrar toda la ciudad con un cinturón perimetral de murallas. La necesidad de reforzar el frente sur de la ciudad y de buscar con rigor la fortificación de esa llamada banda de vendaval, cuestión que ocupó a varias generaciones a lo largo de la Edad Moderna con mediano éxito, una y otra vez el agua y el viento destruían el trabajo realizado. Era, en efecto, un borde de la ciudad de claro perfil acantilado, donde los vecinos nunca temieron ataques.

Los cuatros frente del recinto amurallado

La descripción que fue componiendo y consolidando un cinturón perimetral de fortificaciones, murallas, puertas y baluartes, en torno a la ciudad de Cádiz. Estos frentes serían: los de Tierra, el frente de Poniente (ubicado al N.NW de la ciudad), el frente Sur o Banda de Vendaval y el frente de la Bahía.

El Frente de Tierra se hallaba formado por dos baluartes el de Santa Elena y de san Roque, situado a ambos lados de una cortina murada en el centro de la cual se abría la puerta de la ciudad. Será en la segunda década del siglo XVIII, cuando se plantean radicales reformas en el mismo, desde la presencia y el impulso de Ingeniero director Ignacio Sala, una de las figuras máximas de la ingeniería militar española y americana, la figura que de un modo más claro ha influido en la construcción del recinto fortificado gaditano (trabajo en esta plaza 1727-1749), empezándose la obra en 1751 y culminándose en 1756. La puerta monumental sería finalmente obra del arquitecto tardo barroco Torcuato Cayó.
Frente de Tierra
El llamado Frente de Poniente se extendía entre el arrecife del castillo de San Sebastian y el baluarte de los Mártires, ya fronteros con el mar de Vendaval, hasta el baluarte de San Felipe, donde el perfil de la costa gira bruscamente al SE, empezándose ya desde ahí el frente de la Bahía. Se anclaban en él el baluarte de la Candelaria, el de la Caleta del Bonete, de la Soledad y el castillo de Santa Catalina. Al llegar el siglo XVIII todavía restaban en este frente unas dos mil varas de costa desprovista de muralla. Su posición geográfica confería a este tramo del litoral un cierto benéfico resguardo respecto a las batidas de los vientos y las olas del océano y la altura de este escarpe natural, aparecen las consiguientes peticiones para cubrir con murallas este borde del acantilado. Las obras se iniciarían en 1701, comenzado por la caleta del Bonete (270 varas de murallas de cantería), y posteriormente, en 1709 se le dio mayor altura y se alargo 182 varas más.

Entre 1710 y 1712 se construyó la muralla en el tramo entre la escalerilla contigua al baluarte de San Felipe y el de Candelaria, (234 varas) poco después se cubriría el sector entre el baluarte de Candelaria y la Caleta, completándose así el amurallamiento del borde.

Frente de Poniente

Desde el baluarte de los Mártires hasta el de San Roque se extiende el Frente Sur o Banda de Vendaval uno de los más complejos episodios del proceso de fortificación de Cádiz, la fortificación de este frente no se plantea contra posible flotas enemigas ni para prevenir desembarcos hostiles, sino contra el mar, el enemigo inexorable de Cádiz.

Frente Vendaval o del Sur


Desde los pabellones de Santa Elena hasta el muelle y baluarte de San Felipe se extendía el Frente de la Bahía, un sector del borde urbano de Cádiz que a lo largo del siglo XVIII fue definido también su perfil definitivo. El frente amurallado de la bahía se constituirá finalmente con una sucesión de baluartes, puertas, plataformas y lienzos de murallas, formado como un arco de círculo, al pie del cual se extendía una estrecha playa. Todo este conjunto lo convierten, seguramente, en el más interesante de Cádiz, desde punto de vista de las obras de ingeniería militar.



Frente de la Bahía


Las puertas, baluartes del recinto del frente de la bahía

La puerta del Mar tuvo, como las de Tierra, un especial tratamiento y cuidado arquitectónico de la que carecieron las otras puertas de la ciudad (Puerta de San Carlos y Puerta de Sevilla, ambas en este mismo frente). A su izquierda se abría un largo flanco casi rectilíneo, en el que se situaban el baluarte o plataforma de Santa Cruz y la puerta de Sevilla, abierta a una pequeña playa de bajamar, lugar también de embarques y desembarques. Más allá se encontraba el baluarte de San Antonio, el más notorio y monumental de todo el frente.

En 1730 se planteó una mejora de las defensas artilladas de la bahía y se pensó e instalar batería en la plataforma de la peña de la Cruz enlazadas con el baluarte de San Felipe. Las dificultades retrasaron de nuevo el comienzo de las obras, pero una vez comenzada las obras de ejecución solo se alcanzo a realizar una parte del mismo (baluarte de San Antonio), sin llegar a modificarse la plataforma de Santa Cruz. De este modo, se consolidó este articulado recorrido para la muralla, entre el mismo y el extremo del frente, donde se emplazaba el baluarte de San Felipe.

Como enlace entre ambos ámbitos se construyó el semibaluarte de San Carlos, uniéndose mediante un muelle y un muro cuyo interior fue rellenado, que daría lugar al actual barrio de San Carlos.

Siguiendo el borde amurallado desde Santa Elena, encontrábase el baluarte de Santiago, un saliente de forma trapezoidal y reducido tamaño, en 1739 disponía de cuatro cañones. Estaba fuera del recinto portuario que comenzaba a partir del siguiente baluarte de la Alhóndiga o de Los Negros, terminada en 1724, y su forma era ligeramente apuntada, con dos flancos en ángulos. A la izquierda del mismo se abría la llamada Puerta del Mar, junto a la entrada desde tierra, era una de las más importantes puertas de la ciudad.

El último cuarto del siglo XVIII la ciudad de Cádiz es ya plaza fuerte, sólidamente circundaba de murallas, cuya seguridad y belleza es recogida en numerosos testimonios históricos.

Desde San Felipe, construido sobre cincuenta y seis bóveda a prueba se inicia su descripción del borde de la bahía, en donde destaca el baluarte de San Antonio, con troneras que defendían los flancos laterales, y con capacidad para treinta y ocho piezas de artillería. Contando las murallas adyacentes que servían de almacén a la Aduana, la cual se alzaba en su gola. Siguiendo esta muralla, tras San Antonio, se abría la llamada Puerta de Sevilla, que daba paso desde el muelle a la ciudad y que se dedicaba al tráfico de mercancías y pasajes con América y el extranjero por su proximidad a la Aduana, la cercana Puerta del Mar, se dedicaba a mercancías y pasajes con otros puertos de la nación. Entre ambas, la plataforma de Santa Cruz, y entre las Puertas del Mar y las de Tierra, el baluarte de Los Negros, con capacidad para 29 cañones, construido sobre treinta y nueve bóvedas, de las que once eran de la ciudad y estaban dedicadas a pescaderías, panaderías, lonja de recova, Juzgado del regidor de Semana y otros usos municipales.

Un verdadero cinturón de artillería envolvía a la ciudad, salvo por esas contadas puertas ya citadas y por una pequeña entrada por la que pasaba, desde la Playa de Santa María, el ganado que venía al matadero.

Las descripciones sobre las murallas de Cádiz ocuparan un espacio en las descripciones y relaciones que los muy numerosos viajeros han dejado contando las peripecias de sus recorridos, a lo largo del siglo XIX, por Andalucía, en general, y por la ciudad de Cádiz, en particular. La urbe gaditana estaba claramente inserta en las rutas casi idénticas que estos visitantes seguían a través de nuestras tierras. Ya fueron llegando desde Sevilla, a través de los caminos terrestres o de una larga navegación por el Guadalquivir, o ya sea subiendo desde la arribada en Gibraltar, Cádiz era lugar casi obligado de paso.

Los gastos de la construcción y derribo de las murallas.

Los gastos de la fortificaciones y murallas, fue uno de ellos la sisa de dos maravedíes por libra de carne.

En 1622 se decidió también construir un muelle para que los barcos se acercaran al mismo y evitar de este modo los costosos transportes a hombros. Esto facilitó tanto el embarque y desembarque de soldados, municiones y bastimentos como alimentos para la población, que se beneficiaría de la reducción del costo.

En 1727 se ampliaron los arbitrios con el octavo por arroba de vino, el dieciseisavo por arroba de vinagre y los dos restos por arroba de cerveza. Se dictó un reglamento para la recaudación, manejo y distribución de los mismos, se especificó la composición y funciones de la Junta de Murallas, de la que entraron a formar parte Regidores de la Ciudad.

En 1765, la citada Junta obtuvo autorización para celebrar cada año en su provecho doce corridas de toros. Se acordó la recaudación de un impuesto de diez pesos al mes que habían de pagar las modistas extranjeras y contribución especial sobre palanquines. Por último, en 1788 se creó un arbitrio consistente en el tres por ciento del importe de los alquileres, incluidos comunidades religiosas, hospitales y fundaciones.

Los datos dan idea del dilatado período empleado en la construcción de las murallas, y permiten contratar que todos los gastos que supuso su erección fueron sufragados por la Ciudad.

A partir de 1863 se comenzó a hablar pública y oficialmente de la necesidad de proceder al derribo de parte de las murallas. Ello se debió por una parte a la decepción respecto a la efectividad de las mismas y por otra a la necesidad de expansión urbana que era obstaculizada por el recinto amurallado. Las operaciones de demolición suponía un casto elevado y la población no parecía dispuesta a sufragarlo, como se confirmó cuando lanzada la idea de una suscripción popular para este fin, sólo se recogieron diez mil cuatrocientas dieciocho peseta, en vez de doscientas mil que eran necesarias.

Siendo Ministro de la Guerra Don Segismundo Moret, el Consejo de Ministros autorizó el derribo. En 1906, el alcalde de Cádiz don. Cayetano del Toro, acometió la obra por donde le pareció mejor y hasta donde estimó oportuno.

La ciudad de Cádiz cuenta con una valiosísima vía para presentarnos lo que constituirá su realidad urbana en este concreto momento de su historia, se trata de la esplendida Maqueta de la ciudad que se conserva en el Museo Municipal.


domingo, 25 de diciembre de 2011

Los cines públicos gaditanos.

plaza de San Antonio


Ya en el verano de 1907, Francisco Escudero montó su barracón cinematográfico en la plaza de San Juan de Dios, por concurso público promovido por el Ayuntamiento, la verdadera novedad se produjo al verano del año siguiente.

El 21 de julio de 1908, en la plaza de San Antonio, se inauguro una forma de espectáculo cinematográfico que ya se repetiría, interrumpidamente, todos los veranos.


En la ciudad de Cádiz existía una institución benéfica, el Asilo de la Infancia y Casa de Maternidad, que tenía concedida la explotación del servicio de sillas que se ponían en la vía pública con diferentes motivos, carnavales, paseos, veladas, semana santa, etc., lo cual provocó una vinculación estrecha entre esta institución y el cinematógrafo.

Al segundo año de instalarse este cinematógrafo público, en 1909, ya comienzan, los problemas, los críticos y las controversias. La verdad es que no se necesitaba mucho en su instalaciones: un telón blanco sostenido por dos palos, que durante el día permanecía enrollada, una caseta de corte playero, alzada sobre una plataforma donde se guardaba la maquina que proyectaba, y el espacio intermedio ocupado por las sillas para el público que se extendían al anochecer y se recogían al terminar el espectáculo, para no estorbar la circulación. Todo el recinto se cerraba con una cuerda sostenida por palos y cuatro altas farolas lo iluminaba en los intermedios.

El espectáculo de cinematógrafo al aire libre, había que saberlo llevar, porque el éxito no estaba asegurado.

El cinematógrafo que instaló D. Pedro González Santiago en la plaza del Mercado de la Libertad, sólo duró cuatro noches, por motivo de que el público no acudía en la proporción necesaria.

En cambio, el Cine Público de la plaza de la Constitución iba sobre rueda, para bien del público, el empresario y el Asilo, ya que esta institución benéfica ingresó en el verano de 1909 por este concepto 3308,70pts.

El carácter público de este cine le venía fundamentalmente por no estar dentro de ningún recinto y, por tanto, pudiéndose ver gratuitamente por todas las personas que estuviesen en la plaza, y además por su carácter benéfico social. Naturalmente los espectadores de la buena sociedad, veían el cine sentados en las sillas, mientras que los de la otra sociedad lo veían de pie o sentados en el suelo y las aceras.

En el año 1909, Cádiz Alegre a finales de julio dedicó una serie de artículos, para demostrar que los cinematógrafos públicos son perjudiciales a Cádiz; aunque lo que mejor mostraban era el finó humor gaditano y las circunstancias ideológicas y sociales del momento. Sin embargo, las censura de Cádiz Alegre, más que contra el cine, van contra la inoportunidad del sitio donde se instalan.

También en 1911, es del primero del que se tiene constancia que se celebrasen festivales benéficos, aunque lo más probables es que se celebrasen desde los primeros años; algo que ya sería una constante de los cines públicos. Solían celebrar dos o tres en cada temporada, dedicándose los ingresos íntegros a la Asociación Gaditanas de la Caridad o el Asilo de la Infancia. También se celebraban espectáculos de variedades en un tablado que se colocaba debajo del Telón y el ejército contribuía enviando bandas de música que amenizaban el espectáculo. Esos días la asistencia era mucho mayor en las sillas, y las películas solían estar escogidas a tono con la buena sociedad, que acudía especialmente a esas sesiones. La banda de música al final solía interpretar la patriótica partitura “La batalla de los castillejos”, que terminaba con un tiroteo realista por las azoteas de la plaza y una función de fuego artificiales.

El ambiente de los cines públicos también lo recogía con gracias Bartolomé Lompart “sería un contrasentido decir que el cine público de Cádiz era “mudo”, cuando de la plaza entera trascendía un puro clamor de voces y pregones. Por lo pronto una autentica caja de sonoridad era el semicírculo de espectadores gratuitos que se formaba tras el telón para ver por trasparencia la cinta. Este sistema tenía el inconveniente de que los rótulos o lecturas que explicaban el desarrollo del argumento, se veía desde allí al revés, circunstancias que no solía molestar demasiado a estos espectadores porque la mayoría de ello no sabía leer. Este público, compuesto mayormente por chiquillos en cuanto el comienzo se retrasaba gritaba a coro:-¡Échalo Mates! ¡Échalo Mate!

Por otra parte y durante toda la noche la plaza era un puro clamor de pregones conocidos de todos los gaditanos “Acerolas blancas y colorá, “El pirulí de la Habana, rico caramelo”! “¡Agüiti fresquiti” “¡Helado mantecado!” “¡Al fresco higo de Jerez…!”

Al cine mudo de Cádiz le salían voces por todas partes.

A veces, de la vecina parroquia de San Antonio salía el Santo Viático, circunstancia que se anunciaba con un toque de campanas. En ese momento se interrumpía la proyección, se encendían las luces de la plaza y un cocheberlina, se acercaba en piadosa ofrenda con los faroles encendidos a la puerta de la iglesia para recibir al sacerdote, permaneciendo el público en respetuoso silencio mientra el cortejo hacía su recorrido hasta perdece en una esquina. A la vuelta se repetía la escena hasta el ingreso en el templo.

La inauguración de la temporada veraniega, el 15 de julio de 1928, los Cines Públicos se habían instalado ese año en las plazas de Méndez Núñez y Isabel II.

En el año 1930, los cines ya establecidos en la plaza de Guerra Jiménez y la Merced, apareció en D.C, el 13 de julio, un anuncio en el que al Asilo gaditano también sacaba a concurso la exclusiva para la venta en los Cines Públicos de agua, caramelos y helados. Las casas se iban ordenando y el cinematógrafo no escapaba de ese moderno afán.

NOTICIA QUE SALIO EN PRENSA LOCAL EN 1924

El cine de la plaza de San Antonio es una molestia por sus malos olores

Las molestias que sufre el público que asiste al cine pueden ser superadas con una leve reforma.

Cádiz/julio. Resulta contra todas las reglas de la higiene el espectáculo veraniego del cine en la plaza de San Antonio.
Actualmente está la pantalla en el centro de la plaza, mirando hacia la calle Ancha.
A costa de muy poco dinero y con muy buena voluntad podría hacerse una reforma con la empresa arrendataria podría salir beneficiada y el público será atendido como corresponde.
Las molestias que hoy se soportan son el mal olor característico de las grandes aglomeraciones de gente que no se lava, unos por hidrofobia y otros por que los grifos no tiene agua: lo cierto es que hay gases de muy mal olor que se hacen insoportables.
Unen sus aromas gratos los que provienen de las paradas de coches y urinarios y a esas molestias se suman las provocadas por los empujones de las gentes que tratan de acomodarse.
Se podría arreglar cambiando el telón al centro de la plaza en el sentido trasversal y llevando lo más cerca posible de la fachada del Casino en la forma del esquema.
Como la plaza no circula vehículos, no se perturba la comodidad de los transeúntes y durante el día pueden replegarse las sillas a uno de sus lados.
Así desde la cuerda que limita el cine no llegan malos olores y no hay aglomeraciones que molesten a quienes ven el cine.


plano de la reforma que se propone en la plaza de San Antonio