sábado 25 de febrero de 2012

Cofradía de los Morenos


Como es bien conocido, las cofradías son asociaciones religiosas colocadas bajo la advocación de un santo patrón. Desde su aparición en la Edad Media, hasta la caída del artesanado como consecuencia de la industrialización, estuvieron estrechamente ligados a los gremios.


A diferencia de estas cofradías, donde prevalecían la pureza de sangre y la pertenencia a un determinado oficio, esclavos y libertos, al estar excluidos del sistema gremial, crearon sus propias asociaciones en aquellos lugares donde eran numerosos, como fueron los casos de Sevilla, Jerez, Pto. de Santa María y Cádiz.


Algunos de ellos, dispusieron de templos propios e importantes dotaciones económicas, perdiendo todo su patrimonio, después de un largo proceso, contra las autoridades eclesiásticas.


Los orígenes de la cofradía del rosario


La fundación de ambas cofradías, colocadas bajo el patronazgo de Ntra. Sra. del Rosario, se debió a esclavos cristianizados por los dominicos en colonias portuguesas, preferentemente de Mozambique, y llegados a dichas ciudades a principio del S. XVI.


A dicho patronazgo, los morenos incluyeron los cultos por: S. Benito de Palermo, y Sta. Efigenia, monja y princesa de Etiopía.


Aunque se desconoce la fecha de fundación, la cofradía gaditana estuvo instalada hasta 1593, en el hospital de la Misericordia. Trasladándose, posteriormente, a una antigua ermita que había pertenecido a las monjas agustinas, poco tiempo antes del saqueo británico, en cuyo transcurso, la imagen del Rosario fue profanada y los morenos perdieron los títulos de propiedad de la ermita, en los incendios de las escribanías.


Después de estos acontecimientos, la cofradía alcanzó gran importancia, construyendo un suntuoso alta mayor y admitiendo en ella a gentes de otro color por ser la imagen patronal objeto de una devoción universal.


Estas inclusiones, motivaron su ruina, pues pronto los blancos quisieron intervenir en la gestión administrativa, encontrando depresivo que esclavos y libertos, estuvieran al mismo o superior nivel que ellos. Así, ocurrió en Cádiz, donde la cofradía del Rosario, dio origen a un convento de dominicos y más tarde se convirtió en protectora de la carrera de Indias y patrona de la ciudad.


Perdida de la titularidad y fundación de la cofradía de Ntra. Sra. De la Salud


La decadencia de la cofradía de los morenos, se inició con la instalación en la ciudad de sus antiguos protectores, los dominicos, que al considerar a la imagen del Rosario como patrimonio familiar de la orden, consiguieron del nuncio papal ser nombrados capellanes de la cofradía y más tardes, una vez finalizada la construcción de su convento, reclamar la imagen y la sede de la hermandad.


Los negros, se opusieron al traslado pleiteando largamente ante diversos tribunales. Siendo la sentencia adversa en todo ellos, aceptaron un acuerdo, en virtud del cual, si renunciaban a sacar la cofradía del monasterio, la comunidad se comprometía a nunca expulsarlos.


El traslado se efectuó en 1639 y la hermandad conoció un periodo relativa calma. Sucediéndose en la mayordomía, un blanco y varios negros, hasta que en un cabildo celebrado en 1655, los blancos, con el apoyo implícito de diversas autoridades, consiguieron el completo dominio, provocando una airada protesta de hombres y mujeres de color a las puertas del convento.


Retirados de la cofradía del Rosario, los negros, se encontraron sin hermandad, sin imagen titular y sin templo donde reunirse, pero no se amilanaron y pronto tuvieron modo de continuar.


La antigua ermita donde tuvieron su antigua sede, se había convertido en ayuda de parroquia la catedral, con la ayuda del capellán pudieron instalarse de nuevo fundando la cofradía de Ntra. Sra.de la Salud


Así continuaron los morenos, hasta que, vendida la ermita por la cofradía del Rosario, y procediéndose a su reedificación, se encontraron sin casa, sepultura y altar, por lo que después de elevar una súplica al prelado, le fue concedida por escritura expedida en agosto de 1703 el uso del altar colateral del lado de la epístola y el de una bóvedas fuera de la capilla mayor.


Disolución de la cofradía


La ubicación de la ermita del Rosario, en un sector que con el paso del tiempo, se convirtió, en uno de los barrios de comerciantes más prestigiosos de la ciudad, que motivó una completa reedificación del templo, con bellos retablos neoclásicos, arquitectura de Benjumeda, esculturas de Cosme Velázquez, convirtieron a los morenos en unos huéspedes incómodos para los curas de la parroquia que utilizaron todo tipo de recursos para desalojarlos y proceder a la disolución de la cofradía.


Este proceso de disolución comenzó en 1734, con una petición del fiscal general de la diócesis, para que entregase los libros de cuentas de limosnas y rentas. Como en la documentación aportada, no existían suficientes pruebas para una acusación de malversación de fondos, el asunto fue sobreseído. En 1743, tuvo una nueva inspección fiscal, y lo que era mas graves, el desalojo del retablo e imagen de Ntra. Sra. de la Salud, el mayordomo y el prioste de la cofradía, decidieron poner el caso en manos de abogados, quien en un escrito dirigido al cabildo, acusa a los curas del Rosario de malicias.


Los curas de la parroquia tuvieron una sentencia favorable dictaminada por la Chancillería de Granada, los morenos, como recurso, apelaron al nuncio papal, quien después de infructuosos escritos, expidió desde Madrid una sentencia, con fecha del 12 de julio de 1751 mediante el cual:


“castigaba la falta de cumplimiento con penas de excomunión, estando dispuesto a pedir, si fuera preciso, el auxilio del brazo secular”


Con tan expeditiva sentencia, la devolución de los objetos sustraídos, pero no por ello acabaron los problemas, después de un cierto tiempo, las provocaciones arreciaron de forma casi interrumpida.


Así, aprovechando las obras de reedificación del templo, en 1756, fue retirado el armario donde se guardaban las alhajas y objeto de cultos de la cofradía. Un año más tarde, se hizo lo propio, con el banco con espaldar, destinado a los hermanos, y, por último, en 1760, fue prohibida la utilización de la campana que poseían en la torre de la iglesia


Consecuencia de este hostigamiento, la cofradía de Ntra. Sra. de la Salud y S. Benito de Palermo, de cayó de tal manera, que por real cédula fue declarada extinguida el 19 de julio 1767, pasando sus alhajas, imágenes, retablo y lugar de enterramiento a ser propiedad de la parroquia..


Suprimida legalmente la cofradía, el cabildo de la diócesis se creyó autorizado para conceder al párroco del Rosario, la licencia necesaria para la venta a otra cofradía, denominada la “Esclavitud de S. José”, del colateral de la epístola donde estuvo ubicado el retablo de la Virgen de la Salud, procediéndose al otorgamiento de la escritura correspondiente. Pero la nación morena, reclamó, ante el Consejo de Castilla y la licencia fue anulada.


Esta última y definitiva sentencia, favoreció a la antigua cofradía de los morenos, pues para igualar con el colateral frontero, donde la esclavitud josefina erigió un suntuoso altar de mármol y estucos, se construyó un análogo para colocar las imágenes de Ntra. Sra. de la Salud, S. Benito de Palermo y Sta. Efigenia, donde todavía permanece.



Alta de los Negritos

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en la calle de su mismo nombre (Rosario)


Su retablo es una obra neoclásica en mármol construido con posterioridad a 1813. Su nombre es debido a que su construcción, aunque finalizada por el marques de Valde-Iñigo, fue iniciado a expensas de la hermandad del mismo nombre.


Se compone de un cuerpo dividido en tres calles y ático. Arriba encontramos una talla policromada de la virgen de la Alegría, es la presentación de Jesús en el Templo y la Virgen lleva una vara que es una vela terminada en llama de candelaria.


En la hornacina de la calle central se sitúa una preciosa talla de Nuestra Señora de la Salud y en los laterales las tallas policromadas del siglo XVIII de Santa Ifigenia y San Benito de Palermo, santos seglares sudamericanos aunque vestidos con hábitos de Carmelitas descalza y Franciscano respectivamente.



sábado 28 de enero de 2012

Las murallitas de Cádiz

Es evidente que la posición de la ciudad de Cádiz, en el extremo más suroccidental de la Península, en el punto de partida y de llegada de todo el flujo de navegación y de comercio que desencadenó la llamada Carrera de Indias. Sería precisamente esta singularidad derivada del valor de su posición geográfica, lo que situaría a la ciudad de Cádiz en el punto de mira de todos los conflictos bélicos que se produjeron a lo largo de los siglos de nuestra Edad Moderna.


Desde fecha muy temprana, principios del siglo XVI, la ciudad de Cádiz deseó la contrición de un recinto amurallado que la protegiera de posibles ataques. En 1586, unos años antes del asalto de las tropas inglesas, al mando de Essex, elevó un escrito al Rey comunicándole sus deseos, petición que volvió a dirigir en 1598. Existen noticias de que en 1622, los gaditanos comenzaron a sufragar con arbitrios los gastos de las fortificaciones y murallas.


La reiteración de los asaltos, intentados o consumados, por fuerzas de muy diversas naciones sobre Cádiz datos suficientemente conocido y uno de los hechos fundamentales de su historia y, por ende, de la historia andaluza y española.


El asalto que en 1596 sufriría la ciudad y que provocaría en las mismas destrucciones casi definitivas, hasta el punto de hacer pensar a la corona en el desmantelamiento de la plaza, pasando la población al Puerto de Santa María, referencia o alusión a una especie de nuevo origen de la ciudad.


Los destrozos producidos en la ciudad por este ataque inglés, tras un saqueo de quince días y el incendio provocado por el invasor antes de retirarse, dejaron importantes daños, un informe realizado por el ingeniero Cristóbal de Rojas, se nos señala que ni en las murallas ni fortificaciones había causado daño el enemigo. Pero la situación tal que obligo a rehacer en gran medida la ciudad, de modo que la Cádiz histórica que hoy encontramos será sobretodo una ciudad que crece y se desarrolla durante los siglos XVII y XVIII. Desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no es sólo una ciudad que desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no sólo es una de las más antiguas de las occidentales, sino que puede catalogarse como una de las más recientes de entre ellas.


Una vez desechaba por Felipe II la idea de desmantelar la ciudad, cuando Cádiz comenzará a ver formarse sus nuevas fortificaciones, superándose una etapa, la llamada etapa de las fortificaciones hechas por italianos que dieron la filosofía de la ciudad cuando se produjeron los ataques ingleses de 1587 y 1596, en que el obispo Zapata había impulsado las defensas y en el Frente de la Bahía estaban construidos los baluartes de San Roque, Santiago, San Felipe, Santa Cruz el Postigo y el Boquerón, así como el frente del Puntal, terminado en 1589.


Fue éste un proceso dilatado en el tiempo y muy complejo, con propuestas diversas acerca de la formas de fortificar la ciudad y la bahía de Cádiz y de los espacios más adecuados para ello, este laborioso proceso que culminaría, a mediado del siglo XVIII, con el cierre completo del cinturón amurallado que envolvía a Cádiz y que será. El mismo que seguirá delimitando el espacio urbano gaditano hasta el comienzo del siglo XX. La estructura del sector concreto de las murallas la ciudad decidió demoler a partir de 1906.


Felipe II resolvía, en 1597, la construcción de los fuertes de Santa Catalina, los del Puntal y Matagorda-estos dos ya en el sector inferior de la bahía-y los de Punta de la Cruz y Punta de la Vaca. La erección del fuerte de Santa Catalina, suscitó recelo oposición de la ciudad, los corregidores gaditanos propugnaban que la urbe fuera rodeada y defendida toda con murallas.


Un informe de 1609 recoge sobre el estado de la fortificación gaditana tras el asalto inglés, se advierte ya que se ha recuperado el Puente de Suazo, así como el frente de tierra, adosados los baluartes de San Roque y Benavides, a ambos lados de una muralla baja. El frente de la bahía mantenía una muralla en la que había un arco sin puerta ni rastrillo, a través del cual podían pasar durante la bajamar las naves un fondeadero abrigado, donde había playa capaz para desembarcar hasta tres mil hombres. Era el lugar llamada el Boquete, por donde pasaban los pescadores y las mercancías hacia la aduana. Terminaba este frente en el llamado baluarte de San Felipe, y desde allí hasta poniente, a lo largo de todo el borde norte y noroeste del tómbolo, sólo parecía como defensa el fuerte de la Caleta.


Todo el borde sur, el llamado frente de vendaval, estaba sin fortificación alguna, deja la defensa de este sector a las solas condiciones naturales de una costa alta y fuertemente abatida por la mar.


Las tareas de fortificaciones empredindas en la ciudad, era las que llevaban a cabo en sus inmediaciones, estrictamente al borde de lo que será la ciudad histórica de Cádiz la obra más notable de este momento de mitad del siglo XVII, sin duda, la fortificación de Santa Catalina, hasta entonces sólo un fuerte en este extremo de la Caleta, su construcción, en agosto de 1621, ante las urgencias de un presentido asalto anglo-holandés a Cádiz. El temido ataque se produjo, en 1625, la ciudad resistió bastante mejor que frente a los anteriores asaltantes.


El estado de las fortificaciones de la ciudad apenas registrarán otros avances a lo largo de este siglo XVII que los referidos al Frente de Tierra, cuyo perfeccionamiento defensivo se realizó en 1655, la construcción del baluarte de la Candelaria, en 1672.


Será preciso alcanzar el nuevo siglo, para que se consiguiera cerrar toda la ciudad con un cinturón perimetral de murallas. La necesidad de reforzar el frente sur de la ciudad y de buscar con rigor la fortificación de esa llamada banda de vendaval, cuestión que ocupó a varias generaciones a lo largo de la Edad Moderna con mediano éxito, una y otra vez el agua y el viento destruían el trabajo realizado. Era, en efecto, un borde de la ciudad de claro perfil acantilado, donde los vecinos nunca temieron ataques.


Los cuatros frente del recinto amurallado


La descripción que fue componiendo y consolidando un cinturón perimetral de fortificaciones, murallas, puertas y baluartes, en torno a la ciudad de Cádiz. Estos frentes serían: los de Tierra, el frente de Poniente (ubicado al N.NW de la ciudad), el frente Sur o Banda de Vendaval y el frente de la Bahía.


El Frente de Tierra se hallaba formado por dos baluartes el de Santa Elena y de san Roque, situado a ambos lados de una cortina murada en el centro de la cual se abría la puerta de la ciudad. Será en la segunda década del siglo XVIII, cuando se plantean radicales reformas en el mismo, desde la presencia y el impulso de Ingeniero director Ignacio Sala, una de las figuras máximas de la ingeniería militar española y americana, la figura que de un modo más claro ha influido en la construcción del recinto fortificado gaditano (trabajo en esta plaza 1727-1749), empezándose la obra en 1751 y culminándose en 1756. La puerta monumental sería finalmente obra del arquitecto tardo barroco Torcuato Cayó.



Frente de Tierra

El llamado Frente de Poniente se extendía entre el arrecife del castillo de San Sebastian y el baluarte de los Mártires, ya fronteros con el mar de Vendaval, hasta el baluarte de San Felipe, donde el perfil de la costa gira bruscamente al SE, empezándose ya desde ahí el frente de la Bahía. Se anclaban en él el baluarte de la Candelaria, el de la Caleta del Bonete, de la Soledad y el castillo de Santa Catalina. Al llegar el siglo XVIII todavía restaban en este frente unas dos mil varas de costa desprovista de muralla. Su posición geográfica confería a este tramo del litoral un cierto benéfico resguardo respecto a las batidas de los vientos y las olas del océano y la altura de este escarpe natural, aparecen las consiguientes peticiones para cubrir con murallas este borde del acantilado. Las obras se iniciarían en 1701, comenzado por la caleta del Bonete (270 varas de murallas de cantería), y posteriormente, en 1709 se le dio mayor altura y se alargo 182 varas más.


Entre 1710 y 1712 se construyó la muralla en el tramo entre la escalerilla contigua al baluarte de San Felipe y el de Candelaria, (234 varas) poco después se cubriría el sector entre el baluarte de Candelaria y la Caleta, completándose así el amurallamiento del borde.


Frente de Poniente


Desde el baluarte de los Mártires hasta el de San Roque se extiende el Frente Sur o Banda de Vendaval uno de los más complejos episodios del proceso de fortificación de Cádiz, la fortificación de este frente no se plantea contra posible flotas enemigas ni para prevenir desembarcos hostiles, sino contra el mar, el enemigo inexorable de Cádiz.



Frente Vendaval o del Sur


Desde los pabellones de Santa Elena hasta el muelle y baluarte de San Felipe se extendía el Frente de la Bahía, un sector del borde urbano de Cádiz que a lo largo del siglo XVIII fue definido también su perfil definitivo. El frente amurallado de la bahía se constituirá finalmente con una sucesión de baluartes, puertas, plataformas y lienzos de murallas, formado como un arco de círculo, al pie del cual se extendía una estrecha playa. Todo este conjunto lo convierten, seguramente, en el más interesante de Cádiz, desde punto de vista de las obras de ingeniería militar.





Frente de la Bahía


Las puertas, baluartes del recinto del frente de la bahía


La puerta del Mar tuvo, como las de Tierra, un especial tratamiento y cuidado arquitectónico de la que carecieron las otras puertas de la ciudad (Puerta de San Carlos y Puerta de Sevilla, ambas en este mismo frente). A su izquierda se abría un largo flanco casi rectilíneo, en el que se situaban el baluarte o plataforma de Santa Cruz y la puerta de Sevilla, abierta a una pequeña playa de bajamar, lugar también de embarques y desembarques. Más allá se encontraba el baluarte de San Antonio, el más notorio y monumental de todo el frente.


En 1730 se planteó una mejora de las defensas artilladas de la bahía y se pensó e instalar batería en la plataforma de la peña de la Cruz enlazadas con el baluarte de San Felipe. Las dificultades retrasaron de nuevo el comienzo de las obras, pero una vez comenzada las obras de ejecución solo se alcanzo a realizar una parte del mismo (baluarte de San Antonio), sin llegar a modificarse la plataforma de Santa Cruz. De este modo, se consolidó este articulado recorrido para la muralla, entre el mismo y el extremo del frente, donde se emplazaba el baluarte de San Felipe.


Como enlace entre ambos ámbitos se construyó el semibaluarte de San Carlos, uniéndose mediante un muelle y un muro cuyo interior fue rellenado, que daría lugar al actual barrio de San Carlos.


Siguiendo el borde amurallado desde Santa Elena, encontrábase el baluarte de Santiago, un saliente de forma trapezoidal y reducido tamaño, en 1739 disponía de cuatro cañones. Estaba fuera del recinto portuario que comenzaba a partir del siguiente baluarte de la Alhóndiga o de Los Negros, terminada en 1724, y su forma era ligeramente apuntada, con dos flancos en ángulos. A la izquierda del mismo se abría la llamada Puerta del Mar, junto a la entrada desde tierra, era una de las más importantes puertas de la ciudad.


El último cuarto del siglo XVIII la ciudad de Cádiz es ya plaza fuerte, sólidamente circundaba de murallas, cuya seguridad y belleza es recogida en numerosos testimonios históricos.


Desde San Felipe, construido sobre cincuenta y seis bóveda a prueba se inicia su descripción del borde de la bahía, en donde destaca el baluarte de San Antonio, con troneras que defendían los flancos laterales, y con capacidad para treinta y ocho piezas de artillería. Contando las murallas adyacentes que servían de almacén a la Aduana, la cual se alzaba en su gola. Siguiendo esta muralla, tras San Antonio, se abría la llamada Puerta de Sevilla, que daba paso desde el muelle a la ciudad y que se dedicaba al tráfico de mercancías y pasajes con América y el extranjero por su proximidad a la Aduana, la cercana Puerta del Mar, se dedicaba a mercancías y pasajes con otros puertos de la nación. Entre ambas, la plataforma de Santa Cruz, y entre las Puertas del Mar y las de Tierra, el baluarte de Los Negros, con capacidad para 29 cañones, construido sobre treinta y nueve bóvedas, de las que once eran de la ciudad y estaban dedicadas a pescaderías, panaderías, lonja de recova, Juzgado del regidor de Semana y otros usos municipales.


Un verdadero cinturón de artillería envolvía a la ciudad, salvo por esas contadas puertas ya citadas y por una pequeña entrada por la que pasaba, desde la Playa de Santa María, el ganado que venía al matadero.


Las descripciones sobre las murallas de Cádiz ocuparan un espacio en las descripciones y relaciones que los muy numerosos viajeros han dejado contando las peripecias de sus recorridos, a lo largo del siglo XIX, por Andalucía, en general, y por la ciudad de Cádiz, en particular. La urbe gaditana estaba claramente inserta en las rutas casi idénticas que estos visitantes seguían a través de nuestras tierras. Ya fueron llegando desde Sevilla, a través de los caminos terrestres o de una larga navegación por el Guadalquivir, o ya sea subiendo desde la arribada en Gibraltar, Cádiz era lugar casi obligado de paso.


Los gastos de la construcción y derribo de las murallas.


Los gastos de la fortificaciones y murallas, fue uno de ellos la sisa de dos maravedíes por libra de carne.


En 1622 se decidió también construir un muelle para que los barcos se acercaran al mismo y evitar de este modo los costosos transportes a hombros. Esto facilitó tanto el embarque y desembarque de soldados, municiones y bastimentos como alimentos para la población, que se beneficiaría de la reducción del costo.


En 1727 se ampliaron los arbitrios con el octavo por arroba de vino, el dieciseisavo por arroba de vinagre y los dos restos por arroba de cerveza. Se dictó un reglamento para la recaudación, manejo y distribución de los mismos, se especificó la composición y funciones de la Junta de Murallas, de la que entraron a formar parte Regidores de la Ciudad.


En 1765, la citada Junta obtuvo autorización para celebrar cada año en su provecho doce corridas de toros. Se acordó la recaudación de un impuesto de diez pesos al mes que habían de pagar las modistas extranjeras y contribución especial sobre palanquines. Por último, en 1788 se creó un arbitrio consistente en el tres por ciento del importe de los alquileres, incluidos comunidades religiosas, hospitales y fundaciones.


Los datos dan idea del dilatado período empleado en la construcción de las murallas, y permiten contratar que todos los gastos que supuso su erección fueron sufragados por la Ciudad.


A partir de 1863 se comenzó a hablar pública y oficialmente de la necesidad de proceder al derribo de parte de las murallas. Ello se debió por una parte a la decepción respecto a la efectividad de las mismas y por otra a la necesidad de expansión urbana que era obstaculizada por el recinto amurallado. Las operaciones de demolición suponía un casto elevado y la población no parecía dispuesta a sufragarlo, como se confirmó cuando lanzada la idea de una suscripción popular para este fin, sólo se recogieron diez mil cuatrocientas dieciocho peseta, en vez de doscientas mil que eran necesarias.


Siendo Ministro de la Guerra Don Segismundo Moret, el Consejo de Ministros autorizó el derribo. En 1906, el alcalde de Cádiz don. Cayetano del Toro, acometió la obra por donde le pareció mejor y hasta donde estimó oportuno.


La ciudad de Cádiz cuenta con una valiosísima vía para presentarnos lo que constituirá su realidad urbana en este concreto momento de su historia, se trata de la esplendida Maqueta de la ciudad que se conserva en el Museo Municipal.



domingo 25 de diciembre de 2011

Los cines públicos gaditanos.

plaza de San Antonio

Ya en el verano de 1907, Francisco Escudero montó su barracón cinematográfico en la plaza de San Juan de Dios, por concurso público promovido por el Ayuntamiento, la verdadera novedad se produjo al verano del año siguiente.


El 21 de julio de 1908, en la plaza de San Antonio, se inauguro una forma de espectáculo cinematográfico que ya se repetiría, interrumpidamente, todos los veranos.



En la ciudad de Cádiz existía una institución benéfica, el Asilo de la Infancia y Casa de Maternidad, que tenía concedida la explotación del servicio de sillas que se ponían en la vía pública con diferentes motivos, carnavales, paseos, veladas, semana santa, etc., lo cual provocó una vinculación estrecha entre esta institución y el cinematógrafo.


Al segundo año de instalarse este cinematógrafo público, en 1909, ya comienzan, los problemas, los críticos y las controversias. La verdad es que no se necesitaba mucho en su instalaciones: un telón blanco sostenido por dos palos, que durante el día permanecía enrollada, una caseta de corte playero, alzada sobre una plataforma donde se guardaba la maquina que proyectaba, y el espacio intermedio ocupado por las sillas para el público que se extendían al anochecer y se recogían al terminar el espectáculo, para no estorbar la circulación. Todo el recinto se cerraba con una cuerda sostenida por palos y cuatro altas farolas lo iluminaba en los intermedios.


El espectáculo de cinematógrafo al aire libre, había que saberlo llevar, porque el éxito no estaba asegurado.


El cinematógrafo que instaló D. Pedro González Santiago en la plaza del Mercado de la Libertad, sólo duró cuatro noches, por motivo de que el público no acudía en la proporción necesaria.


En cambio, el Cine Público de la plaza de la Constitución iba sobre rueda, para bien del público, el empresario y el Asilo, ya que esta institución benéfica ingresó en el verano de 1909 por este concepto 3308,70pts.


El carácter público de este cine le venía fundamentalmente por no estar dentro de ningún recinto y, por tanto, pudiéndose ver gratuitamente por todas las personas que estuviesen en la plaza, y además por su carácter benéfico social. Naturalmente los espectadores de la buena sociedad, veían el cine sentados en las sillas, mientras que los de la otra sociedad lo veían de pie o sentados en el suelo y las aceras.


En el año 1909, Cádiz Alegre a finales de julio dedicó una serie de artículos, para demostrar que los cinematógrafos públicos son perjudiciales a Cádiz; aunque lo que mejor mostraban era el finó humor gaditano y las circunstancias ideológicas y sociales del momento. Sin embargo, las censura de Cádiz Alegre, más que contra el cine, van contra la inoportunidad del sitio donde se instalan.


También en 1911, es del primero del que se tiene constancia que se celebrasen festivales benéficos, aunque lo más probables es que se celebrasen desde los primeros años; algo que ya sería una constante de los cines públicos. Solían celebrar dos o tres en cada temporada, dedicándose los ingresos íntegros a la Asociación Gaditanas de la Caridad o el Asilo de la Infancia. También se celebraban espectáculos de variedades en un tablado que se colocaba debajo del Telón y el ejército contribuía enviando bandas de música que amenizaban el espectáculo. Esos días la asistencia era mucho mayor en las sillas, y las películas solían estar escogidas a tono con la buena sociedad, que acudía especialmente a esas sesiones. La banda de música al final solía interpretar la patriótica partitura “La batalla de los castillejos”, que terminaba con un tiroteo realista por las azoteas de la plaza y una función de fuego artificiales.


El ambiente de los cines públicos también lo recogía con gracias Bartolomé Lompart “sería un contrasentido decir que el cine público de Cádiz era “mudo”, cuando de la plaza entera trascendía un puro clamor de voces y pregones. Por lo pronto una autentica caja de sonoridad era el semicírculo de espectadores gratuitos que se formaba tras el telón para ver por trasparencia la cinta. Este sistema tenía el inconveniente de que los rótulos o lecturas que explicaban el desarrollo del argumento, se veía desde allí al revés, circunstancias que no solía molestar demasiado a estos espectadores porque la mayoría de ello no sabía leer. Este público, compuesto mayormente por chiquillos en cuanto el comienzo se retrasaba gritaba a coro:-¡Échalo Mates! ¡Échalo Mate!


Por otra parte y durante toda la noche la plaza era un puro clamor de pregones conocidos de todos los gaditanos “Acerolas blancas y colorá, “El pirulí de la Habana, rico caramelo”! “¡Agüiti fresquiti” “¡Helado mantecado!” “¡Al fresco higo de Jerez…!”


Al cine mudo de Cádiz le salían voces por todas partes.


A veces, de la vecina parroquia de San Antonio salía el Santo Viático, circunstancia que se anunciaba con un toque de campanas. En ese momento se interrumpía la proyección, se encendían las luces de la plaza y un cocheberlina, se acercaba en piadosa ofrenda con los faroles encendidos a la puerta de la iglesia para recibir al sacerdote, permaneciendo el público en respetuoso silencio mientra el cortejo hacía su recorrido hasta perdece en una esquina. A la vuelta se repetía la escena hasta el ingreso en el templo.


La inauguración de la temporada veraniega, el 15 de julio de 1928, los Cines Públicos se habían instalado ese año en las plazas de Méndez Núñez y Isabel II.


En el año 1930, los cines ya establecidos en la plaza de Guerra Jiménez y la Merced, apareció en D.C, el 13 de julio, un anuncio en el que al Asilo gaditano también sacaba a concurso la exclusiva para la venta en los Cines Públicos de agua, caramelos y helados. Las casas se iban ordenando y el cinematógrafo no escapaba de ese moderno afán.


NOTICIA QUE SALIO EN PRENSA LOCAL EN 1924


El cine de la plaza de San Antonio es una molestia por sus malos olores


Las molestias que sufre el público que asiste al cine pueden ser superadas con una leve reforma.


Cádiz/julio. Resulta contra todas las reglas de la higiene el espectáculo veraniego del cine en la plaza de San Antonio.

Actualmente está la pantalla en el centro de la plaza, mirando hacia la calle Ancha.

A costa de muy poco dinero y con muy buena voluntad podría hacerse una reforma con la empresa arrendataria podría salir beneficiada y el público será atendido como corresponde.

Las molestias que hoy se soportan son el mal olor característico de las grandes aglomeraciones de gente que no se lava, unos por hidrofobia y otros por que los grifos no tiene agua: lo cierto es que hay gases de muy mal olor que se hacen insoportables.

Unen sus aromas gratos los que provienen de las paradas de coches y urinarios y a esas molestias se suman las provocadas por los empujones de las gentes que tratan de acomodarse.

Se podría arreglar cambiando el telón al centro de la plaza en el sentido trasversal y llevando lo más cerca posible de la fachada del Casino en la forma del esquema.

Como la plaza no circula vehículos, no se perturba la comodidad de los transeúntes y durante el día pueden replegarse las sillas a uno de sus lados.

Así desde la cuerda que limita el cine no llegan malos olores y no hay aglomeraciones que molesten a quienes ven el cine.



plano de la reforma que se propone en la plaza de San Antonio

domingo 18 de diciembre de 2011

El Submarino “Peral” made in Cádiz

El submarino Peral

La construcción del submarino “Peral” fue ordenado por R.D. de 20 de abril de 1887. Se iniciaron los trabajos el 23 de octubre de dicho año en la grada número 5 del arsenal de la Carraca. La quilla le fue colocada en 1 de enero de 1888, siendo botado el 8 de septiembre siguiente. La dotación se componía del comandante, tres oficiales, tres operarios de Maestranza y cinco marineros. Las primeras pruebas se realizaron el 25 de diciembre de 1888, siguiéndole otras en marzo de 1889 en el arsenal. Las de velocidad y radio de acción, se efectuaron en la bahía de Cádiz con éxito absoluto los días 21 y 22 de mayo de 1890. Además se hizo un simulacro de combate contra el crucero “Cristóbal Colón” al que acompañaron los cañoneros “Salamandra” “Cocodrilo”, vapor “Garibaldi” y Remolcador Nº 1.


Las pruebas de navegación en inmersión y de lanzamiento de torpedo, fueron realizados el 7 de junio siguiente. En esta ocasión, además de los dos cañoneros que participaron en la prueba anterior, acompañaron al submarino el vapor “Reina Cristina”, de la Compañía Trasatlántica, el crucero “Colón”, a bordo del cual iba la comisión científica designada al efecto, así como numerosas personas que presenciaron la prueba desde los botes.


Construido con casco de acero, tenía 21,79m de eslora y 2,87 de diámetro en la cuaderna maestra, con desplazamiento de 77 toneladas en superficie y ocho más en inmersión. Fue el primer submarino del mundo en utilizar la energía de acumuladores eclécticos y realizó ensayos de lanzamiento de torpedo. Actualmente se conserva restaurado, en Cartagena.


sábado 10 de diciembre de 2011

Terrenos del Rey

calle Benito Perez Galdos (barrio del Balon)

Los terrenos del rey se extendían en los alrededores del Hospital real, entre éste y la ciudad y la ciudad (actualmente plaza de Fragela y la manzana entre éste y la calle Soledad), al norte del Hospital hasta el Baluarte de Candelaria, y al oeste, hasta la muralla. En 1732, constituía una amplia explanada entre la ciudad y el castillo de Santa Catalina, utilizada por las tropas para sus maniobras, y en cuyo centro se ubicaba el Hospital, el antiguo cuartel y almacenes de la Pólvora.


En 1755 se elabora un plano de este sector de la ciudad en el que hace un estudio y distribución de futuro uso de estos terrenos del Rey.


La finalidad del mismo es dar un uso adecuado a las necesidades del momento, definiendo la ordenación total de la zona, no sólo atendiendo las necesidades militares sino coordinándola con las civiles, mediante un auténtico proyecto urbanístico.


Se hace una distribución del terreno aún sin edificar, de la siguiente manera:


Se forma una nueva línea de casa del Mentidero y prolonga la misma hacía poniente. A otro ladote la plaza se prevé el nuevo Pabellón para Ingeniero, luego construido ante el baluarte de Candelaria. A poniente se cierra esta zona del Mentidero con dos cuarteles, hoy edificio universitario.


Los otros dos cuarteles se sitúan hacia el Sur, ante el Castillo de Santa Catalina, formando ángulo recto entre si. El espacio que queda entre ellos y el borde de la ciudad se parcela con trazado minucioso de alineaciones, respetado luego en la construcción de las edificaciones de las calles San Rafael, Rosa, Diego Arias y sus transversales.


Entra estas manzanas y los cuarteles se detallan la zanja de desagüe que salía a la Caleta.


En sentido perpendicular quedaron las prolongaciones de las calles: Rosa, Encarnación, Hospital de Mujeres y Solano. Al norte del Hospital Real se crea la de Santa Rosalía y se prolonga la calle Ángel.


Al dedicar terrenos para viviendas de particulares, se dará configuración definitiva a ka actual plaza del Mentidero y a la zona comprendida entre esta y el Hospital Real.


En 1755, se inician las gestiones oportunas para hacer viable la propuesta de venta de suelo. Al pertenecer al Rey gran parte de estos terrenos, será la Real Junta de Fortificaciones las que, como gestora de los bienes de la Corona, se encargue de la venta de suelos previamente tasados por las personas adecuadas.


Una pieza urbana de gran importancia es la nueva plaza ante el Hospital Real, edificio que existía desde 1688, situándose en lugar apartado del caserío por razones de salubridad, estará a medio camino entre la ciudad y el castillo de Santa Catalina, constituyendo en pieza directriz del desarrollo urbano en una zona vacía hasta entonces.


Al norte del Hospital Real se encontraba el Camposanto, lugar improvisado para los enterramientos en la epidemia de 1648.


Los huertos situados en la zona del Campo Santo, algunos de ellos cultivados no daban frutos suficientes para el abasto de la ciudad. En los espacios incontrolados existente entre sus vallados se ocasionaban desórdenes públicos, limitando al mismo tiempo las zonas expansión y paseo del vecindario.


Para evitar estos inconvenientes se acuerda allanar los huertos, quedando todo el sitio que comprenden hábil para el paseo y tránsito del vecindario. Para que no se perjudique a los dueños de los huertos en explotación, se le garantiza el pago anual de lo que queda ganaban con ellos, indemnizándose a los agricultores que quedaban en los intramuros de la ciudad.


Al allanamiento de los dos huertos situados frente a la puerta principal del Hospital Real, para formar plazuela, se compran a la Comunidad Carmelita de la ciudad y al marqués de Iturbieta.


La reordenación de la zona frente al Hospital Real en 1751. se analiza la conveniencia de situar frente al mismo el nuevo Hospicio de la Caridad. El Rey propone la ubicación del nuevo edificio en los terrenos de realego que hacía el Campo Santo sigue en línea con las casas de la Isleta, acuden al Rey para que no se permita edificar delante del hospital, por estimarlo perjudicial para sus moradores.


La edificación del Hospicio se realizaría posteriormente (1763) en otro lugar, en una zona periférica de la ciudad entre los huertos de Cepeda y la Caleta de Santa Catalina.


La existencia de un espacio vacío ante el Hospital Real, germen de una futura plaza de mayores dimensiones. En las décadas posteriores sigue existiendo una clara intención de planificar la plaza que se está conformando frente al Hospital Real y sus alrededores.


En 1784, el Ayuntamiento ha acordado construir una manzana de casas en la plaza del Hospital. Aunque la iglesia y el Colegio de cirugía se han construido a ambos lados del patio, y la gran distancia que hay de las casas que se proponen fabricar al Hospital.


jueves 1 de diciembre de 2011

El asalto Anglo-Holandés de 1596

La flota anglo-holandés y la española en aguas de la bahía de Cádiz


En el año 1596 la reina de Inglaterra para enojo del rey de España, hizo a la mar una flota compuesta de 14 de sus reales barcos y cuatro balandros, además de 68 barcos mercantes de guerra, en los cuales se transportaron 6800 soldados, y dieciocho carabelas y barcos rápidos cargados de caballos, víveres y provisiones, bajo el mando conjunto de Charles Howard, barón de Effingham, gran almirante de Inglaterra, y de Robert Devreux, conde de Essex.


Y a petición de su majestad, los Estados de las Provincias Unidas contribuyeron con 18 barcos de guerra y 6 barcos rápidos cargados de municiones y víveres, bajo al mando de Lord Jhon [Van] DuyVenvoord, almirante de Holanda, quien recibió instrucciones de acompañar a la flota de Su Majestad y obedecer a sus generales.


Se consultó que debía intentar la armada real perjudicar al Rey español. Los lords generales propusieron la expedición a Calis en Andalucía, por ser una plaza de gran importancia para el rey, rica y fácil de sorprender. Ofrecía además la posibilidad de saquear Puerto Real, Puerto de Santa María y Jerez, y de apoderarse e incendiar los barcos y galeras que se encontraran en la bahía, en cuyo puerto hay siempre embarcaciones, y desde el cual emprende sus viajes y hace los retornos la flota de las Indias Occidentales, se ordenó, que la flota no atacaría ni se aproximaría a ningún lugar de Portugal o de España, hasta que llegara a Calis; y no se pondría a la vista de la costa hasta llegar a la altura del Cabo Meridional. La flota levó anclas, siguiendo al lord almirante hacia la costa española, con viento más favorable, consultado cómo se aproximarían los almirantes con sus escuadras a la bahía de Cádiz, y cuáles eran los lugares más adecuados de la isla, para desembarcar las campañas de tierra, y la manera de atacar a la ciudad y a los barcos y galeras que estuvieran en la bahía.


La flota, lejos de la costa para no se descubierta, mantuvo el rumbo a Calis, vieron desde el almirante un barco extraño que estaba entre ellos, y que cayó allí inconscientemente esa noche, e hizo todo lo posible para escapar, era un mercantes irlandés de Waterford, que había salido de Calis, disparándole el Ark dos veces, su maestre vino a bordo, en el interrogatorio dio cuenta del estado de la ciudad, que no había en ella indicios o noticias de que la armada inglesa estaba en la costa, ni se sospechaba de un ataque contra la plaza, sino que vivían confiados, con una guarnición, habitualmente escasa.


Que la bahía de Calis estaba lista y equipada una rica flota de barcos mercantes para las Indias, y los armadores del rey se disponían a hacerla a la mar, estando fondeadas algunas galeras frente a la ciudad.


Los generales se alegraron mucho con estas noticias, y esperaban una victoria gloriosa, con mínimas pérdidas, en un repentino e inesperado ataque.


Tras largo debate, se resolvió que lord Essex desembarcaría las tropas primeras, atacando a la ciudad de Cádiz de tal forma que, visto los lugares de desembarco, este debería tener en el más ventajoso.


Tres carabelas, se situaría frente al Puerto de Santa María, para impedir que las galeras entorpecieran a la flota, e impidieran el desembarco de las compañías. Esa mañana, la armada inglesa fue descubierta desde tierra frente a Lagos.


El viento aumento favorablemente, llevando a la flota a la entrada de la bahía de Calis. Se mantuvo la decisión del último Consejo, y la flota fue a anclar frente a la Caleta, entre el fuerte de San Sebastián y el de Santa Catalina, por considerarse el sitio más a propósito para el desembarco del ejército.


Por la tarde el general Essex, seguido del resto de la flota, llevó anclas, echándolas más allá en la Bahía de Calis, donde, a bastante distancia de la flota española, pasó la noche, intercambiando disparos sueltos en el fuerte de San Felipe, y desde los barcos y españoles sobre el Repulse, el Mary-Rose, y el Alcedo, que estaban fondeados más cerca de la flota y fuerte enemigos.


El lord general Essex, anticipó el asalto a la ciudad de Calis, desembarcando de improviso cerca del fuerte del Puntal.


Los holandeses conquistaron sus objetivos, avanzando con sus banderas. El earl envió rápidamente a sus compañías, marchando estas a la orilla sur de la isla, desde donde el enemigo atacó a caballo y a pie, aprovechando la ventaja del terreno más alto, desde el cual dominaban a las tropas inglesas.


Ese lado de la ciudad estaba defendido por un alto muro, que iba de mar a mar, muy fortificado con baluartes, terraplenes, cortinas y contraescarpas; coñones de artillería, todo ello defendido por la guarnición de a caballo y de a pie.


El lord general Essex dividió las fuerzas, enviando una parte de ellas al Puente de Zuazo, para defender ese paso, y evitar que el enemigo desde tierra firme malograra el asalto a la ciudad.


El lord almirante Edward Hoby, y acompañado por lord Thomas Howard y sir Walter Ralegh, desembarcó su regimiento con el resto del ejercito, y avanzó, dentro de la ciudad de Cádiz, sin encontrar resistencia. El lord almirante desembarca al resto del ejército, descuidando la persecución de la flota.


Se izó una bandera de tregua sobre los muros del Castillo de la Ciudad Vieja, y los lords generales concertaron un trato. Después de esto, el corregidor de la ciudad se presentó ante los generales con cinco de las personas más importantes, acordándose que los españoles rendirían inmediatamente el Castillo, y pagaría, en un plazo de 12 días. Después de firmar ambos el acuerdo, el capitán Arthur Savage, comandante de las compañías de Lord Essex, recibió las llaves del Castillo.


Ese día, se rindieron también a la generosidad de los generales, el fuerte de San Felipe, el Priorato, el depósito de municiones y el Ayuntamiento.


Hecho esto, se dio orden de sacar de la ciudad a todos los habitantes. Los de condición más humilde se enviaron, bien escoltados, al Puente de Zuazo, para que pasaran a tierra firme, los de mejor condición, fueron honorablemente tratados y se llevaron a la orilla a embarcar para el Puerto de Santa María, confinándose estas remesas hasta que no quedaron españoles en la ciudad.


Mientras tantos, el corregidor de Calis y los comieres de la Casa de la Contratación, ofrecieron tres millones de ducados para el rescate de la flota, con intención de retrasar el ataque, y poder desembarcar, día y noche, las riquísimas mercaderías, no obstante sus escasos medios. Esto se ordenó por el duque de Medina, durante las negociaciones, siendo incendiada la flota española, quedando definitivamente frustrados los anhelos de los generales de poseer los infinitos caudales consistentes en barcos, mercaderías y municiones.