Mostrando entradas con la etiqueta Historia de España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia de España. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de abril de 2015

SOBRE EL GADES ROMANO

La localización del Teatro Romano de Gades a finales de octubre de 1980 marcó un antes y un después en la arqueología gaditana.

Hasta entonce la teoría más aceptada era que el antiguo emplazamiento de Gadir/Gades se situaba perdido bajo las aguas del mar. Dicho descubrimiento, al que contribuyó de forma determinante la planimetría realizada por el Sr. Gherssi, anulaba tales tradiciones.

Desde 1972 y con posterioridad investigadores como Ponce Cordones y Ramírez Delgado defendía las hipótesis de que el actual territorio del casco antiguo de Cádiz fuese realmente el escenario de nuestra historia antigua, aunque más reducido al estar dividido por canales como el de Puerto Chico o el denominado Bahía-Caleta.

Con estas dos novedades y teniendo en cuenta el acantilado natural de las islas gaditanas, junto con otras noticias antiguas, resulta aventurado plantear cómo fue el urbanismo o distribución de la Gades romana, y más aún suponer si de alguna forma pervive aún en nuestra ciudad; pero la idea merece al menos una hipótesis.

De las dos islas que configuraron en la antigüedad aquel territorio se centra en la zona donde actualmente se levanta la fortificación de Puerta de Tierra, y esencialmente en los actuales barrios del Pópulo y Santa María.

El territorio del que hablan tiene unos 20 metros sobre el nivel del mar y presenta un acantilado por el lado Sur que desciende hacia el Norte en un espacio muy limitado que le confiere una pendiente algo pronunciada. Con los descubrimientos de restos arqueológicos que se vienen realizando es el único lugar con posibilidades para el planteamiento de la Gades romana.

Los hallazgos en el extramuros de las Puertas de Tierra nos sitúan allí la mayor parte de la necrópolis. Dicha fortificación es además un elemento diferenciador, pues se emplaza en la zona más estrecha de la isla donde las noticias de los siglos XVI-XVII señalan la única vía de entrada y que se denominó Augusta, que en este último trabajo corría paralela al acueducto.

Trazados y lugar de acceso que pervivía a través de la denominada Puerta del Muro, que como eje central situaba en su lado derecho el anfiteatro, mientras que en el izquierdo, que daba al mar, estaban los cuatro depósitos monumentales de aguas, desde donde se distribuía por toda la ciudad. Ésta era la entrada romana de la ciudad, cuyo extremo opuesto debe de corresponder con el Teatro Romano.

Más difícil resulta la distribución de aquel espacio interior; para ello quizás resulte interesante seguir las referencias que nos marca el antiguo acantilado.

Por el lado Sur nos puede servir de guía el eje que configuran las calles San Juan Bautista de la Salle y Mirador; por el lado Este, el acantilado se distribuye paralelo a la calle Santo Domingo, que enlazaría por un lado superior con la Vía Augusta. La prolongación de ésta en forma de arco y en descenso nos marcaría la zona Norte hasta llegar a la playa romana de entonces a través de las calles Soprano y Pelota. 

El lado Oeste en más complejo pero las noticias de restos monumentales son suficientes para valorarlo. Dentro de este espacio se instalarían, además de edificios públicos como la basílica, el mercado, el foro coronado por los templos propios, etcétera, así como el caserío escalonado hacia la bahía adaptándose a las irregularidades propias del terreno natural. 

Recordemos los hallazgos en la calle Viento, mosaico de la rotonda de Balbos, Concepción Arenal, Casa del Plátano, Casa del Obispo con criptopórticos, piscinas rituales y conjunto monumental, delimitación de una vía romana en la calle San Juan de Dios, conjunto monumental de la Jabonería, el que aparece en Suárez de Salazar, los criptopórticos pendientes de excavar de la puerta principal de la Catedral Vieja, edificio éste último que en ocasiones se presenta como reconstrucción de un templo más antiguo, ello sin olvidar aquellos hallazgos de la calle Concepción Arenal donde aparecieron hasta la base de una fuente.


Un Gades que nació sin murallas y que sucumbió antes que éstas le fueran necesarias. Hace falta contemplar el mapa y para ello es necesario excavar todas las obras de aquel entorno hasta la roca viva, ya que los restos aparecen en ocasiones en profundidades que superan los 10 metros. No hay que olvidar, no obstante, que en ocasiones las noticias apuntan a una superposición de materiales romanos sobre los púnicos, por lo que pudiera ser no se respetaran las construcciones anteriores para levantar aquella “ciudad nueva” que fue la Neápolis, por tanto la sombra de la posible ubicación del Gadir fenicio-púnico en aquel lugar sigue estando vigente en espera de alguna referencia para su confirmación.

Teatro Romano de Cádiz, el mas antiguo de la Península Ibérica


PINCELADA por Juan Antonio Fierro Cubiella

viernes, 10 de octubre de 2014

ALGODONALES

El escudo de Algodonales: Es de plata con una casa ardiendo en llama de oro y gules; bordura de gules con la inscripción "Por la Independencia Nacional".


Algodonales se encuentra situado en el extremo nororiental de la provincia de Cádiz, su término, rodea por un conjunto de sierra, configura al sistema su-bético.
Desde el punto de vista comarcal, algodonales forma parte de la comarca de la Sierra, de la puede configurar un claro ejemplo no sólo por sus carácter físicos, sino por su realidad social y económica.
Su término municipal tiene una extensión de 135,5 km2 lo que la sitúa entre los municipios de mayor superficie de la Sierra.
El relieve, igual que ocurre en toda la Sierra, es el factor natural más característico. Numerosos aspectos y no sólo geográficos, tales como suelos, clima, hábitat, tipos de cultivos, etc.
Tras el análisis de la Topografía del termino municipal de Algodonales, su red hidrológica que está organizada por el río Guadalete, el curso de agua de mayor importancia y que cruza todo el término.
El clima de esta zona se incluye dentro del ámbito mediterráneo, pero la privilegiada orientación y la altura media de sus relieves hacen que las precipitaciones sean semejantes e incluso superior a puntas de la España húmeda.

SU HISTORIA

En el término de Algodonales, al igual que en toda la Sierra de Cádiz, se han llevado a cabo pocas excavaciones sistemáticas. Lo poco que conocemos se debe a hallazgo suelto casual y a referencias en algunos libros antiguos.
La Prehistoria se divide en varias etapas: Paleolítico, Neolítico y la llamada Edad de los Metales.
Los primeros restos prehistóricos en el término de algodonales corresponden al período Neolítico; son tres yacimientos en cuevas: Cueva Santa, cueva Chamusquina, Castillejo.
Durante el Neolítico, en la Sierra de Cádiz, los asentamientos son fundamentales en cueva.
Un tercer período de la Prehistoria es la Edad de los Metales, subdivididas en Edad del Cobre, del Bronce y del Hierro. El cobre fue endurecido al descubrirse el estaño, que aleados darían el bronce, metal de mayor dureza.
Este sería el origen de la riqueza de Tartessos y de las colonias fenicias del litoral de la provincia de Cádiz.
La entrada en la Edad del Hierro de la zona mediterránea de la península Ibérica, se explica por la llegada de pueblos colonizadores: fenicios, griegos y celtas.
Aparecen ahora en la Sierra poblados fortificados que van a mantenerse en época romana. Un ejemplo será el yacimiento del Cerro de la Botinera, al Este de la sierra de Líjar. Por todo el cerro abundaban restos de cerámicas ibéricas y romanas e igualmente se ven restos de construcciones; fue sin duda una ciudad de relativa importancia.
Aparecen también en el término de algodonales restos sueltos, difíciles de encajar, porque aparecen sin contextos de ningún tipo.
En algodonales, el yacimiento del Cerro de la Botinera, sigue habitándose durante la dominación romana y en él han aparecido numerosos restos de esta época. Es de destacar un enterramiento donde se encontró un espejo de bronce, un colgante y una placa de ungüento.
Otros yacimientos de de la época son el Cerro de la Camarena: se halla al sur de Algodonales, cerca del cementerio. En él se han encontrado monedad y unas funerarias. El Cerro del tesorillo (en la finca el Castillejo a sur  de Botinera), donde aparecen restos de construcciones hidráulicas. El cortijo de Las Columnas, cuyos cimientos parecen que corresponde a una antigua villa romana que fue fortificada en la edad Media pero que, hoy en día, aparece muy reformado.
El cortijo del Alamillo, aparecieron restos de tres columnas de piedra; el yacimiento hoy se encuentra arrasado. Igualmente se puede hablar del puente viejo sobre el Guadalete, al que algunos autores atribuyen elementos romanos.
Harían falta excavaciones y estudios sistemáticos en todos estos lugares para tratar de establecer los modos de la vida en la Sierra de Cádiz durante la Prehistoria, la Protohistoria (época ibérica), la época romana e incluso en la edad Media (dominación musulmana y posterior reconquista).


INVASIONES BÁRBARAS

De los cuatros pueblos bárbaros que invadieron la Península, suevos, vándalos, alanos y visigodos, sólo merecen la pena destacar a éstos últimos, porque fueron los creadores del primer estado español.
Pocas fuentes escritas y pocos restos quedan de este período que abarca desde el siglo V al VIII. Y aún menos en la Sierra de Cádiz que no fue un área de fuerte asentamiento visigodo.
Algunos historiadores hablan de asentamientos castrenses (militares) visigodos en la Bética. En Andalucía siguió siendo mayoritaria la población hispano-romana. Han aparecido, sin embargo, embargo algunos restos en la provincia de Cádiz.
En las huertas yendo hacia Zahara, por la cuesta de los Yesos y la carretera que va a Ronda, zona donde estuvo el más antiguo Algodonales, aparecieron junto a una base romana de mármol blanco, ladrillos visigodos de decoración y una moneda visigoda, un trines. Futuras excavaciones pueden arrojar más luz sobre este periodo.

LA INVASIÓN ÁRABE

Con la conquista de la Península llegan numerosos grupos árabes y bereberes con la idea de establecerse en el país. Parece que la serranía se puebla sobre todo a base de bereberes.
Pocos datos se tienen sobre la vida en la serranía gaditana durante la dominación musulmana. La aldea de Los Algodonales no había sido todavía fundada, pero se supone con suficiente lógica que el sitio donde se asentaría Algodonales en el siglo XVI hubiera sido un lugar poblado anteriormente, dada su fertilidad, cuando la zona fronteriza entre castellanos y musulmanes estuvo lo bastante alejada como para que no supusiera un peligro para sus habitantes.
Escaso pero interesantes testimonio a fines del siglo XVII de Rodrigo Caro escribia: “Podría ser que esta villa (se refiere a Zahara) estuviese en mejores tiempos y más pacíficos la sierra de Líjar, lugar que hoy llaman Los Algodonales. Allí vi hartos vestigios de antigua población que aún hoy están en pie…” esto viene a ser ratificado en los testimonios del pleito que tuvo lugar entre los vecinos de Algodonales y la villa de Zahara, visto ante la Chancillería de Granada en 1548. el motivo de la disputa se cifraba en el arrasamiento, dos años antes, de unas cincuenta casas de la aldea de Los Algodonales ordenada por el Consejo de Zahara, los habitantes de Los Algodonales buscaron como testigos hombres que pudieron ser imparciales, algunos vecinos de otras villas.
A lo largo de la historia la situación geográfica de nuestra provincia, paso obligado entre dos continentes ha representado siempre un importante papel en la distribución espacial de los núcleos poblacionales que extiende sus redes sobre el territorio.
Los orígenes más inmediatos del actual doblamiento gaditano hay que remontarse al período de la Reconquista.
La incorporación de las tierras gaditanas a la Corona castellana comienza a mediados del siglo XIII, pero la completa ocupación de todo el territorio no se llevaría a cabo hasta finales del siglo XV, en los inicios de la guerra de Granada.
Tras la conquista de Sevilla, la comarca del Guadalete se sometió a Fernando III por medio de pactos a por la fuerza, aunque garantizando a los musulmanes una amplia autonomía. Alfonso X se ocupará de consolidar el dominio castellano en la Baja Andalucía.
 La ocupación efectiva del valle del Guadalete, Golfo de Cádiz y sierras próximas del Estrecho tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XIII, tras el sometimiento de la mencionada revuelta mudéjar.
Durante este período, la gran mayoría de los asentamientos de nuestra provincia tuvieron una clara funcionalidad bélica, lo que trajo consigo importantes repercusiones sociopolítico provocado, además, una intensa señorialización. La nobleza protagonista destacada en las empresas bélicas, conseguirá el dominio de la inmensa mayoría de las tierras gaditanas.
La revuelta y forzada conversión de la población mudéjar trajo consigo la dispersión de la misma, lo que produjo despoblaciones parciales en el interior del reino de Granada. Este hecho demuestra, el fracaso de la repoblación realega de años anteriores y de la política de asimilación de los moriscos, cuyo problema no sería resuelto hasta la definitiva expulsión de éstos en el reino de Felipe II (1609).
En el siglo XVI, se lleva a cabo la reorganización de las tierras nor-orientales de la provincia gaditana. Se registra durante esta centuria, asimismo, la consolidación de núcleos derivados de otras ya existentes, como los casos de Algodonales y El Gastor, creados a partir de Zahara.
Estos núcleos no se crearon ya con fines estratégicos, sino con fines claramente rentabilistas  desde el punto de vista agrario o comercial.
Hasta que no desaparece definitivamente el peligro musulmán, tras la conquista de Granada (1492) y queda definitivamente pacificada la zona tras la revuelta mudéjar (1501), no se ocupa el lugar donde hoy está emplazada en Algodonales. Solo entonces unos cuantos vecinos de Zahara se atreven a bajar el lugar llamado los Algodonales, para instalarse allí atraídos por la fertilidad del lugar y su mucha agua, construyendo las primeras casas, labrando las primeras tierras. La aldea surgió, al parecer, en torno a la fuente del Garrobo.
La Sierra gaditana, como otros sectores de las sub-béticas se vio sometida, en la Baja Edad Medía, a una intensa señorialización y ello vino a consecuencia de las necesidades militares que imponía la oscilante frontera granadina.
Hacia 1520 la parte alta de la puebla, Cabezadas de las Huertas, fue objeto, al parecer, de un reparto de tierras impulsado por los Ponce de León. Se pregonó el reparto en Zahara, Olvera, Villamartín,  y Arcos. En 1544 una fuerte tormenta asola la villa de Zahara, cayéndose parte de la muralla y algunas casas. A raíz de este sucesos un número indeterminado de personas se trasladaron a los Algodonales.
La puebla durante el siglo XVII continuara creciendo, no se sabe si por propia dinámica interna o por la llegada de nuevos emigrantes.
El siglo XIII se inicia en España con un cambio de dinastía. A la casa de Austria que había gobernado el país en los siglos XVI y XVII sucede ahora la casa de Borbón. La Corona se convertirá en protagonista de una serie de reformas económicas y administrativas que, en determinado momento y grado, afectarán a la casa de los Arcos.
Todo esto supuso un gran paso hacia la creación del Estado centralizado y unificado. El absolutismo de los Barbones fue más patente que el de los Austrias.
Para situarnos, la puebla de algodonales partencia al reino de Sevilla, dentro del cual se encontraban los estados de la casa de Arcos, cuyo corregidor perpetuo era a mediados del siglo XVIII el propio duque, quien a su vez era marqués de Zahara, dentro de cuyo término municipal está situado Algodonales.
La puebla de Algodonales era señorío, calle y barrio de la villa de Zahara, quien nombraba loe empleos de justicia para este pueblo, de manera que uno de los dos alcaldes ordinarios, uno residía en Zahara y otro en Algodonales. Como la mayoría de los municipios, de la villa de Zahara y la puebla de Algodonales poseían bienes de Propios y Comunes.
Los pesos y medidas del término de Zahara se regulaban conforme a los de la ciudad Sevilla. Los positos municipales regulaban el comercio del trigo como una función social a través de préstamos a los agricultores.
Por otra parte, el deseo de llegar a la unificación tributaria motivó que durante el reinado de Fernando VI (1746-1759) se intentara suprimir los complicados e innumerables impuestos directos e indirectos. Los trabajos continuaron durante el reinado de Carlos III y, aunque dificultades de todo género impidieron el triunfo de la reforma.
Al ser calle y barrio de la villa de Zahara los habitantes de los Algodonales no poseían término propio, a pesar de ser todo un mismo término, el pago de muchas contribuciones se realizaba por separado, habiendo igualmente otra dos aldeas en termino que son el Gastor y la Muela. Con respecto a las contribuciones, la del Gastor, toca a Zahara y la de la Muela a Algodonales.
 El siglo XIX comienza con la invasión del territorio español por las tropas francesas. Durante seis años (1808-1814) los españoles lucharán por echar de España a Napoleón y a sus tropas. Llevados a Bayona por Napoleón, Carlos IV y Fernando VII abdicaron ambos y Napoleón entregará la Corona española a su hermano José Bonaparte. Estos años de guerra supondrá para toda España años de ruina y destrucción.
En 1815 se piensa en pedir la emancipación del pueblo de la villa de Zahara. Se alega como mérito la actuación tan valerosa frente al enemigo francés en la guerra de la Independencia. Fernando VII accede a la petición, otorgándole título de villa y un término propio de 23000 fanegas, incluida la sierra de Líjar y jurisdicción sobre el mismo terreno y el sitio llamado la Reyerta, donde la ejercen mancomudamente con Grazalema, Villaluenga, Benaocaz, Ubrique y Zahara y la nueva de El Gastor, cuyas siete villas la disfrutan igualmente en unión de los pastos. También entra dentro de su término la cortijada de La Muela. El libro Becerro de Zahara, que recoge todos los litigios habidos contras las villas vecinas, fue fundamental a la hora de determinar los límites del nuevo municipio.
Los hechos acaecidos en el pueblo cunado el ataque francés influirán en el escudo que ahora debe tener la villa; un óvalo y dentro una casa ardiendo rodeada de llamas símbolo del pueblo incendiado y arriba las letras P.L.I.N., que significan “por la independencia nacional”.  
El origen de las agitaciones campesinas andaluzas habría que buscarlo en el siglo XIX y parece que su causa más importante es la disolución del régimen señorial. Las Cortes de Cádiz (1812) y otras medidas posteriores (1837) terminaron con la existencia del régimen señorial. Había dos clases de señoríos: el de tipo territorial y el jurisdiccional. Si el señorío era territorial pasaba a convertirse en propiedad privada de su señor; si era jurisdiccional, las funciones de justicia pasaban al estado y la propiedad sería de sus antiguos cultivadores.
Aquí radica el problema, pues los encargados de dirimir estos asuntos, los tribunales fallaban los pleitos normalmente a favor de los señores, declarando invariablemente el señorío como territorial. Los campesinos se sintieron estafados al despojarlos de algo que consideraban suyo y a lo que creían tener derecho.
Con la desaparición de los señorios había que reestructurar de nuevo el mapa administrativo español; en 1833 se establece la división del país en provincia, la llamada reforma de Javier de Burgos. Algodonales pasa a integrarse en la provincia gaditana y sale del recinto de Sevilla, a donde había estado desde su fundación.

En último censo oficial de población de 2007, Algodonales tenia 5.726 habitantes.


                   Algodonales desde el Cerro Coros                                



Libro: "Algodonales" de Jorge Arena Soler, Joaquin Fernandez Garcia y Manuel J, Palma Silgado, 

martes, 3 de julio de 2012

LA MONARQUÍA HISPÁNICA "LOS AUSTRIAS" S. XVI-XVII

El siglo de Oro en España de los Austrias



V - ASPECTOS CULTURALES

            El siglo XVI y gran parte del XVII suponen el apogeo de la cultura española, hablándose de un Siglo de Oro en los campos del pensamiento, de la literatura, de la ciencia y del arte. Este largo período permite establecer algunas divisiones que separan el Renacimiento del Quinientos y el Barroco del Seiscientos, facilitando el análisis separado de ambos siglos.

            La cultura española del RENACIMIENTO desarrollada a lo largo del s.XVI se encuentra muy influida por las corrientes imperantes en Europa, como el humanismo, el erasmismo, el reformismo religioso, las reformas literarias italianas y las artísticas elaboradas en Flandes e Italia.

Existe cierto debate en torno a la existencia o no del Renacimiento en España. Autores como Burckhardt niegan dicha existencia al considerarlo un fenómeno netamente italiano del que se importaron pocos elementos a España. Sin embargo propuestas actuales advierten que el hecho de que este modelo italiano no se implantara en su totalidad en España no implica que no sea Renacimiento. Esta percepción se apoya en la aparición de nuevos estilos artísticos como el “plateresco”, así como en cierto renacimiento literario ejemplificado en la aparición de géneros como la “picaresca”, donde su obra más afamada es El lazarillo de Tormes; el amplio desarrollo de la “sátira”; o la calidad de obras coma las de Boscán, Gracilaso de la Vega ó Miguel Cervantes y su obra “Don Quijote de la Mancha”, ó Fray Luis de León y sus numerosas Odas, entre otros.

            Podemos afirmar que el Renacimiento y el pensamiento español del siglo XVI responden a la tensión mantenida entre el erasmismo de la primera mitad del s.XVI y la corriente confesional o escolástica de su segunda mitad.

            En el ámbito religioso el erasmismo se manifestó en una reacción contra la corrupción de la Iglesia Católica, y en las críticas al papado por su codicia y abandono de los deberes más espirituales. Igualmente criticaron ciertas normas y manifestaciones de la Iglesia Católica, y defendieron el alma como el templo de Dios más que cualquier edificación. Estas preocupaciones religiosas también tuvieron una derivación política, manifestada en la percepción del Imperio como unidad espiritual cristiana que debía enfrentarse a protestantes y musulmanes. En un ámbito más social y espiritual el erasmismo español se caracterizó ante todo por la defensa de la “dignidad del hombre”, y la doctrina del “libre albedrío” en la que el hombre tiene la facultad de hacerse a sí mismo como ser libre, idea de clara influencia de Giovanni Pico della Mirandola.
La influencia del erasmismo podemos verla en autores y obras como Juan Luis Vives y sus De institutione feminae christianae (1523) y De anima et vita (1538); Alfonso de Valdes y sus Diálogo de las cosas de Roma y Diálogo de Mercurio y Carón (1529); su hermano Juan Valdes y su Diálogo de doctrina cristiana (1529); Fernán Pérez de Oliva y su Diálogo sobre la dignidad del Hombre (1546).

A mediados del s.XVI se produce un amplio desarrollo de la teología española, que no solo renovó sus métodos, sino que también adoptó nuevos temas como cuestiones morales, jurídicas, políticas, económicas y filosóficas. En cualquier caso para la Teología aún tienen más valor lo argumentos basados en la autoridad, entendiéndose esta como las sagradas escrituras o las decisiones de la Iglesia Católica, que en la razón o la lógica.
Sin duda el teólogo más afamado de esta segunda mitad del s.XVI fue Francisco de Vitoria, verdadero fundador del pensamiento político español del Siglo de Oro, cuyo objetivo era defender el ordenamiento cristiano de la sociedad. Entre sus obras debemos destacar sus Relectiones theologicae (1527-1543), y sus De potestate civilli (1528) y De iure belli (1539). En el ámbito económico destacó el Memorial dirigido por el contador Luis Ortiz a Felipe II (1558), considerado como el primer programa de una política mercantilista.

            El descubrimiento de América aportó nuevos problemas morales y la aparición de una reflexión y literatura teológico-jurídica en torno a los derechos y legitimidad del dominio de los españoles sobre los indios En este contexto se enmarcó la polémica mantenida entre el dominico Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, quienes debatieron sobre la naturaleza de los indios y el régimen en el que habían de vivir, así como la justificación moral y religiosa de su sometimiento, a lo que los dominicos se oponían por ver a los indios como hombres libres y con plenitud de derechos.

            El s.XVII se caracteriza por el desarrollo del BARROCO español, que comprende de 1600 a 1680 aproximadamente, relacionándose con la renovación contrarreformista.
Los caracteres que con más claridad definen el Barroco van ligados a la religiosidad hispana y católica. Es una cultura que consiste en una respuesta dada por los grupos activos de una sociedad en una dura crisis, a modo de conciencia del mal y del dolor. Para el Barroco el mundo es malo, dinámico, inestable y contradictorio, y el pesimismo es la actitud dominante. El hombre es un individuo que lucha contra sí mismo y sus semejantes, y la denuncia de las malas cualidades del ser humano es un lugar común, concepción de donde procede el tremendismo, la violencia y la crueldad manifestadas en las obras del Barroco. El autor barroco se puede dejar llevar por la exuberancia o la sencillez, pero siempre de un modo extremo, ya que no quieren dar testimonio de una existencia satisfecha y en calma, sino de un estado de excitación y turbulencia.

El Barroco español alcanzó sus máximas cotas en el terreno de la expresión literaria, incluido el teatro, y artística, sobre todo en la escultura y pintura. De hecho, la producción literaria bajo los Austrias fue mucho más exuberante, rica y variada que la científica.
La literatura española llegó a su apogeo con grandes poetas como Luis de Góngora creador del “culteranismo” en la que se abusaba de las imágenes y adornos oscureciendo las ideas; ó Francisco de Quevedo, gran poeta, satírico y autor de la novela picaresca “Historia de la vida del Buscón”. Otro de los géneros más fecundos y originales fue el teatro, donde brilla con luz propia Félix Lope de Vega; Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina, a quien se le atribuye la autoría de “El Burlador de Sevilla”; autores que también abarcaron otros campos como la poesía y la narrativa.



TRABAJO REALIZADO POR: Antonio Manuel Leal Madroñal
 


VI – BIBLIOGRAFÍA

Domínguez Ortiz, A – Crisis y decadencia en la España de los Austria. Barcelona, 1989.

Domínguez Ortiz, A – Desde Carlos V a la Paz de los Pirineos. Barcelona, 1986.

Elliot, J.H – La España Imperial (1469-1715). Barcelona, 1986.

Le Flem, J.P – La frustración de un Imperio. Vol.V de la Historia de España dirigida por M. Muñón de Lara. Madrid, 1980.

Le Flem, J.P – Los aspectos económicos de la España Moderna. Vol.V de la Historia de España dirigida por M. Muñón de Lara. Madrid, 1980.

Lynch, John – Monarquía e Imperio. El reinado de Carlos V. Historia de España, vol.11, El País. Madrid 2007.

Usunariz, Jesús María – España y sus tratados internacionales (1516-1700). Edit. Euvisa Astrolabio.

LA MONARQUÍA HISPÁNICA "LOS AUSTRIAS" S. XVI-XVII

los Austrias mayores



III – LOS AUSTRIAS MAYORES Y LA HEGEMONÍA ESPAÑOLA DEL S.XVI.

            Los reinados de Carlos I (1517-1556) y Felipe II (1556-1598), reconocidos comúnmente como los Austrias Mayores, suponen el período de hegemonía política y militar de España, en el que se conformó y mantuvo un enorme Imperio.

CARLOS I (1517-1556), primogénito de Juana I y del Archiduque Felipe de Austria, inició la Casa de Austria en el trono español recogiendo en su persona la herencia de unos dominios inmensos. De Isabel I de Castilla (abuela materna) heredó Castilla y los territorios de América; de Fernando II de Aragón (abuelo materno) heredó la Corona de Aragón, Nápoles, Cerdeña y Sicilia; de María de Borgoña (abuela paterna) heredó los Países Bajos y el Franco Condado; y del Emperador Maximiliano I (abuelo paterno) heredó los dominios de los Habsburgo en Austria, Estiria, Coarintia, Tirol y Voralberg, así como derechos sobre el Ducado de Milán y el título de Emperador.

En 1519 recibió la noticia de la muerte de su abuelo Maximiliano I y de su elección como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Las nuevas obligaciones imperiales asumidas determinaron un recrudecimiento de su política económica, traducida en subida de impuestos y en la convocatoria de las Cortes de Castilla con objeto de obtener Servicios para hacer frente a los gastos. Esta política generó gran agitación y, apenas dejaba España para ser coronado Emperador en Aquisgrán (1520), las ciudades castellanas y valencianas iniciaban sendos movimientos revolucionarios conocidos como “Las Comunidades” en Castilla y “Las Germanías” en el Reino de Valencia y Mallorca.
           
Las razones de estas revueltas radican en la oposición de las ciudades, comerciantes, artesanos y campesinos a la nueva dirección que estaba tomando la política imperial. Aspectos como el apoyo de la Corona al asedio nobiliario sobre las tierras y rentas de las ciudades, incentivando el paso de tierras municipales a jurisdicción señorial; la tendencia a incentivar la ganadería y el comercio lanero frente a los intereses de centros manufactureros como Segovia y Toledo; o la continua injerencia de la Monarquía en el sistema foral y municipal del Reino de Valencia y Mallorca; fueron determinantes para el estallido de las revueltas.

Este amplio frente antiseñorial presentó un programa político cuya piedra angular era un mayor protagonismo de las Cortes en la dirección de la vida pública, facilitar el acceso al gobierno municipal a los representantes de los gremios artesanos, sanear la administración pública mediante la rebaja de los salarios municipales y la sobriedad del gasto, y la abolición de los impuestos sobre el tráfico comercial.

El movimiento de las Comunidades castellanas se inició en Segovia bajo la dirección de Juan Bravo y de la Junta Santa de Ávila presidida por Pedro Lasso de la Vega, pero fueron finalmente vencidos en la batalla de VILLALAR (1521). La lucha continuó a causa de las Germanías de Valencia y Mallorca dirigidas por Vicente Peris. Los sublevados tomaron Játiva y Gandía en 1521, alcanzando el movimiento su máximo apogeo en el llamado “Verano del Miedo” de ese mismo año, pero las tropas reales terminaron imponiéndose en Valencia y Mallorca (1522) llevando a cabo una dura represión, junto con la confiscación de bienes y la imposición de fuertes contribuciones a las principales plazas agermanadas.
            Se ha discutido mucho sobre si la política exterior de Carlos I se inspiró en la concepción humanística de una “Monarquía Universal” ó en la tradicional castellana de un “Imperio Cristiano”. En cualquier caso, en la política exterior de Carlos I es difícil separar aquellas directrices derivadas de su condición de Emperador de aquellas derivadas de su condición de Rey de España.

            FRANCIA fue sin duda el gran rival de la Monarquía Hispánica durante el s.XVI debido a sus aspiraciones sobre territorios españoles como los Países Bajos, la Navarra española, el Rosellón y los territorios italianos. Francisco I (1497-1547) de Francia invadió Luxemburgo y la Navarra española en 1521, pero las tropas imperiales terminarían imponiéndose en el Ducado de Milán venciendo en las batallas de BICCOCA (1522) y PAVÍA (1525), donde el propio Francisco I fue hecho prisionero. Con la firma del TRATADO DE MADRID (1526) Francisco I recuperaba su libertad, pero a cambio renunciaba a sus pretensiones sobre Italia y Flandes; devolvía Borgoña y los territorios imperiales ocupados; y entregaba dos de sus hijos como rehenes para asegurar el cumplimiento del tratado. Al poco de ser puesto en libertad Francisco I rechazó el cumplimiento del Tratado de Madrid, especialmente la devolución de Borgoña.

            En Italia se gestó la idea de que el Emperador, poseedor de Nápoles, Milán y Piamonte, proseguiría la ocupación de toda Italia, creándose en 1526 la LIGA DEL COGNAC conformada por la Santa Sede, Francisco I, Venecia y Génova. Tras las primeras victorias españolas, el saco de Roma de 1527 y la nueva alianza entre Carlos I y la República de Génova de Andrea Doria, a cambio de su independencia y privilegios mercantiles, Francisco I se vio obligado a firmar la PAZ DE CAMBRAI ó DE LAS DAMAS (1529). En esta Carlos I renunciaba a sus pretensiones sobre los territorios franceses del Ducado de Borgoña y liberaba a los hijos del rey francés, mientras que Francisco I renunciaba a sus aspiraciones sobre Milán, Génova, Nápoles, Flandes, Artois, Hesdin y Tournai.

            En 1535 Francisco I volvió a reclamar sus derechos al Ducado de Milán e invadió Saboya y Piamonte (1536).  Carlos I invadió Provenza y se interpuso entonces la mediación del Papa Pablo III quien logró que ambos monarcas firmasen la TREGUA DE NIZA (1538) mediante la cual la resolución del conflicto quedaba inconclusa. La guerra se desencadenó nuevamente cuando los embajadores franceses, que iban a ratificar su alianza con Venecia y Turquía, fueron asesinados al pasar por Milán. Francisco I declaró la guerra y Carlos I reforzó su alianza con Enrique VIII de Inglaterra. Mientras el rey inglés cruzaba el canal y atacaba Boulonge donde fue bloqueado en 1544, Carlos I invadía Francia por la Champaña tomando Saint-Dizier y Château-Thierry. La derrota francesa y la crisis económica de España motivaron la firma de la PAZ DE CREPY (1544) en la que Francisco I renunció a sus pretensiones sobre Nápoles, Sicilia, Milán, Flandes y Artois, devolvía el Piamonte, y cedía a España los ducados de Güeldres y Zutphen. A cambio Carlos I abandonaba la Champaña francesa.

            Enrique II (1547-1559), sucesor de Francisco I, formó alianza con los protestantes alemanes liderados por Mauricio de Sajonia, e invadió Lorena apoderándose de Metz y Verdún en 1552. Se puso fin momentáneamente a esta guerra con la TREGUA DE VAUCELLES (1556), por la que ambos contendientes mantenían sus conquistas y dejaban el conflicto sin resolver, razón por la cual la guerra proseguiría tras la abdicación del Emperador y el ascenso al trono de Felipe II en 1556.
            El otro aspecto importante al que Carlos I debió hacer frente fue el problema PROTESTANTE y la lucha de Martín Lutero contra el Catolicismo desde 1520. Carlos I citó a Lutero a la DIETA DE WORMS en 1521 pero no consiguió que se retractase, por lo que lo condenó y desterró, encontrando asilo en Wüzburgo bajo la protección de Federico de Sajonia.
            Su hermano Fernando de Austria, a quien el Emperador entregó la regencia del Imperio, trató de evitar la guerra religiosa convocando la DIETA DE ESPIRA (1529), pero donde no se alcanzó ningún acuerdo con los protestantes. Un año después el luteranismo fue condenado en la DIETA DE AUGSBURGO (1530) y los protestantes respondieron con la formación de la LIGA ESMALCADA (1530).
            En 1547 los protestante de la Liga son derrotados en MÜHLBERG, pero la victoria no sirvió para resolver la cuestión estallando una nueva sublevación capitaneada por Mauricio de Sajonia. En la DIETA DE AUGSBURGO de 1555 los protestantes acordaron la libertad religiosa de los Estados y Carlos I hubo de aceptar aquella solución en la PAZ RELIGIOSA DE AUGSBURGO, que daba a Alemania un respiro pero en la que el catolicismo perdió la mitad de Alemania y la unidad religiosa del Imperio quedó rota.

            En 1556 Carlos I abdicó y su hijo FELIPE II (1556-1598) se convertía en el monarca más poderoso de su tiempo, heredando España, Países Bajos, Borgoña, Italia y América. Sin embargo los territorios imperiales fueron desligados de la Monarquía Hispánica, quedando ahora bajo el gobierno de Fernando de Austria, hermano de Carlos I, que fue reconocido Emperador en 1558.

Felipe II fue un hombre reservado, de costumbres austeras, enemigo del lujo, burócrata y rey de despacho. Fijó la capital en Madrid, aunque su residencia favorita fue el monasterio-palacio de San Lorenzo del Escorial, que él mismo mandó construir. Su reinado estuvo salpicado por numerosos acontecimientos como el recrudecimiento de la lucha contra el protestantismo y el Islam, la misteriosa muerte del príncipe Don Carlos, o la conspiración de Antonio Pérez, que dieron forma a la “Leyenda Negra” que en torno a su figura se creó.

Durante su reinado se estimuló aún más las persecuciones religiosas, produciéndose un recrudecimiento del vigor inquisitorial en la lucha contra el Protestantismo, a lo que responden los “Autos de Fe de Valladolid y Sevilla” (1559-1562), y contra el Islam. En 1567 Felipe II agravó las medidas contra los moriscos, prohibiendo el empleo de la lengua árabe y de cualquier expresión de su religión y cultura, entre otras medidas. El malestar se extendió hasta culminar con la REBELIÓN DE LOS MORISCO (1568-1571) en las Alpujarras, bajo la dirección primero de Hernando de Valor, que adoptó el nombre de Aben Humeya, y posteriormente de Aben Aboo. Los sublevados fueron vencidos por las tropas de Juan de Austria en 1571.

            El Príncipe DON CARLOS (1545-1568), hijo de Felipe II y de su primera esposa y prima María Manuela de Portugal, estaba aquejado de evidentes signos de anormalidad física y mental. El Príncipe quiso ser nombrado Gobernador de Flandes y ante la negativa del rey, debido a su incapacidad, comenzó un distanciamiento con respecto a su progenitor proyectando fugarse a Holanda y entablar contactos con los rebeldes flamencos. Felipe II se hizo eco de los planes de su hijo, trató de impedir que la Corona de España pasara a don Carlos y en 1568 lo mandó a prisión, muriendo ese mismo año en circunstancia que se desconocen, hecho que avivó su “Leyenda Negra”.
            Otro acontecimiento importante fue la conspiración de ANTONIO PÉREZ. Protegidos por el Secretario Rui Gómez de Silva (Príncipe de Éboli), Antonio Pérez llegó  a ser Secretario de Felipe II y Juan de Escobedo de Juan de Austria, gobernador de los Países Bajos. Antonio Pérez se unió a la Princesa de Éboli para llevar a cabo una labor de venta de secretos de Estado. Este delito se agravó con el asesinato de Juan de Escobedo ante el temor de que hubiera descubierto la trama y la relación de ambos. En 1579 Felipe II dictó la orden de prisión de Antonio Pérez, quien se fugó de la cárcel de Madrid en 1590. Fue perseguido hasta Aragón, pero aquí invocó su condición de aragonés, haciéndose pasar por víctima de los desafueros del rey y uniendo su causa a la del respeto a los fueros, hecho que soliviantó a su favor al pueblo aragonés. El monarca ordenó la invasión de Aragón y Antonio Pérez huyó a Francia. En 1594 escribió sus “Relaciones”, texto que atacaba a Felipe II base de la “Leyenda Negra” y en 1611 moría en París.

La base de la política exterior de Felipe II fue el conservar su imperio y no el de aumentarlo, así como defender la religión católica frente a la Reforma y el Islam.

            Los primeros años de reinado de Felipe II se caracterizaron por una gran amistad con INGLATERRA gracias a su matrimonio con la reina María Tudor. Este matrimonio fue contemplado en FRANCIA como una gran amenaza, y en respuesta Enrique II se alió con el sultán turco, apoyó las pretensiones de Isabel Tudor al trono inglés, y rompió la Tregua de Vaucelles (1556) atacando Nápoles, Orán y Pamplona. Pese al esfuerzo francés la victoria cayó del lado español tras las batallas de SAN QUINTÍN y GRAVELINAS (1558). Sin embargo en un lapso de tiempo de dos años, entre 1558 y 1559, se produjeron varios acontecimientos que supusieron un giro importante en la política internacional de la época y en las relaciones entre España, Inglaterra y Francia.
            En 1558 fallecía María Tudor y su sucesión por Isabel I (1558-1603) deterioró las relaciones entre España e Inglaterra. El avance del protestantismo bajo la forma anglicana y los continuos ataques corsarios, ambos aspectos apoyados por la nueva reina, hicieron inevitable una guerra de claro carácter pirático en la que destacó Francis Drake.
            Por otro lado en 1559 se firmó la PAZ DE CATEAU-CAMBRÉSIS por la cual Francia renunciaba a Saboya y a sus pretensiones sobre Italia; devolvía a Génova las posesiones tomadas en Córcega; y renunciaba a Flandes devolviendo las plazas de Trumulla, Mariemburgo, Yvoy y Hesdin, aunque recuperando San Quintín, Le Chalet y Ham. Finalmente se acordó el matrimonio entre Felipe II, viudo de María Tudor, con Isabel de Valois, hija del rey francés. Este mismo año fallecía Enrique II y España alcanzaba el clímax de su hegemonía política y diplomática gracias a la tutela ejercida por Felipe II sobre los reyes franceses Francisco II y Carlos IX.
Estos acontecimientos permitieron una colaboración entre España y Francia impensable años antes, y proporcionaban a España una posición hegemónica a nivel internacional a la que solo podía hacer frente Inglaterra.

Sin embargo progresivamente fue recuperándose el equilibrio internacional debido a diversos problemas internos que sacudieron los dominios españoles.

En los PAÍSES BAJOS miembros de la alta nobleza flamenca iniciaron una serie de reivindicaciones de autonomía y exigieron mayor tolerancia religiosa para los calvinistas, algo rechazado en Madrid. Nobles y calvinistas se unieron en un frente común y, dirigidos por el Conde de Egmont y el príncipe Guillermo de Orange, hicieron estallar en 1566 los “Motines Iconoclastas” en Amberes. Felipe II envió a Flandes al Duque de Alba, imponiendo un régimen autoritario que trató de eliminar la oposición rebelde introduciendo el “Consejo de Tumultos”, institución que mandó ejecutar al Conde de Egmont (1568). Tras una fuerte contraofensiva Guillermo de Orange tomó la ciudad de Brill y cortó las rutas de comunicación españolas, mientras que la bancarrota del Estado español de 1575 impidió el pago a las tropas, que terminaron revelándose y saqueando la ciudad de Amberes. Pese a todo, a medida que avanzaba el conflicto se acentuaba la división en las filas flamencas, entre el sur católico y el norte calvinista liderado por Guillermo de Orange, debilidad aprovechada por Alejandro Farnesio para firmar con las provincias del sur la “Unión de Arras” (1579), que volvían a aceptar la soberanía española. No obstante las provincias norteñas de Holanda y Zelanda no pudieron ser sometidas, uniéndose en el calvinismo y defendiendo su independencia en la “Unión de Utrecht”.

            La pacificación del sur de Flandes vino acompañada de otros éxitos rotundos para España como fue la victoria sobre la armada turca en LEPANTO (1571) y la anexión de PORTUGAL tras la muerte sin herederos del rey Sebastián (1578). Felipe II y Antonio, prior de Crato, ambos nietos de Manuel I de Portugal, defendieron sus derechos al trono portugués. Antonio fue derrotado y en 1581 Felipe II era reconocido rey, a cambio de respetar la autonomía política de Portugal y de no nombrar ni un solo funcionario español.

            Vencida la armada turca, anexionado Portugal y pacificado el sur de Flandes, Felipe II centró su mirada en Inglaterra, donde Isabel I y los piratas ingleses había apoyado enérgicamente a los rebeldes holandeses y habían hostigado constantemente las costas españolas. El monarca optó por terminar con esta situación invadiendo Inglaterra. Una gran flota de 130 naves fue puesta bajo las órdenes del inexperto Duque de Medina Sidonia y zarpó de Lisboa en 1588. La “Felicísima Armada”, más conocida como “Armada Invencible”, fue atacada y vencida finalmente por la flota inglesa, desapareciendo la supremacía naval española.

            Paralelamente a todos estos acontecimientos políticos y militares, en los que España había obtenido resultados dispares, la influencia española sobre la corte francesa comenzó a declinar durante el reinado de Enrique III. Especialmente tras las alianzas del rey francés con los protestantes ingleses y alemanes, con los turcos, y tras la boda de su hermana Margarita de Valois con el calvinista Enrique de Borbón, quien fue declarado heredero al trono francés. En 1589 Enrique de Borbón fue coronado como Enrique IV, finalizando la dinastía Valois e iniciando la dinastía Borbón. La oposición española en apoyo a los católicos franceses fue notable y Enrique IV debió abjurar el calvinismo. Ante esta nueva situación se firmó la PAZ DE VERVINS (1598) por la que Felipe II reconocía a Enrique IV como rey de Francia a la vez que ratificaba los puntos tratados en la Paz de Cateau-Cambrésis, pero donde España devolvía algunas plazas tomadas en Picardía, región del norte de Francia frontera con Flandes (Cales, Ardres, Monthulin, Durlans, la Chapela o Chastelet) y de Bretaña (Blavet).

            Tas la firma de la Paz de Vervins (1598) con Francia Felipe II decidió solucionar el problema de los Países Bajos, abdicando su soberanía en su hija Isabel Clara Eugenia y el archiduque Alberto de Austria. Las provincias del sur aceptaron la abdicación pero no así las del norte que persistieron, tras la muerte de Felipe II en 1598, en su independencia.


TRABAJO REALIZADO POR: Antonio Manuel Leal Madroñal
 

LA MONARQUÍA HISPÁNICA "LOS AUSTRIAS" S. XVI-XVII

La casa de los Austrias


I - GOBIERNO Y ADMINISTRACIÓN DEL ESTADO CON LOS AUSTRIAS.

            La monarquía de los Habsburgo aglutinó una serie de territorios con administraciones, leyes, instituciones e impuestos particulares y diferentes, donde ninguno de ellos estuvo constitucionalmente subordinado a otros.

            La CORONA aglutinaba los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y se reservaba la política general del Estado, aunque para ello delegase en otras instituciones. En España teóricamente colaboraba con las CORTES, órgano representativo del reino, que en Castilla se ven relegadas a un segundo plano y en Aragón mantienen su protagonismo.

            En 1518 Carlos I nombró a Mercurino de Gattinara como GRAN CANCILLER de todos los dominios y reinos. Sin embargo este cargo desapareció en 1530 a la muerte de Gattinara, siendo la figura del Emperador el único elemento de unidad del Imperio

            Más importante fue la participación en el gobierno de los CONSEJOS, instituciones especializadas que actuaban con atribuciones consultivas y judiciales, y entre los que encontramos distintos tipos. Existía un Consejo de Estado formado por italianos, españoles y borgoñones, con una función claramente consultiva. Sin embargo era un órgano más bien honorífico, ineficaz como para convertirse en un organismo que diseñara una política imperial común. Había otra serie de consejos territoriales con funciones legales y administrativas cuyas competencias abarcaban los distintos reinos que conformaban la Monarquía como el Consejo de Castilla; de Aragón; de Navarra; de Flandes; de Italia; y de Portugal desde 1582 con su anexión por Felipe II. También aparecen Consejos administrativos con funciones más especializadas y con competencias sobre territorios más amplios como el Consejo de la Santa Inquisición, de Hacienda, de las Órdenes Militares, ó de Cruzada.
            Estos Consejos estaban compuestos mayoritariamente por miembros de la nobleza, el clero y letrados, en número variable entre 10 o 15 integrantes. El enlace entre estos Consejos y el Monarca se realizaba por mediación de los SECRETARIOS que presidían cada uno de los Consejos y que fueron figuras clave en el sistema de gobierno de los Habsburgo. Estos aportaban dinamismo y soluciones a la política imperial, preparaban el orden del día de las reuniones y eran responsables de la redacción de todos los documentos reales. En mucha ocasiones los Secretarios actuaron con independencia respecto de los propios Consejeros, cosa aceptada por los monarcas ante la necesidad de tomar decisiones con rapidez. Esto favoreció la ampliación de la autoridad de los Secretarios y la utilización de su poder e influencia para su enriquecimiento y el control de la política. Destacan figuras como Francisco de los Cobos, Secretario del Consejo de Hacienda con Carlos I; ó Rui Gomes de Silva y Antonio Pérez con Felipe II.

            A nivel territorial la Monarquía estuvo representada en cada territorio por un VIRREY, salvo en los Países Bajos donde la representación recayó en un GOBERNADOR GENERAL, destacando con Carlos I a su tía Margarita de Austria (1518-1530) y a María de Hungría (1531-1555). Con Carlos I el territorio alemán perteneció a la Monarquía Hispánica y se vinculó su gobierno a Fernando de Austria, hermano del Emperador.
            Tras la muerte de Felipe II se produjo una merma de la influencia personal de los reyes. La institución monárquica siguió siendo respetada y aceptada, pero sus titulares, por falta de talento o voluntad, renunciaron desde entonces a ejercer personalmente el poder. Los Asturias Menores, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, nunca manifestaron interés por los problemas políticos y delegaron sus funciones a privados o VALIDOS. Entre los validos podemos destacar al Duque de Lerma con Felipe III; al Conde Duque de Olivares y a don Luis de Haro con Felipe IV; y a Francisco Valenzuela y al Duque de Medinaceli con Carlos II. La figura de los Validos significó un cambio radical con respecto al gobierno de los Austrias Mayores, ya que representó la victoria de la aristocracia latifundista en el control del poder.

            El gobierno aún quedó encomendado a los Consejos, pero también se constituyeron JUNTAS para casos especiales con el cometido de asesorar a Validos y Consejeros proponiéndoles medios adecuados para situaciones concretas. En tiempos del Conde-Duque de Olivares llegaron a funcionar numerosas Juntas como la de Ejecución, de Armas, de Media Anata, del Papel Sellado, de Millones, de Presidios, etc.

 
II – ECONOMÍA Y HACIENDA CON LOS AUSTRIAS

Los ingresos de la Corona no variaron en su composición con respecto al reinado de los Reyes Católicos. Entre los ingresos ordinarios se distinguían distintos tipos de rentas como los impuestos directos; impuestos indirectos sobre la compra-venta; aduanas e impuestos sobre el tránsito de mercancías o la producción artesanal; así como rentas de origen eclesiástico como la Bula de Cruzada o las Tercias Reales. Por otro lado los ingresos extraordinarios estaban sustentados  básicamente por el Servicio que debían aprobar las Cortes.
Una de las primeras tareas que debió afrontar Carlos I fue la organización financiera. Aumentó notablemente la carga fiscal, especialmente la Alcabala, un impuesto indirecto sobre las ventas que se convirtió en una cuota fija que debían pagar cada ciudad o aldea; creó en 1523 el Consejo de Hacienda, con Francisco de los Cobos al frente, con el objetivo de controlar los ingresos y gastos anuales; y  también potenció la importación de remesas de oro y plata americana que alcanzaron los niveles máximos durante el reinado de Felipe II.

Debido a la guerra exterior los ingresos no alcanzaron las exorbitantes cifras del gasto y Carlos I no pudo frenar el derrumbamiento económico y financiero, por lo que debió acudir a la obtención de más recursos extraordinarios mediante préstamos de banqueros. Carlos I prefirió siempre el concurso de los banqueros alemanes (Fugger y Welser), mientras que Felipe II acudió a la banca genovesa (Centurione, Fiesco ó Spínola). Para poder hacer frente al pago de los préstamos la deuda se asignaba a las fuentes de ingreso o impuestos ordinarios, que fueron retenidos por los prestamistas, recibiendo el tesoro el saldo que sobrara tras hacer frente a esos pagos, de modo que cada vez eran menos los impuestos directos en manos del rey. Las numerosas campañas militares de los años cuarenta del s.XVI hicieron que los gastos fuesen muy superiores a los ingresos, y que los banqueros no pudiesen dar créditos al estar la mayor parte de los ingresos de la Corona vendidos o empeñados hasta 1550. Reflejo de esta situación es la correspondencia mantenida en 1545 entre Carlos I y su hijo Felipe, regente de España, quien le comunica que todos los ingresos se hallaban absorbidos por la deuda.

            Durante el reinado de Felipe II (1556-1598) se agravó el déficit a la sombra de las exigencias de los banqueros genoveses, y en 1560 la Monarquía vive un tremendo drama financiero con una deuda que ascendía a los 5 millones de ducados. Ante esta situación Felipe II propuso a las Cortes la creación de nuevos impuestos para alimentar el tesoro. En 1571 se crea el Excusado, un diezmo de cada parroquia que quedaba excusado de pasar a la Iglesia y se entregaba al Estado, y en 1588 se creó el Servicio de Millones, un impuesto que abarcaba a todos los estratos sociales.

            Ya en 1558 el contador Luis Ortiz en su famoso “Memorial”, avisó de los peligros de una economía meramente monetaria, no fundada sobre una agricultura y una industria prósperas, pero lo cierto es que desde los años ochenta el mercado y la Hacienda española aguantaban peor la presión económica y generaba un déficit crónico.

            Durante el reinado de los Asturias Menores en el s.XVII la crisis se agudiza. Aumentó la despoblación de grandes áreas por efecto de la hambruna, epidemias, y por la huída de la población ante el exceso fiscal y la presión de los señores sobre las tierras. También decayó la agricultura y el comercio; se arruinó la industria, cuyas carencias tecnológicas y alto coste productivo le restaban competitividad ante las manufacturas extranjeras; y decayó la importación de las remesas de plata, que no llegaban de manera tan abundante y regular como en el reinado de Felipe II. El erario real aún gastaba más de lo que ingresaba, pero no solo por la política exterior sino también por el aumento del gasto de personal de la Corte que, durante los reinados de los Austrias Menores, se hallaban inmersas en el lujo, las fiestas palaciegas y el derroche.

            A lo largo del s.XVII no faltaron ARBITRISTAS lúcidos, con formación en economía, que se enfrentaron a los problemas del país, estudiaron sus causas y ofrecieron soluciones. Realizaron un gran esfuerzo por mejorar el estado general de la economía y por resolver los problemas concretos por los que atravesó la monarquía, básicamente el descenso demográfico, la crisis de la agricultura, y los efectos negativos de la posesión del Imperio. Los arbitristas iniciaron el proceso de tránsito de una cultura fuertemente influida por la cosmovisión confesional católica y providencialista, hacia una cultura propia de la modernidad racional. Sin embargo los remedios que propusieron aún carecieron de oportunidad debido al predominio de la formación teológica y jurista en gran parte de los cuadros de la administración central.
Entre estos arbitristas podemos destacar a González de Cellorigo y su “Memorial” (1600); Sancho de Moncada y su discurso sobre la “Restauración Política de España” (1619); ó Miguel Caxa de Leruela y su “Restauración de la abundancia de España” (1613).

A finales del s.XVII se dejaron ver algunos signos de la reactivación económica del s.XVIII. En 1680 parece observarse una recuperación, sobre todo en Cataluña, con la extensión de la viticultura, la renovación de las industrias de la lana, seda, piel e hierro, el auge de la construcción naval, y el aumento de algunas exportaciones. En este sentido fueron importantes las reformas políticas y económicas emprendidas por don Juan José de Austria y por el Conde de Oropesa, validos durante el reinado de Carlos II (1665-1700). Trataron de sanear la administración y la hacienda, reformaron el sistema fiscal, e impulsaron el comercio y la industria con la creación en 1679 de la Real y General Junta de Comercio.



 TRABAJO REALIZADO POR: Antonio Manuel Leal Madroñal