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martes, 1 de enero de 2013

La Batalla del Trocadero


Cuando al fin termina la Guerra de la Independencia y el rey Fernando VII puede retornar a España en la fecha marzo del año 1814, las cortes, en un escrito que suscribieron 69 diputados, pidieron al monarca la confirmación del texto Constitucional aprobado en Cádiz. El rey desoye tales demandas, disuelve las Corte el día 10 de mayo siguiente y hace encauzar a los diputados liberales que se muestran más intransigentes a las medidas monárquicas adoptadas.

Mantuvo el régimen monárquico hasta el año 1820, en cuyo mes de enero el general Riego se subleva en las Cabezas de San Juan y proclama la vigencia de la Constitución del año 1812. Ante esta situación y con la frase “marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional” Fernando VII juró la Constitución de Cádiz el día 7 de marzo., lo que dio lugar al trienio liberal 1820-1823.

Esta situación no agradó a las monarquías europeas que trataban de sofocar cualquier atisbo de liberalismo que pudiese poner en riesgo los regímenes absolutista establecidos, de tal manera que en el congreso de Viena decidieron luchar para sostener el legitimismo de las monarquía.

El Congreso de Viena, en el año 1822, se le encomendó a Francia la intervención en España en auxilio del rey Fernando VII, que había mostrado su apoyo a invasión del territorio español el 7 de abril del 1823, por parte de las tropas francesas.

El pueblo español, que quince años antes había recibido combatiendo, heroicamente a los soldados de la misma nación, en esta ocasión no encuentra motivos para mostrar su resistencia, tanto es así que los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis” avanzan por el territorio español como si de un paseo militar se tratase. La invasión de los 100000 hijos de San Luis, la más formidable injerencia en los asuntos internos de un país desde la época de Napoleón, hubo de sufrirla España por haberse situado a contracorriente de la Europa de la Restauración, osando establecer un régimen liberal que llevó la preocupación al absolutismo reinante.

Ante esta situación el gobierno se desplaza hacia el sur peninsular, como medida de precaución que las Cortes y el Poder Ejecutivo se ubique nuevamente en Cádiz, plaza que se consideraban lo suficiente fortificada como para evitar la agresión del ejército francés. El rey se negó a secundar los movimientos del gobierno, pero al fin fue conducido hasta la capital gaditana.

Las tropas francesas solo tardaron tres meses en recorrer todo el territorio español. En esta ocasión las tropas monárquicas del país vecino, no causaron el terror que 13 años antes habían impuesto los ejércitos de Napoleón.

En julio del 1823, llegan a Puerto Real. Angulema fue más comedido, sutil y práctico en el sentido de que durante los tres meses que duró el sitio a Cádiz, estableció un impuesto a los vecinos de Puerto Real, a los que obligó también al aprovisionamiento del ejército, hombres y caballería.

Desde Cádiz se había tomado serias medidas para evitar una reproducción de la experiencia vivida con motivo de la Guerra de la Independencia, de que no fuese bombardeada la ciudad desde las mismas posiciones anteriores, Matagorda y el Trocadero. Con dicho fin se habían excavado el  Caño de Cortadura en el pinar de la Algaida y se construyó también el fuerte de San Luis en el extremo de la Isla del Trocadero próximo a la bahía, al cual se dotó de una importante guarnición militar.

El Caño de Cortadura que se había planteado inicialmente como una defensa infranqueable no cumplió con las expectativas previstas, no impidió el paso de las tropas que dirigía Angulema.
Las tropas que dirigía Angulema eran superiores al español, tanto en medios humanos como de recursos bélicos, lo cual inclinó la balanza de la batalla a favor de los franceses.

Superada la primera línea defensa, el siguiente baluarte que quedaba por parte española era el fuerte de San Luis. En conquistar este punto de vital importancia puso Angulema todo su esfuerzo, marcando una estrategia que le dio el resultado que esperaba. La distancia entre Cortadura y el Trocadero estaba cubierta en buena medida por marismas y salinas.

A pesar de la precaución operativa, los enfrentamientos fueron inevitables y trágicos, el 16 de julio de 1823, entre las seis y la siete de la mañana se produjo un encuentro, en el que tuvo que pactar con el mando francés para suspender las hostilidades y retirar los cadáveres y heridos.

El verdadero asalto al Trocadero tuvo lugar a finales de agosto. El asalto final fue trágico para los españoles, entre los que cundió la confusión y el desorden.
En el Trocadero se estaba liberando mucho más que una batalla entre dos ejércitos, del resultado de aquella contienda dependía la permanencia de las libertades constitucionales, o el establecimiento del absolutismo monárquico.

El nombre del Trocadero resonó en todo el ámbito europeo, la gesta heroica de los soldados españoles fue tenida en cuenta, había sido el único fuerte que afrontó con valentía el asedio del ejército francés. En Europa, liberales y monárquicos estaban pendientes del desenlace final de esta batalla, cuyo resultado fue definitivo.

Tomado el Trocadero, las baterías del fuerte de San Luis se utilizaron para bombardear a Cádiz.
Angulema y una parte de su ejército se dirigieron a Chiclana, los constitucionales se rindieron sin ofrecer resistencia, con lo cual el ejército francés se dirigió a la Isla de León, para así iniciar su ataque a Cádiz a través del istmo que une las dos ciudades.

Al ataque a la Isla de León, Angulema fue informado de que el rey había sido puesto en libertad por los Constitucionales y se encontraba en la ciudad del Puerto de Santa María, donde acudió a reunirse con el monarca liberado.

Por R.D. el rey Fernando VII con fecha 2 de octubre de 1823, se ordena la entrega incondicional de los ejércitos liberales constitucionales ubicados en toda la zona, quedando restablecida la monarquía absolutista.
La trascendencia de esta batalla superó los Pirineos.

El espacio donde más se luchó por la libertad constitucional conocido por la Isla del Trocadero, en la cual estaba ubicado el fuerte de San Luis, en la que murieron unos 500 españoles, heroicamente en una noche de agosto del año 1823, solo queda unas ruinas, abandonadas e ignoradas.



LUIS FERNÁNDEZ DE CÓRDOVA CONTRIBUYE A LA TOMA DEL TROCADRO.

Luis Fernández de Córdoba se había refugiado en Francia. En la etapa final del Trienio participó en los intentos de crear una nueva Regencia, que presidiría Carlos Luis de Borbón, Infante de Lucca., y cuyo propósito era evitar la intervención francesa en España. Este proyecto no prosperó.

Más tarde, Córdova se incorporó a las tropas de Angulema que sitiaron Cádiz, participando en el asalto al Trocadero. Quien había defendido a su ciudad y al Rey absoluto en La Cortadura frente a los revolucionarios de 1820 volvía a Cádiz en calidad de sitiador y junto a las tropas de un ejército contrarrevolucionario francés dispuesto a terminar con lo que había significado el liberalismo gaditano y la Constitución de 1812. 

Defendía El Trocadero el coronel Grases, al frente de 1500 hombres, y entre los defensores se encontraban el teniente de artillería Francisco Luján, hijo del primer secretario de las Cortes de Cádiz. 

También defendió El Trocadero Manuel Cortina y Arenzana, que había acompañado a las Cortes y al Gobierno hasta Cádiz.

Los franceses tomaron al asalto el Trocadero en la noche del 30 al 31 de agosto y, abatida la principal defensa de Cádiz, cayeron a continuación los fuertes de Luis, Matagorda y el castillo de Sancti Petri. La suerte del régimen constitucional estaba echada. Los franceses ponderaron exageradamente esta acción militar, pues convenía a los Borbones restaurados enaltecer este primer triunfo de su bandera y ya que no pudieron incluir a Cádiz entre las victorias napoleónicas grabadas en el Arco del triunfo, se desquitaron dando el nombre de Trocadero a una hermosa plaza parisina.

La caída del Trocadero produjo en Cádiz una penosa impresión, a pesar de saberse que las defensas de la ciudad no resistiría mucho frente al poderoso ejército de Angulema.   

 la isla del Trocadero

Información sacada del libro: "Historia Facinante del Trocadero" de la biblioteca Municipal José Celestino Mutis de Cádiz del autor Gaspar Catalán Fabero.


jueves, 13 de diciembre de 2012

El ataque de Nelson a Cádiz

La escuadra de Nelson frente a Cádiz

El 3 de marzo de 1797 vieron los gaditanos entrar en bahía los restos de la escuadra de don José de Córdoba, una escuadra derrotada.

La población no pudo menos de sobrecogerse al verlos y al pensar  lo que aquella derrota significaba para España y lo que significaba también para Cádiz, puerto avanzado del comercio nacional, en aquellos momentos en que estábamos en guerra contra Inglaterra y en que la escuadra enemiga podía aparecer de un momento a otro.

 Lentamente fueron desfilando hasta entrar en el saco de la bahía los navíos en un total de diecinueve.

El 2 de abril se presenta la escuadra enemiga ante Cádiz, compuesta de 23 navíos, cuatro fragatas y algunas embarcaciones menores comprobando su superioridad.

Aproximándose a Rota, con sus botes, tomaron los enemigos una tartana que venía en busca de la entrada de la bahía, abatiendo incluso llegaron las balas a las casas de Rota.

Por la zona de Conil las fragatas españolas Elena y Ninfa que venían de América perseguidas por un navío y una fragata, fondearon en Conil, donde se defendieron algún tiempo.

La Elena se perdió, la Ninfa, después de muchos esfuerzos, se la llevaron los ingleses. 

El 8 de junio fondeó sobre Santi Petri una fragata y un bergantín enemigos, con el fin de cerrar este paso a las embarcaciones que venían de Levante, pero habiéndose apostados dos lanchas en el mismo sitio, se retiraron.

Por la zona de el Placer de los Cochinos (frente a la costa de Rota) hubo fuego seguido a los enemigos, hasta que se retiró el navío. Después de haber correspondido con sus fuegos.

Después de estos sucesos vino el que llamaron primer acto de la tragedia.

Inmediatamente de llegada la escuadra de Córdoba en el lastimoso estado visto, de resultados del combate del Cabo de San Vicente, se comenzaron los trabajos para reparar los navíos.

Durante el mes de marzo se trabajo con empeño para habilitar los navíos. Pero éstos estaban tan necesitados de obras que apenas se podían aprontar doce o catorce navíos, cuando el enemigo se presentó en la boca del puerto.

Le fue impuesto el cargo de comandante general de la escuadra del Océano a don José de Mazarredo. Al llegar a Cádiz encontró ya sus órdenes en vías de cumplimiento y la ciudad le recibió llena de júbilo como a su libertado.

Pasaba revista de la escuadra española, su estado no podía ser más lastimoso, con una docena de navíos en buenas condiciones y los restantes averiados y  faltos de carena, siendo el panorama desconsolador, Mazarredo dio desde el primer momento prueba de su energía y actividad. Entendió que salir con una escuadra así contra otra bien tripulada, era sacrificarla inútilmente. Hizo el firme propósito de empezar por el principio, para crear una verdadera escuadra.

En el entretanto, sólo le quedaba atender a la defensa de la ciudad y bahía de Cádiz, cuya grave situación le preocupaba, reparando para ello lanchas cañoneras de todos los tipos y tamaños.

Constituidas varias divisiones de estas lanchas, fueron estacionadas en Rota, Caleta (playa), Puerta de Sevilla (zona hoy Diputación) y Santi Petri. A partir de entonces pudo Mazarredo respirar algo más tranquilo, pues hasta allí había temido siempre que Cádiz se convirtiera en lastima de la nación y deshonra de la Marina.

La constancia y habilidad de Mazarredo hicieron cambiar en poco tiempo la escuadra, al comenzar el mes de julio, ya había conseguido Mazarredo tener armadas 50 embarcaciones, las cuales, con sus continuas acciones, mantenían a raya a los navíos ingleses, que intentaban interceptar el pequeño trafico costero que entraba y salía de Cádiz.

Nelson realiza diversas comisiones en el Mediterráneo, y, a su vuelta de la isla de Cerdeña, le encarga a Lord Daint Vicent (Jarvis) de mantener el bloqueo por él iniciado frente a la plaza de Cádiz, iniciado desde lejos paseando sus altivas naves por el lejano horizonte. Va a anclar su escuadra ligera en la boca misma de la bahía, en el lugar llamado el “Placer de Rota”, tiene lugar el 2 de abril. En ese día los gaditanos se ven sorprendidos, al notar que el círculo de hierro se va cerrando; que los enemigos se adelantan más y más.

El telón se había alzado. La tragedia iba a continuar. Este era el acto segundo. El primero lo fue el combate de San Vicente. El tercero lo será años más adelante el combate de Trafalgar.

Mientras afanosamente se trabajaba en Cádiz para poner la plaza en estado de defensa y reorganizar las escuadras para más amplios propósitos, los ingleses estaban a su vez preparándose para una empresa más inmediata.

Contaba con el estado de abatimiento de la escuadra vencida en el Cabo de San Vicente, vencida no sólo material, sino también moralmente.

El 2 de julio llegó a la escuadra enemiga un dogger y una lancha bombardera, que estaba fondeada, en el llamado “Placer de Rota”. El general en jefe que algo se preparaba, ordenó que las ocho lanchas de Cádiz pasasen a la Caleta. Mandó también que las seis divisiones de lanchas de navíos tomasen puesto al anochecer en la boca de la bahía, dispuestas a actuar a la primera señal.

También mandó que tres bergantines, se franqueasen fuera de los navíos y se avisase el vigía de la Torre de Tavira para que extremase su cuidado de dar parte de cualquier novedad.

En expectación, la escuadra española, algunas gentes de la ciudad, los que conocían la noticia, que al principio no eran muchas, pero después fue aumentando al circular el rumor en los mentideros de la Plaza de la Cruz de la Madera (Mentidero), de la Cruz Verde (Los Callejones), de las esquinas de Porriño, de la Calle Ancha y de la Calle Nueva.

Al anochecer, las fuerzas inglesas iniciaron el ataque. “El Queche”, como le llaman la Gaceta de Madrid, remolcado por botes, se acercó a la linterna del Castillo de San Sebastián y las lanchas torpederas inglesas atacaron hacía Rota, simulando un doble ataque para desorientar a nuestras fuerzas, que, gracias a la pericia de nuestro jefes, no cayeron en la trampa.

Sobre este punto del inicio del ataque hay alguna contradicciones entre el relato publicado en la Gaceta de Madrid y el que recoge don Antonio Escaño.
La defensa de las lanchas y del bote de la Caleta fue valiente; salía sin noticias del movimiento de las bombardas enemigas ni embarcaciones menores.

El comandante de una de las lanchas, después de haber peleado valientemente, murió sin quererla entregar, comandantes de otros navíos fueron heridos, así como mucha gentes de otras embarcaciones.

El contralmirante Nelson en persona dirigió el ataque, a bordo de una de las lanchas y estuvo en peligro de encontrar la muerte.

Nelson en Cádiz y en Tenerife, como más tarde en Trafalgar, vivió la lucha como un héroe antiguo.

Mientras esto sucedía en la Caleta notose haber fondeado “El Queche”. Del castillo de San Sebastián, muy cerca de dos millas de ella, se dispuso la salida de tres divisiones de lanchas de nuestros navíos. El objeto de esta salida era impedir el bombardeo de la ciudad, apresar “El Queche” o, al menos, hacerle retirarse. 

Las lanchas de los navíos sostuvieron un fuego muy vivo de una y otra parte a distancia de recibir la metralla de los buques enemigos, y entre tanto las lanchas de la Caleta pudieron volver al ataque logrando, tras muchos esfuerzos,  que los botes ingleses tomaran “El Queche” a remoque y lo sacaron de su puesto de bombardeo cerca de la una de la madruga.

Las embarcaciones inglesas, en su retirada y aun los navíos ligeros próximos, fueron acosados por nuestras lanchas, como en el primer día, las lanchas de navíos nuestras fondeado en la entrada del puerto, donde permanecieron en vigilante servicio hasta que fue de día, por si acaso intentaban alguna otra sorpresa.

La noche del 3 de julio debió de ser terrible para los habitantes de Cádiz, el día 4 no hubo operaciones militares. En los arrecifes más salientes del castillo de San Sebastián, tan peligrosos para la navegación, aparecieron al amanecer dos botes ingleses destrozados contra las rocas.

El mando de nuestra escuadra aprovechó bien el tiempo, dictado una serie de medidas para aumentar la fuerza de resistencia.

Los inglese debieron estar bien atareados en reparar las graves averías sufridas tantos en sus cañoneras y botes como aun en los navíos mayores, que los nuestros atacaron con furia.

El pánico que se apoderó de los pacíficos gaditanos en este día. Avivado quizá por el recuerdo de lo en esta plaza había sucedido en el año de 1596, cuando fue tomada y saqueada por las tropas anglo-holandesa mandada por el conde de Essex.

Los españoles, por su parte, se prepararon cuidadosamente, puntualizando sus defensas, ahora que sabían positivamente el método del enemigo y la finalidad de sus ataques.

En la mañana del día 5 de julio, los observadores de la Torre de Tavira advirtieron disposiciones que hacía presagiar que esa noche se iba a repetir el bombardeo, en vista de ello, Mazarredo tomó las disposiciones adecuadas, para pasar rápidamente de la defensiva a la ofensiva.

El efecto fue fulminante. El enemigo se retiro sin haber hecho daño la plaza, habiendo disparado “El Queche” y la bombardera y obusera que le acompañaban diecinueve bambas, de las que sólo ocho cayeron en la ciudad y bahía.
El éxito se debió a la precisión de las órdenes dadas por el mando, merced a las cuales la fuerza de la Caleta, atacando y sosteniendo la atención del enemigo, mientras las otras fuerzas se ponían en acción.

En la defensa de este día tomó también parte el “Castillo de San Sebastián y las baterías de la banda sur, este ataque fue más violento si cabe que el anterior.

A partir del día 6 hasta el fin del peligro. En la bahía estaban anclados veintiún navíos, el  día 8 se cumplió la orden de nuevo emplazamiento de los navíos. Y, en previsión de nuevos intentos hostiles, se apostaron nuestras lanchas tanto en la Caleta como en la bahía, como el días 5.

Este movimiento de la escuadra española parece que fue considerado por los ingleses como preparatorio de lo que ellos tanto deseaban.

El día 10, por la mañana, se levaron dos navíos de la escuadra ligera inglesa y con la lancha bombardera y una obusera se vino a la parte sur del castillo San Sebastián,  pero las lanchas de la Caleta salieron a batirlos y se retiraron sin haber disparado.

El general Mazarredo, para sacar partido de estas hostilidades, e incluso con diez navíos avanzados, podía conseguir levantasen el bloqueo, dio sus disposiciones para hacer una salida general de todas las lanchas el primer día de calma y en consecuencia pasaron a la Caleta las bombarderas el día 12.Pero ese mismo día se retiraron las bombardas enemigas, dirigiéndose a Gibraltar.

El 15 se alejaron de la escuadra enemiga 3 navíos, 3fragatas y un bergantín y una balandra al mando del contralmirante Nelson, que iba a dar su golpe de mano a Canarias.

En lo restante del mes no hubo novedad. Los enemigos, que se acocaban con sus navíos cuando reinaban los levantes, pues entonces la armadilla española no podía operar, se apartaban en tiempo de calma y cuando corrían los vientos de mar que dificultaban su retirada, en caso de ser atacados.

Aunque mantuvieron la fuerza de los navíos constantemente, el comercio de las costa de poniente y levante estuvo tan franco como si no hubiera bloqueo y nuestras escuadrillas estuvieron siempre en movimiento para escoltas y guardias y apostaderos extraordinarios, manteniendo por las noches en la boca de la bahía una gran guardia de tres barcos y nueve lanchas de navíos con sus rondas correspondientes.

Aunque los inglese hubiesen alejado su escuadra principal dejando sólo en el “Placer de Rota” un destacamento de la ligera y que, por tanto, el peligro inminente pareciese haber pasado.

Mazarredo, él sabía que los ingleses no cejarían en su empeño; que la escuadra tenía que estar preparada para cualquier sorpresa.

 “Gravina, por su parte, lo da a entender en una de sus cartas a Godoy, al vanagloriarse que la táctica de Nelson al atacar en Trafalgar a la escuadra combinada no era otra cosa que una revancha de la por él empleada, en 1797, en la defensa de la plaza de Cádiz”
 

 Combate de Nelson con una lancha española en Cádiz


Información sacada del libro: "El Ataque de Nelson a Cádiz" de Augusto Conte y Lacave. De la biblioteca Municipal gaditana José Celestino Mutis.

domingo, 13 de mayo de 2012

Fuerte de San Luis en la bahía gaditana


 
La puerta de entrada al fuerte desde el embarcadero, aún quedan vestigios de este paso construido con piedras procedentes de Sudamérica (las traían los barcos como lastre) artísticamente colocadas.


El castillo de san Luis tenía origen reciente. Al parecer, este fuerte se levanto durante la Guerra de Sucesión Española, con la colaboración de ingenieros franceses, en fecha no bien determinada, hacia 1706. Primeramente era un simple reducto formado con lastres, lodo y estacas.

Fue en el año 1737, cuando quedó revestido de cantería y adquirió una estructura militar adecuada. Esta consolidación surge como consecuencia de la política de “Pactos de familia” (alianzas acordadas entre las monarquías de España y Francia siglo XVIII).

Con la Guerra de Independencia, el fuerte de San Luis sufrió un fuerte deterioro, por cuyo motivo fue necesario iniciar su reconstrucción ofreciéndole una estructura más resistente y convencional en consonancia con su destino bélico. Estas obras se llevaron a cabo tras la retirada defensiva del ejército francés en el año 1812 bajo el mando del lugar teniente Dugnay Tronin, de origen francés. 

La experiencia bélica acumulada desde Cádiz con motivo de la Guerra de la Independencia, en la cual tuvieron que soportar durante dos largos años el asedio y el bombardeo desde Matagorda y el Trocadero, surgió a las autoridades militares organizar un nuevo sistema estratégico para defender la capital.

Con aceleración se iniciaron las obras de reconstrucción del fuerte de San Luis, a este se le denomino también Fort Louis. El fuerte tenía como fin establecer una fortaleza con batería de cañones que sirviese para defender cualquier agresión marítima a Cádiz, al arsenal de la Carraca e incluso al propio astillero del Trocadero.

Con independencia del perímetro amurallado, la superficie habilitada en el fuerte dedicada a la funcionalidad de sus moradores estaba compuesta por un edificio rectangular, situado en el lado exterior que limita con la bahía y paralelo al istmo que une Cádiz con San Fernando. 

En dicho edificio estaba ubicadas, las dependencias relacionadas en el orden que empieza en las proximidades del varadero y termina en el extremo más próximo a la bahía: Pabellón de la tropa, aljibe, capilla, nueva aljibe, pabellón de oficiales y el polvorín con las debidas defensas amuralladas. 

La puerta de entrada al recinto amurallado estaba situada en el extremo más próximo a la Salina del Consuelo, contaba con un bien cuidado embarcadero. Del castillo sólo quedan hoy sus ruinas, como vestigio de aquel glorioso pasado. Del camino del embarcadero, cubierto por fango y la maleza, aún se puede observar algunos trazos del mosaico formado con cantos rodados artísticamente colocados.

La escasa vida del Castillo de San Luis, ya que su permanencia como fortaleza solo se prolongó durante una década 1813-1823.  Posteriormente fue utilizado de forma esporádica en 1885, cuando la epidemia de cólera, y en el año 1898, para albergar a los soldados repatriados de Cuba.

 
 El primer plano de esta imagen, unas piedras labradas en forma de semicírculo que sirvieron de base a una garita, la misma que se puede contemplar en la imagen anterior en su margen izquierdo.  

Información sacada del libro: Historia facinante del Trocadero del Gaspar Catálan Fabero. De la biblioteca Municipal José Celestino Muti de Cádiz.

sábado, 28 de enero de 2012

Las murallitas de Cádiz

Es evidente que la posición de la ciudad de Cádiz, en el extremo más suroccidental de la Península, en el punto de partida y de llegada de todo el flujo de navegación y de comercio que desencadenó la llamada Carrera de Indias. Sería precisamente esta singularidad derivada del valor de su posición geográfica, lo que situaría a la ciudad de Cádiz en el punto de mira de todos los conflictos bélicos que se produjeron a lo largo de los siglos de nuestra Edad Moderna.

Desde fecha muy temprana, principios del siglo XVI, la ciudad de Cádiz deseó la contrición de un recinto amurallado que la protegiera de posibles ataques. En 1586, unos años antes del asalto de las tropas inglesas, al mando de Essex, elevó un escrito al Rey comunicándole sus deseos, petición que volvió a dirigir en 1598. Existen noticias de que en 1622, los gaditanos comenzaron a sufragar con arbitrios los gastos de las fortificaciones y murallas.

La reiteración de los asaltos, intentados o consumados, por fuerzas de muy diversas naciones sobre Cádiz datos suficientemente conocido y uno de los hechos fundamentales de su historia y, por ende, de la historia andaluza y española.

El asalto que en 1596 sufriría la ciudad y que provocaría en las mismas destrucciones casi definitivas, hasta el punto de hacer pensar a la corona en el desmantelamiento de la plaza, pasando la población al Puerto de Santa María, referencia o alusión a una especie de nuevo origen de la ciudad.

Los destrozos producidos en la ciudad por este ataque inglés, tras un saqueo de quince días y el incendio provocado por el invasor antes de retirarse, dejaron importantes daños, un informe realizado por el ingeniero Cristóbal de Rojas, se nos señala que ni en las murallas ni fortificaciones había causado daño el enemigo. Pero la situación tal que obligo a rehacer en gran medida la ciudad, de modo que la Cádiz histórica que hoy encontramos será sobretodo una ciudad que crece y se desarrolla durante los siglos XVII y XVIII. Desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no es sólo una ciudad que desde este punto de vista podría afirmarse que Cádiz no sólo es una de las más antiguas de las occidentales, sino que puede catalogarse como una de las más recientes de entre ellas.

Una vez desechaba por Felipe II la idea de desmantelar la ciudad, cuando Cádiz comenzará a ver formarse sus nuevas fortificaciones, superándose una etapa, la llamada etapa de las fortificaciones hechas por italianos que dieron la filosofía de la ciudad cuando se produjeron los ataques ingleses de 1587 y 1596, en que el obispo Zapata había impulsado las defensas y en el Frente de la Bahía estaban construidos los baluartes de San Roque, Santiago, San Felipe, Santa Cruz el Postigo y el Boquerón, así como el frente del Puntal, terminado en 1589.

Fue éste un proceso dilatado en el tiempo y muy complejo, con propuestas diversas acerca de la formas de fortificar la ciudad y la bahía de Cádiz y de los espacios más adecuados para ello, este laborioso proceso que culminaría, a mediado del siglo XVIII, con el cierre completo del cinturón amurallado que envolvía a Cádiz y que será. El mismo que seguirá delimitando el espacio urbano gaditano hasta el comienzo del siglo XX. La estructura del sector concreto de las murallas la ciudad decidió demoler a partir de 1906.

Felipe II resolvía, en 1597, la construcción de los fuertes de Santa Catalina, los del Puntal y Matagorda-estos dos ya en el sector inferior de la bahía-y los de Punta de la Cruz y Punta de la Vaca. La erección del fuerte de Santa Catalina, suscitó recelo oposición de la ciudad, los corregidores gaditanos propugnaban que la urbe fuera rodeada y defendida toda con murallas.

Un informe de 1609 recoge sobre el estado de la fortificación gaditana tras el asalto inglés, se advierte ya que se ha recuperado el Puente de Suazo, así como el frente de tierra, adosados los baluartes de San Roque y Benavides, a ambos lados de una muralla baja. El frente de la bahía mantenía una muralla en la que había un arco sin puerta ni rastrillo, a través del cual podían pasar durante la bajamar las naves un fondeadero abrigado, donde había playa capaz para desembarcar hasta tres mil hombres. Era el lugar llamada el Boquete, por donde pasaban los pescadores y las mercancías hacia la aduana. Terminaba este frente en el llamado baluarte de San Felipe, y desde allí hasta poniente, a lo largo de todo el borde norte y noroeste del tómbolo, sólo parecía como defensa el fuerte de la Caleta.

Todo el borde sur, el llamado frente de vendaval, estaba sin fortificación alguna, deja la defensa de este sector a las solas condiciones naturales de una costa alta y fuertemente abatida por la mar.

Las tareas de fortificaciones empredindas en la ciudad, era las que llevaban a cabo en sus inmediaciones, estrictamente al borde de lo que será la ciudad histórica de Cádiz la obra más notable de este momento de mitad del siglo XVII, sin duda, la fortificación de Santa Catalina, hasta entonces sólo un fuerte en este extremo de la Caleta, su construcción, en agosto de 1621, ante las urgencias de un presentido asalto anglo-holandés a Cádiz. El temido ataque se produjo, en 1625, la ciudad resistió bastante mejor que frente a los anteriores asaltantes.

El estado de las fortificaciones de la ciudad apenas registrarán otros avances a lo largo de este siglo XVII que los referidos al Frente de Tierra, cuyo perfeccionamiento defensivo se realizó en 1655, la construcción del baluarte de la Candelaria, en 1672.

Será preciso alcanzar el nuevo siglo, para que se consiguiera cerrar toda la ciudad con un cinturón perimetral de murallas. La necesidad de reforzar el frente sur de la ciudad y de buscar con rigor la fortificación de esa llamada banda de vendaval, cuestión que ocupó a varias generaciones a lo largo de la Edad Moderna con mediano éxito, una y otra vez el agua y el viento destruían el trabajo realizado. Era, en efecto, un borde de la ciudad de claro perfil acantilado, donde los vecinos nunca temieron ataques.

Los cuatros frente del recinto amurallado

La descripción que fue componiendo y consolidando un cinturón perimetral de fortificaciones, murallas, puertas y baluartes, en torno a la ciudad de Cádiz. Estos frentes serían: los de Tierra, el frente de Poniente (ubicado al N.NW de la ciudad), el frente Sur o Banda de Vendaval y el frente de la Bahía.

El Frente de Tierra se hallaba formado por dos baluartes el de Santa Elena y de san Roque, situado a ambos lados de una cortina murada en el centro de la cual se abría la puerta de la ciudad. Será en la segunda década del siglo XVIII, cuando se plantean radicales reformas en el mismo, desde la presencia y el impulso de Ingeniero director Ignacio Sala, una de las figuras máximas de la ingeniería militar española y americana, la figura que de un modo más claro ha influido en la construcción del recinto fortificado gaditano (trabajo en esta plaza 1727-1749), empezándose la obra en 1751 y culminándose en 1756. La puerta monumental sería finalmente obra del arquitecto tardo barroco Torcuato Cayó.
Frente de Tierra
El llamado Frente de Poniente se extendía entre el arrecife del castillo de San Sebastian y el baluarte de los Mártires, ya fronteros con el mar de Vendaval, hasta el baluarte de San Felipe, donde el perfil de la costa gira bruscamente al SE, empezándose ya desde ahí el frente de la Bahía. Se anclaban en él el baluarte de la Candelaria, el de la Caleta del Bonete, de la Soledad y el castillo de Santa Catalina. Al llegar el siglo XVIII todavía restaban en este frente unas dos mil varas de costa desprovista de muralla. Su posición geográfica confería a este tramo del litoral un cierto benéfico resguardo respecto a las batidas de los vientos y las olas del océano y la altura de este escarpe natural, aparecen las consiguientes peticiones para cubrir con murallas este borde del acantilado. Las obras se iniciarían en 1701, comenzado por la caleta del Bonete (270 varas de murallas de cantería), y posteriormente, en 1709 se le dio mayor altura y se alargo 182 varas más.

Entre 1710 y 1712 se construyó la muralla en el tramo entre la escalerilla contigua al baluarte de San Felipe y el de Candelaria, (234 varas) poco después se cubriría el sector entre el baluarte de Candelaria y la Caleta, completándose así el amurallamiento del borde.

Frente de Poniente

Desde el baluarte de los Mártires hasta el de San Roque se extiende el Frente Sur o Banda de Vendaval uno de los más complejos episodios del proceso de fortificación de Cádiz, la fortificación de este frente no se plantea contra posible flotas enemigas ni para prevenir desembarcos hostiles, sino contra el mar, el enemigo inexorable de Cádiz.

Frente Vendaval o del Sur


Desde los pabellones de Santa Elena hasta el muelle y baluarte de San Felipe se extendía el Frente de la Bahía, un sector del borde urbano de Cádiz que a lo largo del siglo XVIII fue definido también su perfil definitivo. El frente amurallado de la bahía se constituirá finalmente con una sucesión de baluartes, puertas, plataformas y lienzos de murallas, formado como un arco de círculo, al pie del cual se extendía una estrecha playa. Todo este conjunto lo convierten, seguramente, en el más interesante de Cádiz, desde punto de vista de las obras de ingeniería militar.



Frente de la Bahía


Las puertas, baluartes del recinto del frente de la bahía

La puerta del Mar tuvo, como las de Tierra, un especial tratamiento y cuidado arquitectónico de la que carecieron las otras puertas de la ciudad (Puerta de San Carlos y Puerta de Sevilla, ambas en este mismo frente). A su izquierda se abría un largo flanco casi rectilíneo, en el que se situaban el baluarte o plataforma de Santa Cruz y la puerta de Sevilla, abierta a una pequeña playa de bajamar, lugar también de embarques y desembarques. Más allá se encontraba el baluarte de San Antonio, el más notorio y monumental de todo el frente.

En 1730 se planteó una mejora de las defensas artilladas de la bahía y se pensó e instalar batería en la plataforma de la peña de la Cruz enlazadas con el baluarte de San Felipe. Las dificultades retrasaron de nuevo el comienzo de las obras, pero una vez comenzada las obras de ejecución solo se alcanzo a realizar una parte del mismo (baluarte de San Antonio), sin llegar a modificarse la plataforma de Santa Cruz. De este modo, se consolidó este articulado recorrido para la muralla, entre el mismo y el extremo del frente, donde se emplazaba el baluarte de San Felipe.

Como enlace entre ambos ámbitos se construyó el semibaluarte de San Carlos, uniéndose mediante un muelle y un muro cuyo interior fue rellenado, que daría lugar al actual barrio de San Carlos.

Siguiendo el borde amurallado desde Santa Elena, encontrábase el baluarte de Santiago, un saliente de forma trapezoidal y reducido tamaño, en 1739 disponía de cuatro cañones. Estaba fuera del recinto portuario que comenzaba a partir del siguiente baluarte de la Alhóndiga o de Los Negros, terminada en 1724, y su forma era ligeramente apuntada, con dos flancos en ángulos. A la izquierda del mismo se abría la llamada Puerta del Mar, junto a la entrada desde tierra, era una de las más importantes puertas de la ciudad.

El último cuarto del siglo XVIII la ciudad de Cádiz es ya plaza fuerte, sólidamente circundaba de murallas, cuya seguridad y belleza es recogida en numerosos testimonios históricos.

Desde San Felipe, construido sobre cincuenta y seis bóveda a prueba se inicia su descripción del borde de la bahía, en donde destaca el baluarte de San Antonio, con troneras que defendían los flancos laterales, y con capacidad para treinta y ocho piezas de artillería. Contando las murallas adyacentes que servían de almacén a la Aduana, la cual se alzaba en su gola. Siguiendo esta muralla, tras San Antonio, se abría la llamada Puerta de Sevilla, que daba paso desde el muelle a la ciudad y que se dedicaba al tráfico de mercancías y pasajes con América y el extranjero por su proximidad a la Aduana, la cercana Puerta del Mar, se dedicaba a mercancías y pasajes con otros puertos de la nación. Entre ambas, la plataforma de Santa Cruz, y entre las Puertas del Mar y las de Tierra, el baluarte de Los Negros, con capacidad para 29 cañones, construido sobre treinta y nueve bóvedas, de las que once eran de la ciudad y estaban dedicadas a pescaderías, panaderías, lonja de recova, Juzgado del regidor de Semana y otros usos municipales.

Un verdadero cinturón de artillería envolvía a la ciudad, salvo por esas contadas puertas ya citadas y por una pequeña entrada por la que pasaba, desde la Playa de Santa María, el ganado que venía al matadero.

Las descripciones sobre las murallas de Cádiz ocuparan un espacio en las descripciones y relaciones que los muy numerosos viajeros han dejado contando las peripecias de sus recorridos, a lo largo del siglo XIX, por Andalucía, en general, y por la ciudad de Cádiz, en particular. La urbe gaditana estaba claramente inserta en las rutas casi idénticas que estos visitantes seguían a través de nuestras tierras. Ya fueron llegando desde Sevilla, a través de los caminos terrestres o de una larga navegación por el Guadalquivir, o ya sea subiendo desde la arribada en Gibraltar, Cádiz era lugar casi obligado de paso.

Los gastos de la construcción y derribo de las murallas.

Los gastos de la fortificaciones y murallas, fue uno de ellos la sisa de dos maravedíes por libra de carne.

En 1622 se decidió también construir un muelle para que los barcos se acercaran al mismo y evitar de este modo los costosos transportes a hombros. Esto facilitó tanto el embarque y desembarque de soldados, municiones y bastimentos como alimentos para la población, que se beneficiaría de la reducción del costo.

En 1727 se ampliaron los arbitrios con el octavo por arroba de vino, el dieciseisavo por arroba de vinagre y los dos restos por arroba de cerveza. Se dictó un reglamento para la recaudación, manejo y distribución de los mismos, se especificó la composición y funciones de la Junta de Murallas, de la que entraron a formar parte Regidores de la Ciudad.

En 1765, la citada Junta obtuvo autorización para celebrar cada año en su provecho doce corridas de toros. Se acordó la recaudación de un impuesto de diez pesos al mes que habían de pagar las modistas extranjeras y contribución especial sobre palanquines. Por último, en 1788 se creó un arbitrio consistente en el tres por ciento del importe de los alquileres, incluidos comunidades religiosas, hospitales y fundaciones.

Los datos dan idea del dilatado período empleado en la construcción de las murallas, y permiten contratar que todos los gastos que supuso su erección fueron sufragados por la Ciudad.

A partir de 1863 se comenzó a hablar pública y oficialmente de la necesidad de proceder al derribo de parte de las murallas. Ello se debió por una parte a la decepción respecto a la efectividad de las mismas y por otra a la necesidad de expansión urbana que era obstaculizada por el recinto amurallado. Las operaciones de demolición suponía un casto elevado y la población no parecía dispuesta a sufragarlo, como se confirmó cuando lanzada la idea de una suscripción popular para este fin, sólo se recogieron diez mil cuatrocientas dieciocho peseta, en vez de doscientas mil que eran necesarias.

Siendo Ministro de la Guerra Don Segismundo Moret, el Consejo de Ministros autorizó el derribo. En 1906, el alcalde de Cádiz don. Cayetano del Toro, acometió la obra por donde le pareció mejor y hasta donde estimó oportuno.

La ciudad de Cádiz cuenta con una valiosísima vía para presentarnos lo que constituirá su realidad urbana en este concreto momento de su historia, se trata de la esplendida Maqueta de la ciudad que se conserva en el Museo Municipal.


domingo, 2 de octubre de 2011

Torregorda

recinto de Torregorda

De la infinidad de sondeos, efectuados en diversos puntos para dilucidar la garantía de los suelos, con el fin de emprender importantes obras, se puede deducir que los fangos de las marismas del entorno de la Bahía de Cádiz, yace sobre otras capas de los tiempos más antiguos semejantes a los existentes a las islas gaditanas que sirvieron por su fortaleza como atalayas infranqueables y que pertenecen a los conglomerados que se caracterizan por su caparazón calcáreo, conocidos en nuestras localidades con el nombre de piedra ostionera, y piedra de la mar. A lo largo de la lengua de tierra que une a Cádiz con la isla de León, estos conglomerados forman un arrecife interrumpido, que tuvo un protagonismo muy importante como dique de contención para configurar la Bahía.


A unos 8,5 Km., de Cádiz y 4,5 de la Isla de León, existía en la Edad Media una torre llamada “La Atalaya”, que fue derribada con ocasión del maremoto que asoló a la zona el 1 de noviembre de 1755. Con los restos de la torre y la de otra cercana. Hércules fenicio, se levantó en 1820 una torre de forma troncocónica, con una batería. Por su considerable diámetro es conocida vulgarmente por “Torregorda”.


Por R.O. de 21 de mayo de 1859 se instalaron en su proximidad piezas de artillería para experiencias. Al Polígono se le dio el nombre de “González Hontoria” en memoria del mariscal de campo de Infantería de Marina y brigadier de la Armada de estos apellidos, que inventó el sistema de cañones que lleva su nombre, como reza su lápida en el Panteón.


En esta dependencia se verificaban las pruebas de los cañones que fabricaba la Sociedad Española de construcción Naval.


Contiguo a este recinto se encuentran en la actualidad instalaciones y servicios de Polígono de Tiro Naval “Janez”.




plano de cádiz a vista de pajaro

miércoles, 24 de agosto de 2011

Castillo de San Lorenzo del Puntal


Este castillo, símbolo de la resistencia gaditana de varios ataques de armadas extranjeras, pasó a ser propiedad de la Marina en el año 1923. En aquella época se encontraba casi abandonado, sólo contaba con la exigua dotación de un cabo y cuatro soldados de artillería, que velaban por su custodia.

El castillo de Puntales, junto con el de San Luis y el de Matagorda, y las defensas de la isla del Trocadero, ubicados todos en el lado opuesto de la bahía, dominaban y formaban en conjunto un sistema de defensa de la entrada de la bahía gaditana.


En 1923 se entregó a la Armada, instalando en 1939 una Base de Lanchas Torpederas. Veinte años más tarde, se convirtió en sede de los buques y Mando Anfibio de la Flota. Hoy está ocupado por la Estación Naval de Puntales.



El baluarte del Puntal consistía en un torreón fortificado sólo con cinco cañones. El torreón tenía escasa altura y disponía de cuatro aposentos, dos para almacén y los dos para vivienda de un artillero y nueve soldados, en los que no cabían de pie debido a la escasa altura de los techos. Se pretendía que sirviese para defender la entrada a la parte más recogida de la bahía y el puente Suazo. Detrás del fuerte solían amarrar los buques de la Armada que se encontraban en Cádiz.


El ataque de Francis Drake a Cádiz el 29 de abril de 1587, en el que resultaron incendiados veintiocho navíos, fue un golpe de mano contra los buques que habían de formar parte de la Gran Armada. El baluarte del Puntal, sus servidores lo defendieron heroicamente.


El 30 de junio de 1596 se produce el ataque británico y holandés, saltando a tierra unos siete mil quinientos soldados y seis mil quinientos marineros, con el propósito de apoderarse de la ciudad.


Nada se pudo hacer para impedir el desembarco, lo que sirvió para, posteriormente, derribar la fortaleza y construir un castillo en su lugar que pudiese ser más eficaz en futuros ataques.


En 1598 el capitán de fortificación Cristóbal Rojas, hace un proyecto del castillo, que se termina de construir en 1613. Doce años después, en 1625, sufre el Puntal los ataques de la escuadrilla inglesa que mandaba el vizconde de Wimbledon, que llevaba a sus órdenes al conde Essex, hijo del que había saqueado la ciudad en 1596.


La plaza estaba mejor guarnecida que en el asalto anterior. Este atacó al castillo, la acción fue tan dura que durante dos días recibió el castillo más de cuatro mil proyectiles, quedando convertido en un montón de ruinas. Del centenar de hombres que componía su dotación, sobrevivió una treintena y su capitán Francisco Bustamante, que aunque hizo prodigios de valores y heroísmo, no tuvo más remedio que rendirse ante la superioridad del adversario. Portando sus armas y bandera, salieron con los honores de guerra.


La resistencia de Puntales fue, sí embargo eficaz permitió prepara la plaza, que al mando de Fernando Girón Ponce de León, impidió el desembarco del enemigo, contraatacando con tal fuerza, que al pie del castillo quedaron numerosas bajas y pertrechas, haciéndolos prisioneros.


En 1629 el castillo es reconstruido y dotado de piezas de artillería que pudieran defenderlo de futuros ataques. Se instalaron amplias dependencias destinadas a cuarteles, así como una capilla bajo la advocación de San Lorenzo.


Un nuevo ataque sufriría el 24 de agosto de 1702, al desembarcar en Rota las tropas del Duque de Ormond, sir George Rooke, con el almirante holandés Van Almonde y Príncipe austríaco Jorge de Hesse-Darmstadt, su flota se componía de treinta navíos ingles y veinte holandeses. Sin embargo, la expedición no tenía por objeto la ocupación de la plaza y Puntales no es atacado, pero ayuda con sus piezas a la defensa del castillo de Matagorda.


En la Guerra de la Independencia defendió el castillo el batallón de milicianos distinguidos de Artillería, junto con un destacamento reducido de artilleros del ejército y algunos artilleros británicos. Por su heroica defensa les fue concedida una cruz con fecha 10 de abril de 1815. Por orden del rey, el que fue gobernador de la fortaleza, D. José María García de Santaella, sería enterrado a su muerte, en el castillo.



En 1823 cuando el poderoso ejército de “Los cien mil hijos de San Luis” al mando del Duque de Angulema, ataca Cádiz, vuelve a significarse el castillo del Puntal. Angulema no atacó por Cádiz, sino por Santi Petri. Puntales sostuvo un lento duelo artillero contra las baterías adversarios. En esta ocasión, Puntales no se halló en la difícil situación de los años 1810 a 1812.


En 1863 se efectuó una nueva reconstrucción. Se avanzó su emplazamiento hacía el mar, con objeto de reforzar su defensa de posteriormente ataques, daba la experiencia del incesante fuego que lanzó y recibió durante la Guerra de la Independencia.


En las inmediaciones del castillo había un carenero de buques mercantes que fue el astillero de Cádiz en el siglo XVIII.


Es tema de debate entre los historiadores gaditanos, si en Puntales se llegaron a construir o no, navíos de guerra. Según Viniegra, en 1729 se botó el navío “Hércules” a presencia de Felipe V, afirmando que la construcción del arsenal de la Carraca y la traslación del Departamento de la Isla de León, no obedeció al parecer a la deficiente del Puntales, y así a un punto de vista militar y estratégico. Esta opinión es combatida por Adolfo de Castro, que afirma que sólo había un astillero, el de Suazo que luego se traslada a la Carraca, y que en Cádiz no existían astilleros para buques de alto bordo y sí sólo para barcos pequeños.


Viniegra a este respecto cita una obra del Marqués de San Felipe, editada en 1756, que dice: Vieron también SS.MM. en marzo de 1729, echar al agua un navío de setenta cañones, llamado “Hércules”, el primero que se había construido en el nuevo astillero de Puntales.


Edificación y situación actual


El primer fuerte del se conservan planos. De este primitivo fuerte no queda más que el foso.

En la actualidad el lado oeste está ocupado por dos formidables baluartes de distintas dimensiones con un rediente cada uno, construidos con sillares de piedra ostioneras. Sobre el baluarte derecho sobresale la espadaña de la capilla del fuerte. Las cortinas están colocadas en talud. El fuerte dispone en cada frente de dos cañoneras, y en cada esquina que une los flancos hay un garitón.


El foso superviviente, lleno de agua durante la bajamar, se nivela mediantes una compuerta. El segundo foso, construido en el siglo XVIII, ha desaparecido. Para salvar la zanja hay un puente fijo con arcos que conduce a la puerta principal. La puerta da a un patio pequeño flanqueado por sendas cámaras de control. Atravesándolo, conduce al patio de armas. El patio está rodeado por pabellones abovedados de dos pisos, construidos en los años sesenta. En ello se encuentran las dependencias del Estado Mayor del Grupo Delta, las oficinas y el resto de las salas de oficiales y mandos. Los pabellones cuentan con dos terrazas en las que todavía hoy se aprecian las barbetas para cañones, convertidas en simples ventanas. Junto a la salas de oficiales está la capilla, un recinto rectangular con bóvedas de medio cañón.


Está protegido por la declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, la ley de 1985 sobre patrimonio histórico y también disfruta de la protección que ofrece la Junta de Andalucía desde 1993 a los castillos andaluces. Es propiedad militar y está totalmente restringido su acceso excepto para ocasiones destacadas como conmemoraciones históricas o pidiendo en el ayuntamiento de Cádiz el la parte de participación ciudadana.



patio de armas