lunes, 18 de marzo de 2013

Cádiz lugar de inmigración; arribando en la ciudad Trimilenaria.


 
IMAGEN: Cádiz era una ciudad marítima, amurallada, portuaria, vinculada a las colonias americanas, mercantil, burguesa… Con estos elementos y, en ocasiones, grabados antiguos, se “invento” en Europa el Cádiz de las Vistas Ópticas. Alemania. Puerto de Cádiz desde oriente.1750-1810. (Col. Boisset-Ibánez).


En Cádiz, ciudad marítima y comercial, la sociedad evolucionó durante el siglo XVIII al ritmo de las oscilaciones de la coyuntura económica. Ésta estuvo a su vez estrechamente condicionada por los acontecimientos bélicos y sus consecuencias sobre el desarrollo del comercio.

Cádiz se encontraba entre las ciudad de población numerosa en la España del siglo XVIII, según los libros parroquiales de la época, sobre el año 1700 habían 41500 habitantes y en 1786, 71000 habitantes.

La evolución de la población en Cádiz experimentó un crecimiento continuo, sólo interrumpido por situaciones bélicas o epidemias. El comienzo del siglo XIX se vio azotado por un rosario de epidemia.

A pesar de estas conmociones demográficas Cádiz fue la ciudad española que más creció durante el siglo XVIII, llegando a ser la cuarta ciudad de España en población solamente superada por Madrid, Barcelona y Sevilla, e igualada por Valencia.

El factor principal de este crecimiento hay que buscarlo en una fuerte corriente inmigratoria hacia Cádiz, desde el interior de la Península, de donde llegaban contingentes de población atraídos por el próspero comercio y las posibilidades de negocios y aventura que ofrecía la ciudad.

No existía en Cádiz, un entorno agrario, y por lo mismo no se dio como en otras ciudades españolas la tensión dialéctica ente campo y la ciudad. En Cádiz había barrios pobres, pero no suburbios o viviendas de aspecto rural, y el caserío tenía en líneas generales el carácter urbano propio de una colectividad de artesanos y comerciantes, pescadores y hombres de negocios.

El tejido social de Cádiz durante el siglo XVIII era el de una sociedad estamentaría del Antiguo Régimen: clero, nobleza y estado llano, en la que emergía con fuerza una clase intermedia: burguesía.

El clero suponía en Cádiz, a partir de la segunda mitad del siglo, un 1,65% de la población, cifra considerada muy reducida, comparada con lo que era normal en las ciudades españolas.

Hubo en Cádiz durante el siglo XVIII un sector importante de nobles, sólo en parte originarios de la ciudad; gran número de ellos eran caballeros de Órdenes Militares que, junto con los altos cargos de la administración civil y militar y los potentados de la carrera de Indias, mantenían una posición de privilegio que transcendía el ámbito puramente local.

El sector más influyente en la vida de Cádiz era, sin duda, el de la nueva burguesía de los negocios (cargadores, comisionistas, corredores, apoderados) surgida al amparo del comercio.

Este colectivo era el que marcaba la pauta de la vida de la ciudad. Sin embargo entre los empresarios gaditanos no arraigó profundamente el espíritu mercantil, ya que muchos de ellos, cuando conseguían crear un rico patrimonio, se retiraban de los negocios para vivir lujosamente.

El rasgo más peculiar de la población gaditana en el siglo XVIII fue elevado número de extranjeros afincados en la ciudad. La afluencia de extranjeros había estado motivado, ya desde el siglo XVI, por la necesidad de cubrir la creciente demanda americana de productos manufacturados que España no podía por sí sola abastecer, formaban un colectivo poderoso, en sus manos estaban los negocios a gran escala, su influencia social rebasaba el terreno puramente comercial, dejándose sentir en el campo del pensamiento, del arte, de las modas y las costumbres.

La colonia extranjera más numerosa en Cádiz era los genoveses, cuya prosperidad posibilito que construyeran y mantuvieran una lujosa capilla dedicada a la “Nación Genovesa” dentro de la Catedral. La colonia francesa era la segunda en número, aunque la primera en volumen de negocio; en la iglesia de San Francisco tenía bajo su patrono la capilla de San Luis, donde celebraban sus fiestas nacionales, y en su cripta enterraban a sus difuntos.

Seguían en importancia las colonias de ingleses, holandeses y hamburgueses; en menos proporción negociantes portugueses, suizos, griegos, saboyanos y malteses.

Al margen del mundo de los grandes operaciones mercantiles, y al amparo de ellos, vivían un substrato de población autóctona que regentaba pequeños establecimientos, ejercían tareas burocráticas, se dedicaban a actividades artesanales o a la pesca de bajura.

La presencia de españoles de otras regiones también era numerosa en Cádiz; destacaba la colonia de gallegos, seguida en importancia numérica de la vasca-navarra, de los oriundos de las dos mesetas y de los cántabros. 

La intensa actividad portuaria propiciaba además la presencia de otros colectivos: transeúntes que llegaban para embarcarse, militares, tripulaciones de los barcos y un núcleo de población negra, en gran parte constituida por esclavos.        





vista del Puerto ce Cádiz en la Gran Regata del 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

LA GADITANA FRASQUITA LARRERA


 Frasquita Larrera

La gaditana Francisca Javiera Ruiz de Larrea y Aherán, tenía una ascendencia vasco-irlandesa. Su padre, don Antonio Ruiz de Larrea y Gonzáles de Lopidana, había nacido en Mendiola provincia de Álava, en julio de 1725 y era caballero hijodalgo. 

Se trasladó a comerciar a Cádiz llegando a ser uno de los poderosos cargadores de Indias. En Cádiz conocerá a una joven irlandesa, Francisca Xaviera Aherán y Malone, nacida en Waterford, hija de Diego de aherán y Catalina Malone, que había llegado a Cádiz, huyendo de las persecuciones que contra los seguidores de los Estuardos se realizaban en su tierra.

Ya mayor Antonio Ruiz de Larrea y González de Lopidana, con treinta y ocho años de edad, contrae matrimonio en Cádiz, en la Catedral Vieja, en diciembre de 1763, con la irlandesa Francisca Javiera Aherán y Malone.

El día 28 de noviembre de 1775 nace en Cádiz la niña Francisca Xaviera, Josefa, Gregoria, que se bautiza al día siguiente en la Iglesia Catedral.

De los años de su niñez se sabe pocas cosas, se dice que se educó en Inglaterra, donde se familiarizó con la lectura de los grandes autores ingleses, desde el inmenso Shakespeare hasta Byron, el rebelde.

Se desconoce la fecha en que regreso a Cádiz o si incluso vivió en la ciudad, ya que las referencias de estos años se hacen al cercano pueblo de Chiclana. El único documento fechado en Cádiz en este tiempo es su partida de casamiento con Juan Nicolás, matrimonio que se celebró, cuando tenía años, y que tuvo lugar en la parroquia del Rosario, en febrero de 1796.

Doña Frasquita impuso sus condiciones: que el matrimonio sea efectuada por la iglesia Católica, que los hijos que nazcan sean educados en la doctrina católica. 

El novio acepta estas condiciones aunque él, secretamente, también piensa imponer las suyas aun en contra de los pactados: trasladarse a vivir a Alemania, y educar a su mujer a sus propias ideas.

No contaba que la personalidad de su mujer era aún más acusada que la de su suegra, será Frasquita quien imponga su criterio, tanto a su madre como a su marido.

 Acompañado por su suegra realizan su viaje hacia Alemania, navegando hasta Marsella. Ascienden remontando el Ródano y pasan por Lyon.

En aquel momento Frasquita deba encontrarse en una fase de su más ardoroso romanticismo. Juan Nicolás presiente que las vehemencias de su mujer no iban a ser bien vista por su familia y amigos, el viaje es extremadamente lento, y él escribe a los suyos anticipando algunas noticias aclaratorias. 

Tampoco tenía prisa en llegar, para dar tiempo a su suegra a irse adaptando al nuevo medio religioso que le esperaba, y su mujer debe encontrarse muy feliz en el naturalismo romancesco que ha descubierto en Suiza.

Huye de la sociedad, del hombre a quien la sociedad ha hecho impuro, y quiere, rusonianamente, buscar la perfección en la naturaleza.

Por el contrario, para Juan Nicolás, con su frío razonamiento teutónico, deben ser muy alarmantes las cada vez más exaltadas manifestaciones románticas y feminista de su mujer. 

Aún años después continuaron estas diferencias, que harán peligrar el matrimonio, por no querer aceptar Frasquita las ideas de su marido. Otra diferencia que también se interpone entre los recién casados es el feroz feminismo de Frasquita, o el profundo antifeminismo de Juan Nicolás.

Frasquita no estaba dispuesta a quemar sus Derechos de la mujer, escribirá en octubre de 1806 “Entre los diferentes modos de carácter que me señala, sólo me agrada el que atribuyes a los héroes… 

El ejemplo de Mrs. Wollstonecraft nada prueba, porque ella se dejó dominar por la pasión. Quitándoles a las mujeres la facultad de juzgar por si, de formase sus principios y carácter, se les hace esclavas de sus pasiones, y cunado las quieren subordinar a la razón del hombre (¡como si la razón y el alma tuvieran sexo!) y que aquél hombre destinado a guiarlas no tiene razón. ¿Que harán las pobres, entonces?...”

Pese a estas diferencias ideológicas, Frasquita se encontraba feliz en Suiza.

En la tranquilidad, del cantón de Berna, en el pueblecito de Morges, nació el 25 de diciembre de 1796 Cecilia Böhl Ruiz de Larrea, que alcanzaría la fama literaria bajo el seudónimo de “Fernán Caballero”.

Existen serias dificultades para conocer cómo se desarrolló la estancia de Frasquita y su familia en Alemania en este primer viaje.

En noviembre de 1797, parece ser que llegaron los Böhl a Chiclana. En una carta Juan Nicolás comenta: “Mi regreso fue lo más sensato que he hecho… Nuestra Cecilia se desarrolla y contribuye mucho a nuestra alegría”.

En Chiclana permanecieron varios meses, hasta que se trasladaron a Cádiz, aunque se ignora el domicilio y fecha exactos, pero sí hay constancia en agosto de 1799 que Frasquita organizaba sus tertulias políticas-literarias-culturales, que tanto molestaban a su marido, que exclamaba: “No hay peor tortura que tener que entretener a damas intelectuales”.  

Por lo demás parece que esos fueron los años más felices del matrimonio.

El 19 de enero de 1799 Frasquita ha dado a luz otra niña, Aurora. Y el 1 de diciembre de 1800 un varón Juan Jacobo. La partida de bautismo de Aurora se encuentra en la parroquia del Rosario, no así la de Juan Jacobo, que posiblemente naciera en otra feligresía. El 5 de octubre de 1803 nace el cuarto hijo, Isabel Ángela.

La situación de la familia debe ser nuevamente conflictiva. Frasquita persiste en sus ideas, en sus tertulias y en sus criterios pedagógicos que contrarían a su marido, defensor de la rígida disciplina.

En la primavera de 1805 inicia el matrimonio, Böhl-Ruiz de Larrea, junto con sus hijos Cecilia y Juan Jacobo, el ansiado viaje que Juan Nicolás tenía proyectado a su nueva propiedad de Görslow, con la esperanza de que Frasquita, aislada de su madre, que ha quedado en Chiclana con las otras dos hijas, decida adaptarse a su criterio y permanecer en Alemania. Pronto se dará cuenta que él mismo ha cambiado y esa existencia ideal que tanto ansiaba ya ahora no le es tan imprescindible como pensaba.

Era evidente que Frasquita no estaba dispuesta a ser la humilde, dócil, obediente, complaciente y económica mujer que su marido consideraba ideal. Ella quiere seguir siendo ella misma, con su personalidad, no un muñeco moldeado a capricho de las ideas del hamburgués. Por ello, sin pensarlo más inicia su regreso a España.

Frasquita fue escribiendo un diario, puramente descriptivo de su viaje a España, que conserva en forma de Extractas, de puño y letras en el archivo familiar.

Posiblemente Frasquita llegó el 13 de junio de 1806 a Chiclana, después de una ausencia de 14 meses. En aquella época aún Chiclana era centro de veraneos de las familias pudientes de Cádiz, aunque ya comenzaban algunas a desplazarse a Puerto Real, que sería más adelantado el siglo “El Versalles gaditano” que atrajo a los veraneantes.

La poca simpatía de Frasquita hacía las libertades napoleónicas, y posiblemente hacía todo lo francés, ya se han apreciado en algunos comentarios esporádicos en sus viajes anteriores. 

La situación de Frasquita en Chiclana debe ser bastante comprometida, tanto por sus exaltados antecedentes patrióticos y sus escritos contra los franceses, no hay noticias de que fuesen publicados, es posible que fuesen conocidos y también presumiblemente delatados.

Cuando llega Frasquita a Cádiz, las Cortes que se habían establecido en la Real Isla de León el 24 de septiembre de 1810, y cuyas iluminarías y salvas había observado Frasquita desde Chiclana, también viajan a Cádiz en estos días, alojándose el 24 de febrero de 1811 en la iglesia de San Felipe Neri. 

Al mes siguiente conocerá la gaditana con alegría, que los franceses han sufrido una estrepitosa derrota en las proximidades de Chiclana.

El ambiente que se vive en Cádiz en esos días es fantástico. Para Frasquita debe ser un cambió sorprendente el pasar súbitamente de su aislamiento Chiclanero al bullicio gaditano del mentidero de la calle Ancha, a las bullas del Paraíso del oratorio de San Felipe Neri, y de los comentarios jocosos de la infinidad de periódicos, folletos, papeles y panfletos que incesante y diariamente en los cafés de la plaza de San Antonio, y se discuten en las tertulias.

En Cádiz se encuentran literatos de la altura de Antonio  de Puigblanch, Antonio Capmany, Manuel José Quintana, Juan Nicasio Gallego, Pablo de Jesús, Félix José Reinoso, Juan Meléndez Valdés, etc. 

Los lances literarios son numerosísimos y sabrosos, siendo pábulo de comentarios en las tertulias de las principales casas gaditanas.

No tardó Frasquita en organizar su tertulia, como en años atrás cuando su marido refuñaba contra sus manías de dama intelectuales. 

No se sabe durante los meses en que residió Frasquita en Cádiz con sus hijas Aurora y Angelas y su madre, donde habitaron, pero si ha quedado sobradas noticias de sus tertulias durante este período. 

Frasquita permanecería en Cádiz cerca de un año, esperando embarcar para Alemanía para reunirse con su familia, a bordo del paquete Lord Hobart con fecha 17 de agosto de 1811, se supone que fue el buque que las trasladaron desde el muelle de Cádiz a Inglaterra, por lo que la salida de la ciudad sitiada por los franceses. 

No se tiene más noticias de Frasquita hasta mayo de 1812.

El fallecimiento haya sido la causa de su larga estancia en Inglaterra. El día 18 de junio escribe:

“La memoria de mi madre cuyas cenizas quedan en la fría tierra del extranjero”…Gracias a su astucia consiguió Frasquita llegar con su familia hasta Osnabrück, en donde le esperaba su marido. 

Después de tanta penalidades y durezas del largo viaje, de la perdida de su madre, de la amargura y sinsabores de su prisión Chiclanera, y de larga ausencia de entre los suyos, el encuentro con su marido en hijos en Osnabrück debió ser de una dicha indescriptible para Frasquita.

De la salida de la familia Böhl para España se conserva un fragmento del “Diario” que redactó Frasquita. Está fechado en la bahía de Portsmauth en octubre de 1813.

Allí ha de aguardar un convoy para el Mediterráneo y la espera es interminable, sobre todo siendo los  precios en tierra exorbitantes para su menguada economía, han permanecido recluidos a bordo, durante un largo mes de espera, reanuda el viaje el 22 de octubre, llegando al puerto de Cádiz el 23 de noviembre de 1813.

No se especifica si toda la familia se trasladó a Cádiz, pero existen fundamentos para pensar que el hijo, Juan Jacobo quedó en Alemania junto a los abuelos y sólo vino a España, al Puerto de Santa María, en una ocasión 1822.

Es posible que los primeros meses los pasara en su antigua finca de Chiclana. Pero de lo que no cabe duda es que fue en 1844 cuando vivían en Cádiz, en la casa número 44 de la calle del Consulado Viejo (actual Rafael de la Viesca).

Desde mediados de 1811 en que Frasquita salió de Cádiz, había cambiado mucho las cosas en esta ciudad y habían surgido importantes novedades. Frasquita había dejado a Cádiz acosada por el bombardeo francés.

Frasquita había conocido la instalación de las Cortes en el gaditano oratorio de San Felipe Neri, cuando pasaron desde el Teatro de la Isla de León el mismo mes de febrero de 1811 en que ella pasó la frontera.

A su vuelta a Cádiz se encontraba que nuevamente las Cortes se habían trasladado a la Isla, desde el 14 de octubre y que unos días después de su llegada a Cádiz se trasladaban a Madrid, el 29 de noviembre 1813.

El hecho de que las Cortes hubieran parado a la Isla de León a mediado de septiembre de 1813 fue debido al nuevo brote de fiebre amarilla que en aquel momento existía en Cádiz. Quizá esta misma circunstancia hizo que los Böhl no quedaron en Cádiz durante esos meses.

Ante esta situación los Böhl intentaron salvar en lo posible su economía y perdido su comercio, Böhl se estableció como Agente de Seguro, hasta ser nombrado gerente de la casa Duff Gordon and Company. 

Pese a la angustiosa situación económica, los Böhl siguen manteniendo en Cádiz una situación superior.

En 1816 se trasladan a su nuevo domicilio en la calle Ahumada número 7.

Los últimos años de Frasquito debieron ser áridos y tristes por las muchas desavenencias familiares que la rodearon. Sus relaciones con Juan Nicolás vuelven a agriarse por la disparidad de criterios,  aunque el marido soporta estoicamente las intemperancias del genio de Frasquita, que a medida que pasaron los años va entrando en una excitación psíquica que algunos han calificado de locura, aunque no parece tratarse de una psicosis, las únicas muestras que se tienen de su psicopatía son las referencias de su marido, y las palabras airadas de su hija Cecilia, consecutivas a una riña con su madre, siendo al parecer sus relaciones normales con los extraños y con sus contertulios.

Pero quizá la discusión más dura la sostiene con su hija Cecilia, que con motivo de esta discusión haga unas declaraciones en la carta de despedida a su novio,  quizá sea el trasfondo de aquellos años de su niñez en que su madre le dejó en Alemania con su padre, faltando a sus obligación, según la opinión de sus familiares hamburgueses. Quizá por ello escriba ahora: “Mi madre, que nunca me ha querido, ha pretendido siempre humillarme, y sobre todo al punto de mi reputación…”

Ya en estos años parece que Frasquita se ocupó de la literatura, fue siempre muy aficionado a las traducciones, por lo que es frecuente encontrar fragmentos de sus traducciones. Frasquita Larrea ha sido la primera traductora al español de Lord Byron.

Juan Nicolás después de sufrir amargamente, una lesión no determinada a caer por la escalera, falleció en su domicilio el día 9 de noviembre de 1836, acompañado de su mujer y de sus hijas Cecilia y Aurora.

La muerte de su marido parece ser que exaltó aún de forma más acusada la neurosis de Frasquita, que vivía en constantes discusiones con sus hijas, por diversos motivos, entre los que la cuestión hereditaria no estuvo presente. A pesar de ello sus acostumbradas tertulias no le faltaron.

Un 14 de noviembre de 1838, falleció en su casa portuense, la escritora gaditana, precursora del feminismo y del romanticismo en su país, aunque su proyección histórica haya estado oscurecida por su propio pudor literario, que le hizo ocultar siempre su nombre, y por la fama de su marido y de su hija “Fernán Caballero”.

Su imagen histórica nos ha llegado, gracia a su enemigo político Antonio Alcalá Galiano, y recordada por el escrito liberal Benito Pérez Galdós. Frasquita Javieran Ruiz de Larrea y Aherán, acérrima absolutista pasa a la historia, también, por haber sido la primera mujer romántica española, gaditana, que es decir, la cuna del romanticismo liberal.

La figura de doña Frasquita Javiera Ruiz de Larrea y Aherán, “Frasquita Larrea” de las tertulias literarias gaditana, ha estado entre desconocida y marginada. Quizá, ella misma se marginó por el pudor que las “literaturas” tenían en su época.

La fama de sus tertulias ha llegado a nuestros días, gracias a ser citada por Antonio Alcala Galiano en sus “Recuerdos de un anciano” y por Benito Pérez Galdós en los “Episodios Nacionales”.   
 
 Información sacada de  la biblioteca Municipal José Celestino Mutis; del libro Frasquita Larrea y "Fernan Caballero", Mujer, Revolución y Romanticismo en España 1775-1870, del autor Fernández Pozo

sábado, 16 de febrero de 2013

Cádiz puerto de mar para la conquista americana

 ruta comercial  Zona Franca de cádiz

 
Muchos países de América están llenos de recuerdos de España, y en especial de las ardientes tierras andaluzas.

De Cádiz, el primer gran puerto a mejor, puente inicial entre España y América, salieron las naves del almirante Cristóbal Colón en tres de sus cuatro viajes.

No es raro que los marineros andaluces embarcados en la Santa María la Pinta y la Niña, vieran en las hermosas tierras de América la réplica de sus paisajes de origen. Así los puertos gaditanos de Rota y Chipiona se convirtieron en Rotilla y Chipiona en la costa Norte habanera; una isleta de nuestro archipiélago fue bautizada años depúes con el nombre de Bahía de Cádiz; uno de los primeros poblados de cuba fue llamado Sevilla, al pié de la Sierra Maestra. Otros muchos topónimos de la Perla de las Antillas quedaron como réplicas cubanas de los sonoros nombres andaluces.

El propio Almirante con los ojos llenos de luz de Andalucía, no cesa de comparar el nuevo panorama americano con el del mediodía de España.

Al abandonar Cuba, a la que el almirante bautiza con el nombre de Juana en honor del príncipe Juan .hijo de los Reyes Católicos, llega al primer puerto de la tierra de Quisquey, “que era como la Bahía de Cádiz…” 

America no puede olvidar jamás al andaluz magno y generoso que fue Fray Bartolomé de las Casa, llamado con justicia El Protector de los Indios, que  aparece que está vivo todavía, porque fue bueno, como lo sintió José Martí. La humanista del fraile sevillano fue tan notable   en su denuncia de los excesos cometidos por los conquistadores europeos y en descubrir la base de sus desmanes-el despojo del oro americano-que sus conceptos morales y económicos hallaron eco trescientos años después en carlos marx, en las páginas de El Capital.

Si Cádiz está en América, al andar el tiempo América se entroniza amorosamente en Cádiz. Desde Cuba y otras tierras del Caribe vestimos a los gaditanos con nuestras guayaberas y sombreros de jipijapa, les introducimos nuestros dulces que allá todavía llaman “de La habana”, y los sones musicales reelaborados por el nuevo pueblo de Cuba, de raíces hispánicas y africanas, llegan hasta aquellas tierras de Andalucía. Nuestra música es de origen antillano, la interpreta grupos con nombres como Los mandingos o Los ñáñigo, dice Carlos Díaz Medina, alcalde de Cádiz.


De la Habana vengo, señores,
de bailar un fandango
entre mulatas y chinas
que ya lo están chancleteando.


Y J. de Atienza escribe que de la unión del tango gaditano con la música cubana nació la habanera…
Como vemos, no sólo Cuba brindó a España, y en general al Viejo Mundo, el maíz, el tabaco, la yuca y otras plantas útiles, a más de objetos como la hamaca y muchas voces que enriquecieron el idioma de Cervantes, sino que también ejerció una fuerte influencia cultural a partir de los comienzos del cuajo de nuestra nacionalidad.

Andar por las calles de Cádiz es recordar la estancia en ella de Miranda, precursor de la independencia americana, de El Libertador Bolívar, de O´Higgins padre de la libertad de Chile, de Rivadavía, primer presidente de la Argentina, de Martí, nuestro Héroe Nacional e incansable luchador de las libertades americana, y de Rubén Darío, el excelso poeta de Nicaragua. Por eso no resulta raro que en sus calles y plazas se levantan monumentos a nuestros próceres.

Para los revolucionarios cubanos siempre será grato saber que José Martí, el joven habanero de diecisiete años, fue acogido en Cádiz después de haber sufrido el presidio político en Cuba.

Martí llama a Cádiz valiente, y ciudad donde viven en ambiente de trabajo cubanos y españoles. Entre la prosa extensísima y jugosa de Martí hallamos, con frecuencia, citas a su admirada Cádiz.

No son meras palabras los conceptos dialécticos de Rafael Alberti: “Cádiz fue puerto de mar para la conquista de América y ciudad refugio para los autores de su independencia.  


actual puerto gaditano, llegada de cruceros

Información recopilada de la biblioteca Municipal José Celestino Mutis de Cádiz.

lunes, 28 de enero de 2013

Alcantarillado de Cádiz, una obra maestra.

balustrada de la Alameda
 El ilustre chileno y gaditano de adopción, el conde de Maule, al escribir sobre las calles de la ciudad y su limpieza, exclama “Cádiz se puede lisonjar de ser uno de los países, mejor regulados en cuanto a limpieza”. Estos elogios son por el empedrado, el enlosado, el barrio frecuente y sobre todo su buen alcantarillado. Y añade “La ciudad está toda minada de conductos subterráneos, por los cuales se les dan salida a las aguas pluviales y a las inmundicias. En el mismo instante de cesar de llover, se notan las calles enjutas, porque penetrando el agua por los sumideros que hay repartidos en pequeñas distancias, salen luego a la mar por los conductos dichos y no se perciben malos olores, porque las aguas mar todo lo disuelven.


Los canales de los tejados que en otras ciudades tanto incomodan en las épocas de lluvia, en ésta no se conocen.
Como las casas son de azoteas, el agua pluvial se reúne en un punto y desciende por conductos introducidos en las paredes, los cuales unos van a los aljibes para beber y otros a los caños de alcantarillado, en las conducen al mar.
La vida municipal estaba muy atenta a la sanidad y a la higiene en general, por las epidemias padecidas en los años 1727, 1730 y 1784.

Así sucedió con el alcantarillado. En 1743, un vecino, D. Miguel Carrer, presenta un memorial para solucionar según su criterio, la limpieza y saneamiento de la ciudad. En 13 puntos, en los que se demuestra conocer a fondo este problema, se producía por la ciudad construya conductos generales para la circulación y desagüe de las aguas residuales, en lugar de pozos o cloacas en cada casa. Estos conductos terminarían en la parte exterior de las murallas y de aquí directamente al mar. Una anécdota de este Sr. Indicaba que las bocas final4es deberían de tener una reja, para que no pudieran ser aprovechadas las galerías para esconder contrabando, la idea quedó para mejor ocasión.

Años más tarde, en 1766 se forma otro escrito sobre, y el que lo formula es el marqués de Casinas, capitán de navíos y procurador mayor de la ciudad. Su escrito, preciso aunque largo, abarca el asunto de los conductos como el enlosado de las calles, el asunto tampoco prospero, la idea estaba ya en la mente de todos, regidor y vecinos, como algo urgente y necesario.

En 1771 la situación se aborda de modo distinto al presentarse ya un proyecto que han elaborado el ingeniero D. Juan Caballero y el arquitecto D. Torcuato Cayón. Aunque el proyecto es parcial, lo apoyan varios regidores.

No dejaron de exponerse temores en contra, por ejemplo, el temor a las mareas, que si son vivas podían producir inundación, sobre todo en caso de que coincidiesen con lluvias intensas, temores aparte, la realidad es que considerando la altura que la mayor parte de la ciudad tiene sobre el nivel del mar, construir una red de conductos que desagüen bien, es una proeza de obra maestra.

Para el estudio de la red, se hicieron tres divisiones de la ciudad. Una comprendía los barrios de mayor elevación como San Antonio, San Francisco, Alameda y Mentidero a los que se da la misma vertiente que ahora tenían los caños de las calles. Otra zona, llamada de media altura, integra los barrios de Hospital, Mundo Nuevo, Viña, etc., que mantendría los pozos particulares para las inmundicias mayores y los restantes aguas sucias de lavados y cocinas, irían con las de la lluvia, a la red que se establece. Y una última zona, que abarcaría San Juan de Dios, Compañía, San Agustín, etc., que como barrios bajos, la red sólo comprendería a éstos.

Como era lógico, al propio tiempo que se iba creando el alcantarillado, se renovaba el empedrado y enlosado, que era de losas de Chiclana.

Esta labor a favor del alcantarillado, se completaría con unas normas legales que insertaron en las Ordenanzas Municipales de 1792, bajo el epígrafe de “Salud pública”. 

 Información recogida de la biblioteca Municipal José Celestino Mutis de Cádiz.
 

martes, 15 de enero de 2013

PIDO DISCULPA


María Jesús
 
Las entradas de este humilde blog, lo referente a la historia y a los personajes de Cádiz son sacadas de libros la mayoría de la biblioteca José Celestino Mutis de Cádiz, pido disculpa si en mi ignorancia he molestado, repito pido disculpa.
He podido rectificar algunas de las entradas, poniendo las referencias de donde he podido sacado la información, y así are sucesivamente.
Las que no pueda rectificar porque ya hace tiempo que tome la información y tuve la mala fortuna de no a puntar el titulo del libro ni su autor, notificare que son de libros consultados de bibliotecas.
Repito perdón, nunca e querido lucrarme de los trabajos realizados por los autores de dichos libros, ni mucho menos hacer creer que son investigaciones mías.
Las entradas del blog que pertenece a cosecha propia, las etiqueto como “cositas mías”, nunca las otras.

María Jesús Madroñal


sábado, 12 de enero de 2013

Adolfo de Castro y Rossi, un gaditano olvidado


Adolfo de Castro y Rossi

Adolfo Blas Eugenio Francisco de Paula de Castro y Rossi nació en Cádiz el 6 de septiembre de 1823. Fue bautizado el 7 de septiembre de 1823 en la iglesia gaditana de San Antonio. Se desconoce el domicilio donde nació, su familia cambiaba con frecuencia de casa, pero desde 1838, podemos encontrarlo en la calle Palma Nº232 (actual Ruiz de Bustamante).

De su familia materna se conocen pocos datos, más que los que el mismo Castro proporciona.

Se educa en el Seminario Conciliar de San Bartolomé, agregado a la Real Universidad de Sevilla, contaba con la biblioteca más completas de la ciudad. Del uso de esta biblioteca, según sus contemporáneos, le viene a Castro su afición desmedida por los libros, así como el aprendizaje de las discusiones y sutilezas escolásticas que le encaminaron para que en lo sucesivo fuera tenido por polemista. Emilio Bravo recuerda a un Adolfo de Castro, que a los diez años era muy aficionado á comprar comedias, disponía de poco dinero, las compraba antiguas, y con esto empezó á acostumbrarse desde pequeño á saborear los teatros antiguos español. 
       
La dedicación, casi obsesiva, de Adolfo de Castro al estudio, es algo que recuerdan todos sus coetáneos; se sabe, por ellos, que a mediados de siglo, su biblioteca privada era una de las más importantes de la ciudad, y que llegó a poseer un incumable, el Suppementum Sumae Pisanellae, fechado en 1452. Esta biblioteca fue donada por el propio Adolfo de Castro a la Biblioteca Municipal de Cádiz.

De su infancia y juventud, tampoco se tiene muchos datos. Sus primeros años se desarrollaron en una de las épocas más turbulenta para la historia de España y para la historia de Cádiz. En 1831, se produce en la ciudad una revuelta de funestas consecuencias: Fernando VII suspende el puerto franco de la ciudad, el Gobernador de la ciudad, D. Antonio del Hierro y Oliver, es asesinado en la calle de la Verónica (actual José del Toro), y el cadáver es arrastrado por toda la ciudad. Este hecho impresionó tanto al joven Adolfo de Castro, que año más tarde lo recogerá en su “Historia de la ciudad y provincia de Cádiz de 1814 hasta el día”   

Los primeros veinte años de Castro transcurren entre la llamada década ominosa del reinado Fernando VII y la regencia de María Cristina. En estos años, el joven logró que su nombre fuese reconocido en los círculos literarios de la ciudad. De esta época, se tiene el testimonio de Federico Rubio en Mis maestros y mi educación, de carácter pueril y de voluntad débil.

En esta misma época realizó un viaje a Lisboa, en la cuál estuvo los meses de enero y febrero de 1841, y comenzó a escribir sus primeros versos, a una joven gaditana, que pronto se convertiría en su esposa, doña Ana Herrera Dávila, ana era descendiente de doña Catalina Ruiz de Ahumada, que había sido un familiar próximo de Santa Teresa de Jesús, y percibió en su casamiento la dote del patronato que doña catalina había fundado en Cádiz en 1728.

Adolfo de castro y ana Herrera Dávila contrajeron matrimonio el 19 de junio de 1845, cuando él apenas había cumplido 21años, ya era conocido en la ciudad como poeta e historiador, e incluso había publicado varias obras.

El 14 de mayo de 1846 nace el primer hijo de Adolfo de Castro, muriendo cuando apenas tenía cuatro años, entristeció de forma muy especial a su padre, que año más tarde le recordaría como “aquel precioso niño de cuatro años que huyó de la vida terrenal”.

En 1850  viaja castro a Madrid, donde a través de José María Vadillo, entra en contacto con Rivadeneyra y colabora en el Semanario Pintoresco Español, al tiempo que coordina algunos tomos de la Biblioteca de Autores Españoles, regreso a Cádiz en 1852, sin que hasta la fecha se haya podido determinar las causas.

Adolfo de Castro comienza a jugar un papel importante en la política local, a partir de la década de los años cincuenta. En 1854 una epidemia de cólera morbo-asiática asolaba la ciudad. Ese mismo año, Castro ejerció como Gobernador en Cádiz durante un mes, por lo que recibió la Cruz de primera clase de la orden civil de Beneficencia, mérito que sólo poseían los grandes contribuyentes de la ciudad.

Dos hijos más tuvo el matrimonio, que murieron al nacer, y en 1885 nace su hija Serena de Castro y Herrera Dávila. 

En esta época ocupa Castro cargos políticos de importancias. A partir de 1872, se observa un cambio profundo en la personalidad del gaditano. Si durante sus primeros años de carrera política se autodefine como “liberal exaltado” y “libre pensador”, desde los años 70 se advierte una vuelta a los sistemas tradicionales y al catolicismo, llegando a convertirse en uno de los defensores de la fe católica como lo llama Menéndez Pelayo.

Esta vuelta suya al credo tradicional parece algo bastante común en el comportamiento habitual de la burguesía gaditana decimonónica.

A comienzo de 1877, la enfermedad que aquejaba a Ana Herrera Dávila desde hacia  algunos años, se agravó, y acabó con su vida el 8 de julio del mismo año, en el domicilio familiar de la calle Cervantes Nº14, la misma calle donde años más tarde fallecería Adolfo de Castro.

En pocos meses contrae un nuevo matrimonio con Antonia María Fernández Boada, contante de profesión y natural de Jerez de la Frontera, que tenía entonces 21 años uno más que Serena, la hija de Adolfo de Castro. El nuevo matrimonio se instala en la calle Marqués de Cádiz, Nº3, donde el 21 de octubre de 1879 nacería el primer hijo de la pareja: Álvaro de Castro y Fernández. En 1880 se trasladan a la calle Molino (actual Adolfo de Castro) Nº 15 y en 1882 a la calle Isabel la Católica Nº23.

La profesión de Antonia María hace que Castro sienta inclinación por la música, aunque nunca llegó a componer ni a interpretarla.

Durante estos años, Castro escribe a un ritmo precipitado, los únicos ingresos familiares provienen de su colaboración en la prensa. Cada vez más rechazado, por sus ideas, en los círculos literarios de la ciudad, dominados por krausismo y las nuevas tendencias finiseculares.

A finales de la década de los ochenta, su carrera política también está en declive y sólo gracias a los conocidos consigue publicar sus artículos.

En septiembre de 1891, cuando el gaditano tiene 69 años, nace su hija, Georgina Teresa de Castro y Fernández.

La situación económica familiar es cada vez m´s delicada. En 1892; el Municipio había acordado concederle a Adolfo el puesto de Bibliotecario Municipal, cargo que viene a unirse a la amplia nómina de profesiones que Castro desempeño a lo largo de su vida: comerciante de 1848 a 1853, cesante en 1859, Secretario del Ayuntamiento de 1864 a 1872, Gobernador Cesante en 1882, empleado y literato en 1891, bibliotecario y literato en 1891, bibliotecario municipal en 1892 y escritor público de 1896 hasta su muerte.

Un año antes, en 1891 donaría Adolfo de Castro una gran parte de su biblioteca privada a la biblioteca del Ateneo Gaditano, y en 1897, dona el resto a la biblioteca del Ayuntamiento de Cádiz, para incrementar sus fondos. Fondos que en la actualidad constituyen el grueso del fondo antiguo de la Biblioteca del Ayuntamiento de Cádiz “José Celestino Mutis”.

Adolfo de Castro muere el 13 de octubre de 1898 a los 75 años en la más absoluta pobreza, en la calle Cervantes Nº37. La fortuna no le había tratado bien.

Diario de Cádiz recogía a su muerte: “pudo morir rico, y ha muerto pobre, muy pobre”. José Rosetty, que fue gran amigo suyo relata los últimos momentos de la vida de Castro: “Murió bajo la presión del desahucio.

La capilla ardiente fue instalada en el Ateneo, por falta de espacio y dinero en el domicilio familiar, aunque  Rafael de la Viesca, intenta dignificar el hecho. 

La comitiva partió hacia el cementerio, donde se instaló el cuerpo en un nicho alquilado. La familia abandonó Cádiz, su hijo Álvaro se hace a la mar y su viuda junto con su hija Teresa se instala en Madrid.

Tras su muerte, un silencio hasta cierto punto sospechoso se extiende sobre todo lo relacionado con Adolfo de Castro. En 1899 el Ateneo de Cádiz propone al Municipio que realice emisión de aquellas obras de Castro que habían alcanzado mayor difusión, pero esta empresa nunca se llevó a cabo.
En 1911, la Asociación de la Presa Gaditana decide colocar una lápida conmemorativa en la casa donde murió Adolfo de Castro, también decide cambiar el nombre a la calle del Molino, por el de Adolfo de Castro.

A lo largo del siglo XX, la figura y la obra de Adolfo de Castro han sido prácticamente ignoradas por la crítica literaria. Hasta el momento, solo existen unas cuantas referencias, en su mayor parte erróneas, y a veces contradictorias.

A partir de los años setenta, y con la proximidad del ciento cincuenta aniversario de su nacimiento, la crítica local de forma paradójica, comienza a revalorizar la figura de un Castro casi mítico con un valor puramente sentimental.

La obra de Castro, merece una legitimación, no desde su erudición, sino enmarcándola en una de las corrientes literarias del siglo XIX, con la que el gaditano presenta más afinidades: el llamado eclecticismo. El mismo Adolfo de Castro llegó a reconocer su adscripción a esta tendencia..

Castro cultivó, prácticamente, todos los géneros literarios: poesía, teatro, novela, cuento ensayo, discursos…

La extensa nómina de títulos publicados por Adolfo de Castro entre 1844 y 1898 hace que nos encontramos ante un amplio y variado espectro de temas, estilos y arquitecturas literarias que ponen en duda el pretendido color local con que se ha venido tiñendo la obra de Adolfo de Castro.

El autor gaditano centró su obra básicamente en la literatura y en la historia, y aunque es en historia donde más repercusiones ha tenido, desde los primeros años de su carrera. La carrera literaria del autor comienza con apenas 20 años. La primera publicación de Castro la encontraremos en el periódico local La Estrella, que apareció en 1842.

Analizada, en síntesis, la trayectoria literaria de Adolfo de Castro, se hace necesario un estudio, más o menos aproximados, de las ideas estéticas que se  desprende de su obra y que lleva en última instancia, a la revalorización de este autor en una época literaria determinada.

La obra de Adolfo de Castro se reparte entre la creación y la investigación, campo este último, donde más se le ha reconocido, por las numerosas polémicas que mantuvo, y porque el número de publicaciones en este terreno es, sensiblemente, mayor que el de las obras de creación. Sin embargo, tanto en la investigación como en la creación, mantuvo Castro, una idea, casi obsesiva, que presidirá todos sus escritos: la búsqueda de verdad.

El uso de pseudónimos, práctica tan habitual en la historia de la literatura española. Es muy probable que Adolfo de Castro utilizase a lo largo de su trayectoria literaria más pseudónimos de los que hasta el momento se han podido constatar.

También es posible que compartiera firmas con algunos de sus compañeros de profesión. La primera vez que Castro se esconde tras un sobrenombre, la encontraremos en 1851, existen indicios que llevan a pensar que el primer pseudónimo fue  G. CUEVAS.

esta placa se encuentra en la calle Cervante 37, en el barrio del Mentidero



Esta información esta sacada del libro "Adolfo de Castro (1823-1898) su tiempo, su vida y su obra". de la biblioteca José Celestino Mutis de Cádiz y su autora es Yolanda Vallejo Márques.